martes, 3 de enero de 2012

LOS DOMINIOS DE LA TRANSGRESIÓN : LA LEGALIDAD Y LA TRANSGRESIÓN




1) TRANSGRESIÓN Y DERECHO

El derecho es, por excelencia, el reino de las Identidades sociales y políticas. Los sistemas normativos regulan la constitución y el funcionamiento de las instituciones políticas, administrativas y económicas. El reino del derecho es, a la vez, el reino de las formas y estructuras organizadas, el rígido cascarón donde se introducen los más variados contenidos sociales.

La Transgresión al derecho reviste, en tanto que negación del derecho, sus propias consecuencias represoras. El derecho está dotado de tal fuerza identitaria y de tal capacidad de reconducir toda realidad hacia sí mismo que no solo está en condiciones de determinar y definir formas y conductas positivas sino también sus propias transgresiones, disponiendo el marco y los supuestos de sanción de estas previa su oportuna identificación, a la que califica con su propia terminología ad hoc, ya sea como ilegalidad, o ilicitud cuando se refiere a casos particulares y arbitrariedad o injusticia cuando se hace referencia a la total ausencia de una normativa jurídica reguladora de las decisiones y comportamientos políticos. El derecho se determina tanto a sí mismo como a su contrario, es un indicador tanto de sí como de su propia contradicción.

 Un marco tan identificador como el jurídico no podía prescindir de la necesidad de determinar positivamente sus propias transgresiones, de identificarlas como tales. De hecho, la legislación penal y sancionadora es todo un catálogo de las posibles transgresiones al derecho. El mismo principio de legalidad, nulla pena sine lege, prescribe la obligación de identificar la Transgresión como conditio sine qua nom del alcance de la norma  penal. Ante pocas áreas tan intransigentes con la Transgresión nos vamos a encontrar como ante ésta del derecho. La persecución y represión de la Transgresión por el derecho es sistemática, dado que su tendencia natural es su total erradicación.

No obstante, lo cierto es que el derecho debe su existencia misma a la Transgresión. Sin Transgresión no existirían la policía ni los tribunales. Ya se sabe, no hay policía sin delincuentes, como tampoco habría insecticidas sin insectos. Los primeros deben su existencia a los segundos. La práctica jurídica se reduce, en esencia, a un continuo trabajo de identificación. Puede que a los juristas les parezca un disparate, pero sostengo que la principal fuente del derecho es la Transgresión, en la medida en que ese perpetuo esfuerzo de identificación propio del mundo del derecho surge en su brutal contraste con la Transgresión. El derecho se encarga de rodear el mundo, identificarlo y someterlo, de clasificarlo y regularlo todo con arreglo a sus propios parámetros: lo legal, lo ilegal y lo alegal. El mundo del derecho se puede ver como un sistema de trasposición al mundo real de una constelación absorbente de prescripciones, obligaciones y prohibiciones.

Nos encontramos ante la paradoja de como el derecho puro emerge como un mundo perfecto en su técnica y racionalidad, por un lado, y, por otro, de como dicha técnica y racionalidad se ha ido configurando en el marco del conflicto, del contencioso y del litigio.  La jurisprudencia, una de las fuentes del derecho enumeradas en el Código Civil, constituida por cientos de miles de sentencias emanadas de los Tribunales de Justicia, es hija directa del conflicto y de la Transgresión. A fin de cuentas, el identitarismo jurídico se forja en la Transgresión social, su vitalidad formalista se realiza en el amorfismo social real. La Identidad del imperio de la ley y el derecho se consuma en aquellas zonas de Transgresión que se sitúan precisamente en sus márgenes.

No hay nada que más teman los juristas que las llamadas lagunas legales. El esfuerzo interpretativo e identificador del mundo del derecho es tal que gran parte de la actividad jurídica va encaminada a arbitrar las  técnicas tendentes a  detectar y cubrir por todos los medios posibles  las lagunas legales, ya sea mediante la organización de un sistema jerárquico de fuentes del derecho de carácter preclusivo, ya sea mediante el recurso a la interpretación analógica con otras fuentes paralelas, etc. 

El formalismo jurídico es pariente cercano de la lógica formal. Toda sentencia encierra en sí un silogismo, de la conducta tipificada a la conducta real. El infierno de los juristas radica en la imposibilidad de adecuar con exactitud tales silogismos. Muchos supuestos escapan a un encasillamiento jurídico. Por otro lado se advierten matices que hacen que las piezas no encajen y ahí está el proceso y el juicio contradictorio, el mecanismo del cual se vale el derecho para establecer y aplicar sus normas y consecuencias identitarias. Abogados, por un lado, fiscales, por otro, extraen de una misma norma enfoques opuestos y antagónicos, aducen pruebas de valor previamente catalogado por el derecho y al final se sujetan al veredicto del juez 

Todo derecho enumerado es una determinación positiva y negativa a un mismo tiempo. La determinación de un derecho subjetivo o de una situación jurídica de poder es, a un mismo tiempo, una exclusión de sus tentativas de Transgresión, su defensa es también su lucha contra la Transgresión. El robo determina la propiedad del mismo modo que lo pudieran hacer sus propios mecanismos identitarios, a saber, la Notaría o el Registro de la Propiedad.



2) DELINCUENCIA Y TRANSGRESIÓN

Cuando leí la Política de Aristóteles hubo algo que me llamó la atención sobremanera. En el capítulo dedicado a la economía y crematística, describía de forma llana y sin prejuicios de ningún género, una enumeración de las distintas actividades económicas humanas que no se procuran el sustento mediante el cambio y el comercio. La relación empezaba con el pastoreo, para seguir con la agricultura y para terminar con las distintas formas de depredación:  la piratería, la pesca y la caza[1]. Lo más curioso es que incluía la piratería entre  las distintas formas de caza. En cierto modo, Aristóteles no se equivocaba. En este mundo la calificación que se de a las actividades humanas puede ser una cuestión de dimensión. Al pequeño prestamista se le ha dado siempre un calificativo despectivo, el de usurero. Sin embargo, al gran prestamista se le llama Banco u Entidad Financiera. Al depredador de bienes ajenos a pequeña escala se le llama pirata. Al depredador a gran escala se le denomina Imperio Colonial: España fue el Gran Pirata del Continente Americano (la obsesión y fijación contínua de sus grandes conquistadores, Pizarro, Cortés, Cabeza de Vaca, Lope de Aguirre, etc en la búsqueda de oro, Eldorado, no los hizo muy distintos del Pirata Barbarroja), Inglaterra fue el Gran Pirata de los cinco continentes: al Museo Británico muy bien pudiera habérsele llamado Museo de la Piratería colonial.     

Sin duda todo es objetable. La piratería es un comportamiento delictivo porque así lo reconocen las disposiciones legales emanadas de los Estados, inclusive de aquellos que han prosperado a lo largo de su historia a costa de practicar la piratería a gran escala.

Por otra parte, la llamada delincuencia abarca un campo tan amplio de acciones humanas que no cabe encasillamiento. Toda la gama de actitudes transgresoras de la norma recogidas en los códigos penales se compendian como conductas delictivas. En este sentido la delincuencia como tal se nos presenta como un concepto jurídico cuyo común denominador radica en la Transgresión de la norma sin más. Sin embargo, los tipos delictivos que recogen los códigos penales aluden a conductas transgresoras de la más variada índole: desde aquellas transgresiones naturalistas cuya motivación última es la satisfacción del instinto, caso de los distintos delitos sexuales así como todos los que implican imprudencia y temeridad, hasta aquellas transgresiones de orden cultural en cuya base se encuentra la defensa de las instituciones e Identidades culturales o económicas establecidas cuya Transgresión se castiga: sedición, robo, malversación, cohecho, falsificación, prevaricación, etc. La sociedad se defiende continuamente  de los ataques más intolerables a su propia Identidad. En este campo la Transgresión no tiene más antídoto que la represión. No cabe integrarla ni regularla porque no existe marco social capaz de absorberla. El margen de tolerancia de la estructura social, en el sentido de tolerancia material, excluye de forma radical la Transgresión destructiva.

 Ello no implica que este género de Transgresión no pueda encadenarse a los sistemas de Transgresión socialmente regulados multiplicando sus efectos. Al respecto, indicar que un problema con el que se topa el Carnaval de Río es el fuerte incremento del índice de criminalidad que se produce durante esas fechas, y es que la negación de la Identidad se convierte en un terreno abonado para la ocasión cara a la aparición de las transgresiones destructivas. De igual modo, a la Transgresión juvenil, considerada un problema de primer orden dada la precariedad de su sistema de regulación, surge con una fuerte tendencia a desbocarse, a escapar  de sus débiles marcos reguladores debido a la atracción que producen sobre ella las distintas formas de Transgresión destructiva, ligadas al tráfico y consumo de estupefacientes.  

En toda civilización, en toda formación social y cultural, se consumen sustancias tóxicas. Empero, este consumo por lo general se produce de forma relativamente regulada y controlada y en unos tiempos sistemática y rigurosamente determinados. Los momentos del consumo y consecutiva relajación de los mecanismos inhibitorios-represivo-culturales los marca un calendario perfectamente estructurado que asigna el tiempo de la producción y el trabajo y el tiempo del ocio y de la fiesta. No obstante, de esos rigurosos controles carecen los grupos sociales aún no integrados en el mundo de la producción y el trabajo: a saber, la adolescencia y la juventud, lo cual convierte a los jóvenes en los seres más proclives al consumo  incontrolado de sustancias estupefacientes. Se puede decir que el incremento desbordado e incontrolado del consumo de drogas como fenómeno característico de las modernas sociedades capitalistas trae causa de un sistema que en gran parte relega la cuestión del control y regulación del consumo de drogas a los mecanismos-automatismos del mercado. 

El mercado de las formaciones sociales capitalistas, que descansa sobre el principio de la maximización del beneficio y la sobreproducción a gran escala, implica la incentivación del consumo hasta su completo desboque.  Las instancias reguladoras tradicionales pasan a un segundo plano. Las capas juveniles de la población, cuya pulsión por el placer les induce, en ausencia de mecanismos reguladores,  a llenar el tiempo exclusivamente del mundo lúdico y del ocio, fácilmente tiende a la relajación perpetua, al exceso del placer y, en ciertos casos, a su completa liberación, vía consumo de drogas, de los mecanismos represivos-inhibidores-culturales

Por mucho que se quiera, no es fácil vislumbrar una nítida frontera entre el mercado (blanco) y el mercado negro, su necesario e inevitable polo transgresor, y es que la economía de mercado, organizada sobre la estructura de la mercancía, del cambio y del dinero, se constituye como una de esas Identidades a las que voy a dar en llamar débiles, por cuanto que la tendencia que engendra bajo su forma de capital es la del enriquecimiento ilimitado.

Difícil resulta identitarizar aquellas formas y estructuras cuya lógica de funcionamiento y realización radica precisamente en su no sujeción a límite de ningún tipo. Y es que el capitalismo instituye como novedad el principio de la Identidad transgresora, un género de legalidad particular que continua e inevitablemente se encadena a sus consecuencias transgresoras. Los límites legales y éticos a este nuevo sistema económico poco pueden hacer cuando la lógica del valor y de la ganancia pone en funcionamiento gigantescas redes de prostitución, pornografía infantil, tráfico de drogas, fuga de capitales o especulación del suelo o cuando las formas de control político se muestran ineficaces a la hora de detener la corrupción administrativa.

En realidad, ningún organismo viviente, y la sociedad es, aparte las connotaciones organicistas, uno más de ellos, tolera los elementos tóxicos, ya sean  exógenos o endógenos. Para eliminar y contrarrestar los efectos de los primeros dispone de un sistema inmunológico, para neutralizar a los segundos se provee de un conjunto de redes y mecanismos de evacuación. Las prisiones y las cárceles se pueden concebir como depósitos de almacenaje y neutralización de los agentes transgresores-destructores (patógenos) que produce la misma dinámica social.

El penalismo se topa ante un doble dilema, el castigo y la prevención y, dentro del primero, ha de optar entre el castigo y la reinserción (o reidentificación, ya que estamos hablando en estos términos) . Sin duda, en este ámbito, la retórica dista años luz de la realidad. Las modernas sociedades capitalistas acostumbran a convivir con un margen de delincuencia siempre y cuando este se sitúe dentro de unos límites razonables,-  del mismo modo que admiten incluso exigen una tasa de desempleo tolerable. Los más cínicos economistas consideran que cierto índice de desempleo es saludable para la economía, en la medida que la disposición de una reserva de mano de obra permite que los engranajes del sistema se lubriquen en el sentido de neutralizar el absentismo laboral y permitir una mayor competencia en la oferta de mano de obra. En esta dirección se alude a la existencia de una Tasa Natural de Desempleo[2].-  

Del mismo modo, cierto margen de delincuencia, o de este género de Transgresión, justifica y legitima la presencia, existencia e intervención de los mecanismos identitarios estatales. Como habíamos advertido a propósito del Derecho, en el presente caso la Identidad se crea y produce, o, lo que viene a ser lo mismo, le debe su misma vida a su interacción con su polo antitético y transgresor. Sin delincuentes no pueden existir los policías del mismo modo que sin caza no puede existir el cazador. De este complejo circuito mutuamente recursivo nace el Estado como tal. El Estado, para constituirse en garante de la paz social  o de la identidad social ha de vivir, sumergirse y realizarse en el conflicto social o, lo que viene a ser lo mismo, en la transgresión social.

La dicotomía, ya clásica en ciencia política, Estado/Sociedad Civil se puede contemplar, desde cierto punto de vista, como una relación Identidad/Transgresión. El Estado, como estructura política organizada, se superpone a una sociedad amorfa e inorgánica, compuesta por millones de ciudadanos, productores y propietarios, habitantes permanentes y transeúntes, familias, asociaciones, grupos, etc. pero el Estado no se limita a superponerse y lo que busca en todo momento es sujetar a esa sociedad amorfa y descompuesta a su propio metabolismo, imprimirle su impronta identitaria. El Estado, desde cierto punto de vista, se produce y reproduce en la sociedad civil y, en el fondo, esa imposibilidad absoluta de control sobre la sociedad civil es lo que en realidad da vida al Estado, es lo que lo mantiene en funcionamiento perpetuo.





























[1]Aristóteles: La Política. Pág. 60. Editora Nacional.  1981, Madrid
[2]Un manual para estudiantes como la Economía de Paúl A. Samuelson y William D. Nordhaus nos ilustra sobre la Curva de Phillips, uno de esos diagramas de coordenadas  cartesianas ordenadores de ese tipo de relaciones inversamente proporcionales que tanto gustan a los economistas y que nos obligan a elegir entre una cosa y otra. En esta ocasión no se trata de elegir entre los  cañones o la mantequilla sino entre la tasa de inflación y la tasa de desempleo. A más desempleo, menos inflación, a menos desempleo más inflación. Así que la tasa natural de desempleo (¡cómo se nota que el que ha escrito ese libro no es un desempleado!) es aquella en que la presión al alza sobre los salarios generada por los puestos vacantes es exactamente igual a la baja sobre los salarios generada por el desempleo (Paúl A. Samuelson y William D. Nordhaus: Economía..Pág. 384  Mac Graw Hill 1990, Madrid)

lunes, 2 de enero de 2012

Qué es y qué no es la Revolución: Deconstruyendo el convencionalismo vigente


¿ESTAMOS ANTE EL FÍN DEL ARTE?



En cierto modo, estamos en una época de finales. Arnold Hauser se pregunta con cierta inquietud ¿Estamos ante el fin del Arte?.[1]  Y vemos que la Historia del Arte de los últimos cien años ha sido la historia de un suicidio: de matar la música se encargó la escuela dodecafónica de Schoenberg, Webern y Alban Berg, por un lado y Stravinski y Bártok por otro, de la pintura se encargarían impresionistas y post-impresionistas Van Gogh, Picasso, Chagall, Matisse, Kandinsky, a la arquitectura artística sucede la arquitectura funcional. No solo en el campo del arte, también se apunta a un suicidio en el campo de la filosofía: Heidegger, Kierkegaard, Sartre, y de la literatura. Los sucesores de Bach, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms  han muerto, los sucesores de Tiziano, Botticcelli, Velázquez y Goya han desaparecido por completo. Nuestro siglo XX se ha encomendado la tarea de cerrar y poner fin a ese proceso que se abrió en la Italia del Trecento. Pareciera como si la sociedad tecnológica surgida de la llamada Tercera Revolución Industrial fuese incompatible con la producción puramente artística, como si el proceso que en sus comienzos generó al artista como creador de representaciones y transmisor de emociones mediante el goce estético hubiera de culminar irremisiblemente.


 La estructura de la mercancía ha acabado por fin imponiendo su lógica implacable. Se ha apoderado por completo de todos los dominios de la actividad y realidad humana. La moderna sociedad capitalista industrial, por otra parte, ya ha puesto en marcha unos gigantescos sistemas de supeditación de las zonas de actividad lúdica y los ámbitos de percepción del placer estético a las estructuras del consumo organizado que ha acabado deglutiéndolo todo por completo. Se ha sumido y a su vez incorporado el abanico de las formas de percibir, emocionarse y sentir a un meta-sistema de significaciones y representaciones. Tecnología y espectáculo devoran el principio del placer  para  incorporarlo a productos fabricados de consumo rápido, de usar y tirar como las cuchillas de afeitar, los envases no retornables y la ropa que deja de estar de moda. Fabrican cantantes Rock violentos y convulsivos o cantantes románticos cuyas tonadillas tienen la misma duración y estructura argumental de un orgasmo[2] y su duración viene a ser la misma de la de un cigarrillo o de un tanque de cerveza. Todo este género de producciones seudo-estéticas, supeditadas como lo están a los engranajes de la producción y el consumo a escala industrial, se incorporan a un complejo sistema de consumo inducido que parte de un perfecto conocimiento de las pulsiones emocionales del individuo y de sus niveles de secreción hormonal, sirviendo directamente como catalizadores. Es a ese género musical al que hace referencia Umberto Eco con el nombre de música gastronómica[3], aunque también hubieran cabido otro género de calificativos, alusivos igualmente a ese género de artículos de consumo que se incorporan como sucedáneos de una necesidad: productos manufacturados a los que podríamos llamar música basura (por analogía a la comida-basura de las gigantescas cadenas de hamburgueserías norteamericanas o a los programas de tele-basura). Se trataría de un subproducto mas de la era tecnológica, o bien, de un claro exponente de como repercute la tecnología en la destrucción del arte. Los cantantes melódicos pop suplen su escasa voz y su inexistente educación musical con gigantescos equipos de megafonía. El micrófono es el gran aliado del cantante pop. Su producción está ligada directamente a la grabación, es decir, al mercado discográfico.


Las antiguas artes plásticas han sido sustituidas por el diseño publicitario como sistema de transmisión de señales y signos (Toulouse-Lautrec fue en cierto modo un precursor y el mediocre Andy Warholl un seguidor)  Mientras que quienes a sí mismos se asignan el papel de sucesores del arte clásico se encajonan junto a ínfimas elites para proseguir con un suicidio ya consumado. Compositores como Stockhausen se encierran con sus aparatos electrónicos para fabricar ruido, otros ya no saben que hacer, si ponerse a saltar encima de los pianos o arrancar las cuerdas a los violines, otros, como Penderecki, que en su Elegía dedicada a las víctimas de Hiroshima imita el sonido de un avión, de una bomba al caer por el aire y del impacto de la bomba atómica, como si la función de la música fuera la de  repetir o reproducir los sonidos reales[4], música concreta, música aleatoria y estocástica, todo un paseo hacia la nada, pintores como Miró que dibujan puntos, rayas y redondeles de colores chillones con una escoba, otros como Tapies cuya obra es un alarde a la excentricidad, otros que arrojan al lienzo plastas de pintura para ver como queda, y hasta los que usan para pintar mierda de elefante. Los vanguardistas son el aislamiento de si mismos, rodeados como están de reducidos grupos de snobs que compiten entre sí por la estulticia. Comercio, fetichismo de la mercancía, fetichismo de la obra de arte se comen entre sí (los buitres que rodearon a Dalí durante sus últimos años son todo un exponente). La arquitectura, la pintura, la escultura y la música como artes han muerto. A los excéntricos vanguardistas tan sólo les queda rebañar en la carroña de un cadáver en franca descomposición. Un callejón sin salida al que nos ha abocado irremisiblemente la llamada sociedad post-industrial, un sistema que ha suplido y suplantado funciones por doquier, que ha transferido el compendio de significaciones y emotividades humanas a la estructura de la mercancía  sociedad  El paradigma del arte de nuestra era yo lo situaría en el campo del spot publicitario y del diseño industrial.




Hablando del caso de la pintura, podemos decir que desde que se inventó la fotografía su funcionalidad se ha ido desplazando paulatinamente. El realismo que comenzaron a desarrollar los pintores renacentistas, ya desde que se iniciara en Toscana el uso de la perspectiva, en sustitución de la iconografía y la simbología características del arte medieval,  y que, de uno u otro modo, ha acaparado las distintas escuelas pictóricas desde el siglo XV hasta el siglo XIX, había unido en una síntesis indisoluble el elemento funcional y el elemento artístico. En todo caso, no podemos considerar el retratismo como un antecedente de la fotografía por muy similares que fueran las funciones que cumplía. La fotografía desplazó el arte pictórico funcional o los elementos funcionales del arte pictórico, generando una dispersión de escuelas buscadoras del arte puro que ha llegado hasta nuestros días. Aunque para ser justos, no se le puede negar a la fotografía sus posibilidades artísticas y estéticas. La misma búsqueda de un encuadre adecuado, del tipo de iluminación así como de la expresión transfieren la sensibilidad del fotógrafo al objeto captado. El realismo, hablando con propiedad, nunca ha sido tal realismo. Desde el mismo momento en que el ojo del pintor se sitúa en un único punto al que convergen todos los objetos como si del centro del mundo se tratara, lo que se está transcribiendo es la información, percibida o escogida, desde un único ángulo del espacio. Las primeras vanguardias, conscientes de que la tecnología era capaz de desplazar el realismo y el detallismo, tratarán de volcar la función del arte. La variable del impresionismo denominada puntillismo (Seurat, Signac) descubre la relación directa entre arte y estructuras de la percepción y en esa dirección encomienda al sujeto perceptor la tarea de terminar la obra de arte. Hizo que los puntos de colores puros distribuidos por el lienzo se mezclaran en la retina del espectador, que el mismo ojo se encargara de mezclar los colores, que las formas lejanas ligeramente apuntadas fueran intuidas. Si el impresionismo explota las posibilidades artísticas en el plano subjetivo, otros pintores dirigirán su obra hacia lo extrasensorial, hacia el plano objetivo propiamente dicho. Se lucha contra el imperio de las formas, incluso para desviar las posibilidades expresivas del arte pictórico a costa de jugar con los colores 


En cierto modo, se han visto cumplidos los pronósticos de Marx y de los utópicos sobre la incorporación de los dominios de lo político y de la creación literaria, artística y estética al mundo de la economía y de lo utilitario.  Vuelve la síntesis utilidad funcional/ utilidad estética que caracterizaba al mundo antiguo: la vasija, el plato, el jarrón y el puñal decorados y pintados con motivos estéticos característicos del arte neolítico (quién dice que no es artístico y funcional a un mismo tiempo el fresco románico con el que los artistas medievales decoraban sus iglesias?) Los podemos encontrar de nuevo en el campo del diseño industrial: los automóviles último modelo, con las formas redondeadas alternándose con las formas cuadradas, las pasarelas de la alta costura, etc.  Eso en cuanto a sus caracteres formales. Pero hay más. Las palabras artesano y artista tienen la misma raíz etimológica, incluso una serie de connotaciones comunes, pues una y otra aluden igualmente al esfuerzo y a la destreza manual, al pulso, a la creatividad y al sentido de las proporciones. Se considera un tramposo al copista, al pintor que en lugar de dibujar un paisaje o un retrato frente a frente se limita a capturar la imagen con una cámara fotográfica y a proyectar la diapositiva sobre el lienzo para marcar los trazos. Y no hablemos de quienes se valen de sofisticados programas informáticos para generar su arte.   

A la par de la invención de los relojes con un mecanismo de cuerda se inventaban las cajitas de música y las pianolas. Los antiguos no otorgaban ningún valor artístico a tales reproducciones: la reproducción de una melodía de forma uniforme y mecánica, desprovista de intensidades y de emoción. Cuando se valora la interpretación de un pianista, incluso la de un cantante de ópera, se separan dos aspectos: el técnico y el expresivo. Se suele decir que este cantante domina la técnica a la perfección, pero es frío como un témpano. También se alude a un concepto parecido en el mundo del flamenco y del cante jondo cuando se dice que este cantaor tiene duende. La capacidad del arte de imprimir y transmitir la emoción humana es lo que se hecha de menos en la máquina. El virtuoso convierte el violín o el piano en una prolongación de su alma, instrumentos que en sus manos  no solo se limitan a despedir frías notas, sino unas  vibraciones que sobrecogen al receptor, le hacen descargar adrenalina, le erizan el vello, le estimulan la secreción de las glándulas lacrimales y que al final lo pone en pié  y lo hace aplaudir hasta la extenuación. El artista es, en el fondo, un comunicador que se vale de un artilugio para transmitir y transferir su sensibilidad. El lenguaje artístico es un lenguaje analógico, expresa en formas y en representaciones plásticas y sonoras aquello que no es posible codificar en el lenguaje hablado o escrito. Por dicha razón el arte no puede ser descriptivo sino emotivo. No habla ni trata sobre las sensaciones porque lo que hace es transmitir dichas sensaciones.

Se suele apuntar a la tecno-ciencia como a la gran causante del fin del arte.  No lo veo de ese modo. Como hemos visto más arriba a propósito de la relación entre fotografía y pintura, la primera reacción de las escuelas artísticas fue la de liberarse de la representación óptica de la realidad. Picasso decía: “Yo pinto los objetos como los pienso, no como los veo”, y Braque, que “los sentidos deforman, el espíritu forma”. Se consumó la desfuncionalización del arte pictórico, y sucedió algo realmente extraño. La música, cuyo lenguaje y estructura no está ligado en modo alguno a la representación y evocación de objetos situados espacialmente como sucede con la pintura y que había desarrollado un lenguaje distinto, en un extraño movimiento de imitación, siguió a las escuelas pictóricas. Claude Debussy creó su propia escuela musical impresionista, seguido por Fauré y Ravel en Francia y por Turina aquí en España. Debussy intenta fabricar a toda costa una música pictórica y descriptiva, quiere pintar musicalmente El Mar, el agua, la siesta de un fauno y el martirio de San Sebastián.


El fenómeno descrito está más ligado a la estructura del capital y de la mercancía que a la tecno ciencia propiamente dicha o, expresado en otros términos, a la tecno-ciencia como estructura generada, incorporada y sometida a la lógica del capital y de la mercancía. Se le suele atribuir a la burguesía un papel histórico decisivo en la configuración del arte como tal. Desde el humanismo renacentista hasta el romanticismo del diecinueve vemos como ha nacido el arte como esfera propia, como ha surgido toda una legión de grandes músicos, pintores, escultores y literatos. Toda una Revolución en la estética donde cientos de campos de creación y producción artística se expandieron en un proceso que no ha conocido más precedente que el de la antigüedad clásica.  El arte fue durante todo ese periodo una contínua búsqueda de la expresión, una exploración obsesiva  de las nuevas posibilidades de manifestación artística. A las épocas y a los periodos se sucedían los estilos.

La época actual, con su despliegue masivo de las telecomunicaciones, debía, por lógica, ser una época de transmisión y difusión sin precedentes de los contenidos comunicativos y estéticos de la obra de arte.  Para los antiguos el acceso a la pintura y a la música estaba restringido a los museos y a las salas de conciertos. Hoy día el público puede ver y escuchar desde su propia casa sin necesidad de realizar desplazamientos complementarios. Sin necesidad de ir al Museo del Louvre de Paris se puede contemplar La Gioconda, la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia, sin necesidad de acudir a los festivales de Bayreuth se puede escuchar, ver y oír la Tetralogía de Wagner, tampoco es necesario presenciar los festivales de Salzburgo para escuchar a Mozart. Sin embargo, el proceso ha sido inverso.

La primera gran variación que introduce la época moderna en cuanto a la producción y reproducción de artistas es la que se refiere a la variación de las instituciones bajo las que fueron acogidos: de las formas semi-feudales renacentistas caracterizadas por la institución de la servidumbre y el  mecenazgo, a la mercantilización directa de su actividad mediante el sistema de compra de obras por encargo hasta la emancipación en precario del artista mediante la bohemia, como formas más características de los últimos siglos, se ha llegado a una etapa de industrialización del arte. Los artistas que en un comienzo fueron vasallos de los reyes y los papas cuando no estaban ligados directamente a la institución del mecenazgo (Miguel Ángel fue siervo y súbdito del papa Sixto, Bach fue organista en Mühlhausen y en Weimar, maestro de capilla de del príncipe Leopoldo de Köthen, Mozart trabajó al servicio del príncipe arzobispo Colloredo y del emperador José II de Austria, Velázquez y Goya fueron pintores de la Casa Real Española, el primero de los Austrias, el segundo de los Borbones) adquieren autonomía como profesionales independientes. 

Unos para sobrevivir tuvieron que hacer obras por encargo al gusto de la corte o de la época, de baja calidad y muchas veces firmadas bajo seudónimo, mientras componían lo que les dictaba su propia inspiración. Otros se buscaban sus mecenas, príncipes y aristócratas ilustrados, de los que los más espabilados, como Richard Wagner, que al mismo tiempo que satisfacía y complacía con sus obras la megalomanía de Luis II de Baviera supo sacarle bien los cuartos,  y los más resolutivos y celosos por un arte incontaminado crearon el modelo del artista bohemio, muy propio del mundo parisino de fines del XIX y comienzos del XX.

La industrialización del arte es un fenómeno exclusivamente de actualidad. Se concibe la industrialización del arte como una mercantilización del mismo a todos los niveles de producción, distribución y consumo donde los grandes medios de comunicación de masas desempeñan una función decisiva. Desde el mismo momento en que el arte se mercantiliza se niega a sí mismo como tal arte para pasar a estructurarse como una forma más del sistema de señales, significaciones o signos que integran el diseño organizado del consumo. Por tal motivo no parece muy apropiado hablar de industrialización del arte en la medida en que el objeto que se produce bajo las técnicas industriales y mercantiles a gran escala deja de ser un objeto artístico propiamente dicho, sino una producción de contenidos sensitivos y calidad mediocre destinada a su consumo inmediato so riesgo de caducidad del producto. 

Ya no se trata de transmitir ni de indagar sobre las posibilidades expresivas del arte entendido como metalenguaje de origen analógico. Lo que se produce es, por el contrario, una mercancía que, como otra cualquiera, está destinada a su revalorización en el mercado, sujeta en todo momento  a la lógica del beneficio empresarial. Imaginemos que lo que se lanza al mercado es un cantante pop. Antes de lanzarlo se hace una prospección de mercado así como de sus posibilidades de venta, es decir, del público destinatario de su música en un sistema donde se estructura a la población consumidora por edades, sexo y extracción social. El sistema de producción, distribución y lanzamiento está ya predeterminado por el carácter efímero de la mercancía cuyo ciclo puede ser estacional, anual o quinquenal. La configuración misma del cantante es ya de por sí producto de un estudio previo de mercado. En realidad no hay artista ni creador sino un factor a donde confluyen un conjunto de elementos organizados, como las técnicas de lanzamiento comercial y publicitario, las firmas discográficas, los medios de difusión y los sistemas de puesta en escena. 

La mercancía, para adquirir un alto grado de difusión, no puede ser excesivamente sofisticada ni ha de dejar margen alguno al público para su elaboración. Ha de ser sencilla, corta y fácil de asimilar y digerir pero, al mismo tiempo, ha de saber suscitar en el público los instintos, pulsiones y sensaciones más primarios, estimular al máximo la secreción de los sistemas de haces hormonales. No se exige un especial talento artístico a los llamados cantantes o conjuntos de música ligera, que en realidad no tienen porqué saber cantar, siendo, en su mayoría, auténticos analfabetos musicales:  no han pasado en su vida por el conservatorio, desconocen totalmente las técnicas de canto, no usan la laringe para modular el sonido, tan solo la cavidad bucal, todo lo más que pueden hacer es cantar en falsete, exactamente igual a como lo pudiera hacer cualquiera de nosotros, que cantamos bajo la ducha y en las fiestas de cumpleaños.


No es casual que en los llamados karaokes no se disponga la gente a interpretar arias de ópera del tipo de Recóndita armonía, Ella mi fu rapita, Nacqui all´affanno o Wild durchsweift´ ich.  Sin embargo, cierto cantante de música ligera (no merece la pena decir su nombre) tuvo la osadía de componer y cantar una tonadilla partiendo de  una melodía del final de la Sinfonía Coral de Beethoven basada en textos de la Oda a la Alegría de Schiller. Todo un despropósito. Si se plagia una obra de arte se debería hacer en su totalidad y no sobre la base de una de sus melodías. Pero parece ser que el escaso talento de dichos artistas no da para más. El final, el Allegro ma non Troppo de la 9ª Sinfonía, un solo movimiento de la obra, con sus más de veinte minutos de duración, está dotado de una arquitectura musical perfectamente estructurada en torno a la que giran una variedad de motivos argumentales de los que el llamado Himno a la Alegría es solo una parte. Los autores de música ligera, incapaces de reproducir la construcción de una sólida composición musical, se limitan a rumiar pequeñas y pegadizas melodías aptas para ser digeridas por un público consumista. Se trata de generar estados organizados de éxtasis y delirio colectivo en un público juvenil, maleable y fácil de manipular.

El mecenazgo clásico, ligado a las necesidades de poder y prestigio de la Corte y alta aristocracia, generaba un marco propicio de realización y expresión del artista. A la par que suplía sus necesidades económicas no ponía otros límites que no fueran los gustos y caprichos del mecenas, lo cual intervenía como un condicionante relativo, pues el artista podía complacer los gustos cortesanos y al mismo tiempo desarrollar sus posibilidades de expresión. 

 Sin embargo, la nueva estructura del consumo no interviene como condicionante propiamente dicho sino como agente generador de la producción ideológica. No se trata en este caso de complacer el gusto, el prestigio y el lujo de una corte sino de producir una mercancía a gran escala que revierta en pingues beneficios. Su valor de cambio prevalece sobre su valor de uso y de ahí el carácter necesariamente efímero de una mercancía que por un lado ha de ser capaz de satisfacer temporalmente a unas multitudes y por otro, tras agotar su ciclo, ha de estar lista para su recambio. Son productos elaborados para ser consumidos en un tiempo  determinado, con fecha de caducidad, pues de lo contrario se vuelven rancios. No hay que ver más que la estética de los años sesenta. Para el espectador de hoy todo ha quedado rancio y envejecido.

El mismo fenómeno puede interpretarse desde puntos de vista diferentes, como un resultado de la época presente caracterizada por una sucesión de cambios vertiginosos en lo tecnológico que impregna todos los aspectos de la vida cotidiana y todas las producciones sociales, o bien como una consecuencia directa de un sistema económico que necesita acumular y producir por encima de sus posibilidades efectivas. Este segundo punto de vista, al ser más amplio, engloba al primero, dado que el desarrollo tecnológico y la Revolución científico-técnica se debe concebir como una consecuencia directa de la super-producción, del abaratamiento de costes por imperativo de la competencia, de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. La super-producción imprime su impronta al mundo del consumo, y en cierto modo le transfiere su velocidad de marcha.

Pero existe un problema añadido. Mientras la producción se nos presenta como un factor contínuo, acumulativo y sin límites hipotéticos, el consumo no tiene por qué acumularse, y tiende, por lógica, a su propia reproducción simple. Se halla, en definitiva, físicamente limitado.  El mundo de la producción ha de ocupar de alguna manera el mundo del consumo, ha de trasladarle su velocidad de crecimiento. Lo efímero, los productos dotados de fecha de caducidad, han de encadenarse a un proceso capaz de compatibilizar la tendencia a la reproducción simple relativamente acumulativa del mundo del consumo con el aspecto contínuo, en principio ilimitado y sustancialmente acumulativo que impera en el mundo de la producción. El llamado mundo de la moda y del diseño industrial se puede considerar como la traducción a la esfera del consumo de los imperativos propios de la dinámica de la producción capitalista.

El sistema de producción característico de esta época se ha convertido en un factor decisivo cara a aglutinar en torno a sí mismo casi todas las facetas de la vida social, inclusive aquellas que surgieron con una esfera de autonomía propia. En realidad lo que ha sucedido no es que se haya asimilado la producción artística. Como hemos visto, no existe relación de continuidad entre el llamado arte clásico y las creaciones surgidas bajo el manto de los grandes medios de comunicación de masas.

El arte clásico se ha extinguido desde el mismo momento en que ha chocado de frente con el vanguardismo, abocando a un proceso paulatino de auto-destrucción y pérdida de Identidad que está culminando irremediablemente en su muerte física. Lo que se ha producido bajo el capitalismo post-industrial ha sido la construcción en torno a sí de su propia esfera de producción ideológica, mediada directamente por los cánones que impone la super-producción en cadena. Este tipo de producciones carece de historia. Cualquier intento de establecer un nexo de continuidad causal con creaciones previas es nadar en el vacío, por otro lado, el arte tecnológico por excelencia, la cinematografía, solo podía surgir en el presente siglo

Se intenta desesperadamente buscar un precedente cultural africano en la música rock, pero quien compare seriamente las síncopas de una tribu africana con las de un moderno conjunto rock advertirá que nada tienen que ver entre sí. Verá que el ritmo frenético y compulsivo de los actuales conjuntos rock tienen más relación con el modo de vida neurotizado de la juventud urbana de las modernas sociedades industriales que con la estructura social de las tribus del África Ecuatorial, y que este tipo de música reproduce la percepción empírica de un tiempo que marcha a una velocidad desbocada como factor predominante de las sociedades urbanas post-industriales.

Por último, a título de reflexión, quisiera plantear una terrible duda que, en relación a la producción artística, me ha asaltado últimamente.  Se refiere a la relación entre el arte y la represión. El psicoanálisis nos describe los procesos psíquicos de sublimación del instinto. El reprimido compensa esa represión con la sublimación, se hace creativo a fin de cuentas. La sobredosis cultural-represiva tendría efectos creativos en el plano de la producción artística. Pero la Historia ha conocido periodos de gran represión caracterizados por una nula capacidad creativa y periodos de más libertad caracterizados por un despegue creativo artístico y científico  sin parangón. 

A título paradigmático podemos servirnos del caso griego. Las dos ciudades-estado griegas contemporáneas y rivales, la Atenas y Esparta del siglo V a.c.. La militarista y oligárquica Esparta no ha dejado nada al acerbo cultural de la humanidad. Las excavaciones atestiguan el enorme contraste entre el arte ateniense y la pobreza espartana, cuatro paredes en las que vivir y unos pocos objetos, nada en comparación con la ciudad-estado rival contemporánea, Atenas, dotada de un sistema democrático que, por su profundidad, aún hoy asombra a los tratadistas de ciencia política. 

El caso de Atenas y del Renacimiento (en comparación con el medievo) pone en entredicho la apreciación psicoanalítica. Sin embargo, a la luz de la época contemporánea, es posible revalidar de nuevo la tesis freudiana.

De momento, me abstendré de sentar conclusiones, tendré que reprimir esa tendencia patológica a racionalizarlo todo heredada, en cierto modo, del espíritu cabalista de orientación marxista-spinozista en el que he basado mi auto-formación teórica. Me limitaré tan solo a dejar la cuestión aquí planteada.



[1]Arnold Hauser. Sociología del arte. 5. ¿Estamos ante el fin del arte? Editorial Labor, 1977, Madrid.
[2]Aunque nada se ha estudiado sobre el asunto, no creo que sea un disparate la hipótesis. Los cantantes románticos de quienes se enamoran las quinceañeras usan a la perfección los resortes que aseguran la secreción hormonal estimulantes eróticos. Si se introdujera una de esas canciones en un electroograma daría el siguiente resultado: partiendo de un punto muerte el comienzo es siempre suave y relajado hasta que se inicia un crescendo circular y convulsivo que finaliza con el clímax, la parte más excitante.  Se ve reproducido un orgasmo virtual que induce al receptor a realizar una descarga de  estrógenos
[3]Umberto Eco: Apocalípticos e integrados. Editorial Lumen, Barcelona, 1999
[4]La música en muchas ocasiones ha pretendido constituirse como un lenguaje evocativo. La Pastoral de Beethoven intenta evocar la naturaleza con su placidez y su violencia a un mismo tiempo. Los poemas sinfónicos de Smetana incluidos bajo el título Ma Vlast (Mi Patria) forman también parte de este género, narrando musicalmente desde la historia de un río, el Moldava, con su nacimiento, rápidos y majestuosa desembocadura, hasta una historia de amor extraída de una leyenda popular checa (Sarka). Lo que hace Disney con su obra Fantasía, por otra parte, es negar la fantasía y la imaginación precisamente, y  desvirtuando por completo el lenguaje musical establece un sistema de asociación entre música e imágenes limitativo y  coartante. Con el mismo argumento musical se podrían haber realizado mil millones de fantasías de animación  distintas a las que se ha circinscrito. De Beethoven se cuenta una anécdota a propósito de una sonata suya que acababa de interpretar al piano. Cuando alguien del público le preguntó que significaba dicha pieza, sin mediar palabra se sentó nuevamente al piano y a continuación volvió a tocar la misma sonata. El problema de la traslación estética está a la orden del día. Las tentativas de llevar la novela al cine casi siempre abocan al más rotundo de los fracasos. El problema de fondo radica en la posición del receptor, y es que un lector no es un espectador. El lector aporta activamente su imaginación a la descripción de los personajes y al encuadre de las escenas. El receptor de la cinematografía, por el contrario, es un sujeto más bien pasivo (absolutamente pasivo en el cine norteamericano), y es que un dibujo no vale más que mil palabras, en absoluto. El cine será siempre bidimensional, sus juegos de luces y sombras y sus encuadres serán siempre esquemáticos y encasillantes, los personajes aportados(sobre todo si son actores del Star System) perderán en el camino la multiplicidad de matices que tienen los personajes dibujados en la novela y en cuya configuración, al igual que con los cuadros impresionistas, ha participado activamente el lector.

domingo, 1 de enero de 2012

LA PERSPECTIVA DE LA IDENTIDAD Y LA TRANSGRESIÓN



El concepto de Identidad lejos de reducirse a la pura tautología cuenta con un amplio abanico de aplicaciones válidas para distintas disciplinas, desde las matemáticas y la filosofía hasta la sociología, la política, la economía y la psicología.

Tal vez sea un tanto arriesgado lanzar una perspectiva metodológica más entre las distintas escuelas sociológicas y antropológicas consolidadas. Tampoco lo pretendo. Sin embargo me parece imprescindible elaborar un ensayo que  a título puramente introductorio se adentre en la utilización en determinados campos de este método interpretativo. Su ventaja con relación a las distintas escuelas y perspectivas es, a mi entender, decisiva. Cuenta con la capacidad de explorar y explicar entes totales y entes parciales, los aspectos psicológicos, económicos, políticos y sociológicos a un mismo tiempo de los fenómenos sociales. Identidad y Transgresión como principios explicativos e interpretativos tienen la virtud de englobar y articular otros conceptos que, extraídos de otras disciplinas cuentan con un campo de acción estricto y limitado: desde la represión, el instinto y el principio del placer freudianos hasta las relaciones de producción y las fuerzas productivas marxistas. Su operatividad es totalizadora y particularizadora a un mismo tiempo y su fuerza explicativa, sin necesidad de recurrir al extremo de forzarla y trasladarla a campos específicos mediante el conocido método del lecho de Procusto, se puede extender a múltiples dominios que hasta ahora han quedado al arbitrio de las interpretaciones racionalizadoras de antropólogos y sociólogos, de descripciones empíricas sin contenido, de historizaciones amorfas, de yuxtaposiciones y superposiciones a-críticas.  Prescinde al mismo tiempo de del lastre que han dejado las ideologías del Progreso en la ciencia social a partir del siglo XIX. Es inmune al encasillamiento disciplinar desde el mismo momento en que pone en funcionamiento toda su capacidad de interpretación sintética y globalizadora de la Historia entendida como un todo. Este método es lo suficientemente elástico como para dar comprensión y coherencia a las múltiples manifestaciones de la actividad humana, desde el mundo económico al político, al artístico, al religioso y al festivo propiamente dicho, entendidos no como mundos separados sino como mundos concatenados. No entiende de sucesiones ni de periodos históricos, tampoco tiene la soberbia de establecer leyes de hierro de la historia. Constata y aprecia la concatenación de situaciones políticas, sociales y económicas y a su vez arrebata del dominio exclusivo de los antropólogos y etnólogos la explicación y comprensión del folklore, de los ritos, cultos, fiestas y celebraciones populares en el sentido de que intuye los vehículos y modos de conexión de dichas representaciones al sistema social y económico.

La elasticidad de la interpretación de fenómenos diversos a la luz de la Identidad y la Transgresión posibilita la articulación de un enfoque pluridimensional y a su vez integrador al que no se le escapa la interconexión de áreas o actividades de la práctica social hasta ahora seccionadas por el racionalismo positivista y también por el racionalismo marxista (a fin de cuentas el marxismo es también un método positivista). Las corrientes racionalistas, por su parte, obsesionadas con la idea de orden (las ideas claras y distintas del Discurso del Método) temen la irracionalidad, entendida esta como fuente de caos y confusión, detestan el desorden y la incertidumbre. El racionalismo necesita a toda costa contar con categorías y formas mensurables, cuantificables y dimensionables. Busca en todo momento el control y por esa misma razón se refugia desesperadamente en la Identidad. Los animales solo pueden ser máquinas, las cosas son todas identificables y clasificables y la razón el único instrumento posible para poner orden en la maraña de cosas desordenadas. El fenómeno que escapa a su capacidad de medir y racionalizar tiene un destino seguro, la papelera de la irracionalidad y la superstición. El caos o, lo que viene a ser lo mismo, la Transgresión desbocada, zona gris de incertidumbre e indeterminación, se sitúa fuera de órbita, excede de los límites de lo estrictamente racional. Y no podía ser de otra manera. El método racionalista es el método identitario por excelencia: A=A, sí A=B, B=A, sí A B, B A. Toda la lógica gira en torno a la Identidad. Lo caótico, indeterminado y en sí mismo transgresivo no es susceptible de encasillar y encajonar o, lo que viene a ser lo mismo, de racionalizar.

Todo proceso de clasificación e identitarización tiene sus huecos, sus lagunas. Los grandes taxonomistas de los seres vivos, hombres imbuidos de un estricto espíritu racionalista propio de la época que les tocó vivir, como Linné, Cuvier o Buffon, articularon sus taxones sobre bases paradigmáticas de cirujano. Las convenciones clasificatorias de los taxonomistas clásicos han llegado hasta nuestros libros de texto de ciencias naturales (que ahora se llaman Conocimiento del Medio). El Paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould criticaba las divisiones convencionales entre Reino Animal y Reino Vegetal teniendo en cuenta que los organismos unicelulares mas primitivos: bacterias y algas verdiazules no eran susceptibles de ser adscritas a ninguno de esos géneros. 



El provincianismo de nuestra propia condición vertebrada ha hecho que la subdivisión básica entre pluricelulares animales se haya fundado en la distinción básica entre vertebrados e invertebrados. El mismo hecho de oponer una categoría positiva (vertebrados) a otra negativa (invertebrados) resulta de por sí bastante elocuente. Se ha relegado a ese  segundo phylum (que realmente no es tal, sino una amalgama heterogénea de clados dispares cuyo único común denominador radica en su naturaleza de seres pluricelulares carentes de esqueleto interno[1]) al lugar de un cajón de sastre donde quedan incluidas las categorías restantes[2]. Es como si se hubiera acordado la división de los animales pluricelulares entre los vertebrados, por una parte y, por otra, todos los demás, sin tener en cuenta que entre los pluricelulares invertebrados existen mas de treinta phylums, clados o  modalidades de diseño diferentes . Aunque en este caso el contraste del árbol de la vida no descollarían los vertebrados como lo hacen actualmente.  Del mismo modo la clasificación podría haber operado destacando un clado definido como el de los artrópodos para, acto seguido, distinguirlo de los no-artrópodos: en este último caso irían a parar al mismo saco los unicelulares, los bivalvos, los celentéreos, los vertebrados, etc.  El mismo valor clasificatorio podría tener la catalogación en un lado de los moluscos y en el otro de los no-moluscos, de los equinodermos frente a los no-equinodermos, etc.  En suma, las ramificaciones y diversificaciones taxonómicas no están exentas de la subjetividad del observador.  Prevalece en uno u otro caso nuestra estructura mental digital. Toda dicotomía reconduce a una estructura de la percepción dicotómica, bipolar, binaria, en suma, la reducción a dos. Las dicotomías noche/día, claro/sombra, sol/luna, cielo/tierra, etc, se presentaron contundentemente a la humanidad primigenia, como la realidad misma. Tenemos una tendencia innata a la reducción a dos.  Las operaciones tendentes a poner orden entre intrincadas amalgamas comienzan en ese corte de cirujano.

No obstante, y, en materia de taxonomías, la biología evolucionista está planteando prescindir del concepto de especie, tan cómodo a los taxonomistas identificadores racionalistas

Son múltiples las fuentes de tensión social, una de ellas, tal vez determinante, es el carácter propio de las sociedades extractoras de excedente económico,  estamentales y feudales,  a las que se les superpone una capa burocrático-sacerdotal. Los sistemas no pueden funcionar con la represión de forma permanente. Tampoco ha sido muy afortunado el recurso a la ideología como medio de asegurar la condición de explotadores y explotados. La ideología ha sido siempre un comodín muy socorrido para explicar la permanencia de los sistemas represivos. En concreto, la ideología del reprimido y explotado, que lo ha hecho aceptar y asumir permanentemente su condición de tal garantizando así el dominio del explotador-represor. La ideología se ha visto introducida así, de contrabando, como cohesionador del nexo represivo. Es, por otra parte, perfectamente lógico que un sistema funcionalista atribuya tales utilidades sociales al factor ideológico. En todo caso, es preciso insertar en los momentos represivos sus consecutivos momentos de relajación consecutiva, de descarga de las tensiones acumuladas. Sin esos momentos transgresores y, a la larga, regeneradores del sistema no hay ideología que valga  que pueda mantenerlo en continua actividad. 



 La visión de la economía como disciplina susceptible de medición y cuantificación ha sido el área de intervención preferida para la articulación de una sociología científica. No es casual que Marx eligiera el mundo económico como hilo conductor de su método. La incursión en otras áreas le hubiera alejado del positivismo científico, le hubiera adentrado en campos más proclives al idealismo y a la especulación. No quiere partir del Estado como hiciera su maestro Hegel, sino del periodo económicamente dado. La tentación economicista, tan criticada por marxistas posteriores, partió, no lo olvidemos, del mismo Marx. No solo de pan vive el hombre. Declararse materialista en historia no tiene porqué implicar ser economicista. Siendo la economía una faceta decisiva de la realidad humana, hay que decir que no es toda ni mucho menos, tan siquiera el elemento más importante de su realidad. Fundamentar el materialismo en historia y sociología en la tesis paradigmática de que la economía se sitúa en la base de la realidad o estructura social equivale a decir más bien poco, a reducir y amputar a priori los complejos contenidos de la realidad humana y del materialismo como tal. El marxismo se resentiría más tarde de esa deficiencia congénita adquirida, de esa invitación a la reducción y a la extrapolación, implantada justamente en el núcleo de su método. ¡¡Qué gran lección bizantina nos daría más tarde el Gran Camarada Stalin acerca de si el lenguaje se situaba en la base o en la superestructura!!.  Sin ánimo de buscar un asidero de la historia y de la actividad humana, propondría como método alternativo o, como punto de vista, si se quiere expresar de ese modo, el de la Identidad y la Transgresión.

Ambos conceptos, Identidad y Transgresión, en su mutua interdependencia, no son asimilables al principio dialéctico de contradicción. Más bien, si este punto de vista integra la contradicción lo hace  como una más de entre sus múltiples manifestaciones, vista como choque de Identidades opuestas o de transgresiones recíprocas. Sin embargo, Identidad y Transgresión no son reductibles a la contradicción ni a las restantes leyes de la dialéctica. Lo más interesante es que conteniendo el dilema Identidad/Transgresión en sí mismo una antítesis contradictoria, su proyección al plano social no tiene porqué implicar forzosamente contradicción y lucha entre contrarios, pudiendo integrar cien cosas distintas, entendidas en unos casos bien como complementariedad o  como recurso de la propia Identidad, imprescindible para seguir siendo Identidad, existiendo una gama infinita de posibilidades de integración de la Transgresión en la Identidad y viceversa. En cierto modo, tal y como han apuntado ciertos pensadores contemporáneos (Morin), la dialéctica es superada por la dialógica que no solo incluye tesis, antítesis y síntesis, sino las relaciones de concurrencia, complementariedad y antagonismo que se producen a un mismo tiempo, la relación de recurrencia causa/efecto.

El pensamiento político así como su práctica se encuentran aprisionados en el marco de las formulaciones identitarias. Los paradigmas políticos más usuales suelen valerse de sistemas de oposición de Identidades, de la configuración de dicotomías de modelos opuestos. Así, nos encontramos como las relaciones izquierda-derecha, reacción-progreso, liberalismo-socialismo, etc., se desenvuelven sola y exclusivamente en el plano identitario, incapaces como son de digerir la más mínima Transgresión. De hecho, todo el que viva en un sistema demo-liberal de corte occidental contemplará con toda naturalidad como se producen los turnos en el poder de los dos grandes partidos hegemónicos sin que ello implique alteración estructural, institucional o económica sustancial. Los grandes partidos identitarios se oponen y complementan al mismo tiempo y construyen a su alrededor un universo identitario que garantiza, no solo su turno político periódico y pendular, sino que no se van a producir cambios ni variaciones de ningún tipo que puedan alterar parte o la totalidad del sistema. A la Transgresión la llaman crisis o vacío de poder, por lo que acuden raudos a extirparla, incluso a costa de aunar esfuerzos para construir bloques constitucionales, gobiernos de unidad, de concentración o de salvación nacional, etc.   

En esta dirección tampoco cabría reducir la historia de las sociedades a la lucha de clases. Las luchas de clases pueden operar como agente transgresor, aunque también como enlace identitario. Así lo podemos percibir en las modernas sociedades industriales donde el arbitraje y la negociación colectiva son fenómenos institucionalizados como cualquier otra práctica contractual imprescindibles al correcto reciclaje del sistema en su totalidad.

A la luz de la lucha de clases y del desarrollo de las fuerzas productivas difícilmente son  explicables y comprensibles acontecimientos tales como el genocidio, la barbarie y el holocausto. Igualmente, si se echa mano de ese comodín ideo-filosófico de la naturaleza humana el problema sigue siendo el mismo, por no hablar de los mitos de los tiranos psicópatas, de la sed de poder, etc. ¿Quién puede explicarse cómo los antiguos vecinos de la Yugoslavia de Tito que convivían apaciblemente, desde el cristiano ortodoxo que compraba la leche y el pan al musulmán de la esquina y que podían quedar para jugar una partida de cartas estallaran en un momento determinado hasta el extremo de la masacre? Sin duda, la naturaleza humana era la misma que la de cinco años antes. Si había lucha de clases o de intereses no se explica porqué saltó de ese modo. De un proceso de disgregación y desarticulación social y nacional nacido como consecuencia del nuevo contexto internacional provocado por el derrumbe del bloque del Este en el seno de una crisis económica, se puede discernir un proceso de vacío de poder político y de modificación de las estructuras identitarias de mediación social. La Transgresión del marco del Estado plurinacional y multiétnico yugoslavo obedece a causas muy complejas, una de ellas, quizá la fundamental, sería la redefinición de identidades nacionales, étnicas y religiosas, una fuerza centrífuga que haría estallar en mil pedazos el antiguo estado.

Se suele asociar la palabra Identidad a su  antónimo correlativo, diferencia. Es del todo evidente que no es esta la perspectiva que aquí adopto. El concepto Identidad aquí descrito implica ciertamente concordancia aunque no viene referido más que a un individuo, la Identidad a sí mismo. Se trata del axioma sentado en el principio de Identidad elemental A=A. La diferencia como tal, desde el punto de vista adoptado, no interesa más que en su calidad de una Identidad distinta que como tal es también Identidad. Por otra parte, el sentido enormemente subjetivo (como marco de referencia del sujeto) de que viene revestido el concepto de identidad  lo convierte en antónimo de alteridad, esto es, lo que diferencia el idem del alter no sería otra cosa que lo que distingue lo propio de lo ajeno. La frontera de la identidad sería la que delimita  entre el yo y el no-yo (el ello, los demás, los otros). En este sentido, la alteridad, como la diferencia, estaría definida como una determinación negativa de todo cuanto rodea a lo propio, a lo idéntico, a  lo relacionado con el sujeto. Aunque, en cierto modo, lo propio, lo idéntico, no subsiste pos sí mismo sino en su interconexión con el alter que es, a fin de cuentas, aquello que  le da la consistencia y firmeza necesaria como para constituirse, producirse y reproducirse como lo propio e idéntico a sí mismo. En la disputa, en el campo de batalla, en la competición deportiva, es lo otro lo que consolida y, en cierto modo, da razón de ser a lo idéntico. Lo propio solo se forma y constituye en esa interacción dialéctica con lo no-propio. El caso de España puede ser altamente significativo al respecto, hasta el punto de que no se puede hablar del nacimiento del nacimiento de la  nación española (tanto en sentido subjetivo como objetivo) hasta que tiene lugar la invasión napoleónica de 1808. La identidad española no se forjó por sí misma sino por la intervención de un agente exógeno a sí misma, consolidándose por la Guerra de la Independencia; lo ajeno fue decisivo en la constitución y configuración de lo propio.

Por el motivo citado, entre otros, la asociación que aquí vengo a establecer es la que se produce entre la Identidad y la Transgresión de esa misma Identidad. Son dos aspectos cuya tensión y tirantez tienen la virtud de explicar una variada gama de sucesos y acontecimientos que se desarrollan no solo en el plano histórico, sino también en el plano psíquico e individual. Móviles transgresores los ha habido muchos en la Historia. Podemos destacar, por su simplicidad y por ser directamente perceptible en el mundo personal, el deseo, el principio del placer. No hay mayor transgresor de la Identidad de sí mismo que el deseo de alcanzar algo, un objeto, una persona o un status que se mueve por encima de las posibilidades y límites que encasillan la Identidad de un sujeto. La Identidad dota al ente histórico de rol, papel y función, lo orienta y organiza pero, a su vez, le impone fuertes limitaciones. La Transgresión entra en escena desde el mismo momento en que la Identidad se hace insoportable, en que se convierte en un freno para el sujeto que para llegar a determinadas metas que, con independencia de que puedan o no ser vitales para sí mismo, le  proyecten a alcanzar la meta deseada. El deseo activa todas las formas posibles de Transgresión: la mentira, el engaño, la falsificación y la impostura. El sistema se defiende. Se encarga de sancionar jurídica o moralmente tales conductas transgresoras. Pero a la Identidad le siguen acechando más peligros: la desesperación y el suicidio. El sistema no puede permitir la Transgresión pero tampoco puede erradicarla y por esa misma razón no le queda más opción que tolerarla no sin antes someterla a sus propios cauces identitarios en un contexto global de asimilación e integración.

Por último, introducir el matiz de la conceptualización de la Identidad y Transgresión como una visión dinámica de la relación forma/contenido. El contenido energético que queda aprisionado entre las rígidas formas y estructuras identitarias lucha por salir a flote, por transgredir, en suma, el marco de identidad bajo el que ha quedado subsumido. De ahí el sentido universal que ha adquirido el término Revolución desde que hiciera acto de presencia la Gran Revolución que abrió las puertas al mundo moderno, la Revolución Francesa, como el estallido de una descarga energética dinamizadora que arrastró a todas las formas existentes de dominación y jerarquía social. Aún considerando en términos generales válido este matiz de la explosión del contenido y su liberación de las formas, encuentro en él cierto inconveniente, no percibe la enorme variedad de matices, funcionales y particulares, que puede tener la Identidad y Transgresión en distintos ámbitos de la vida social y que apunto en este artículo, en el sentido que no sabe captar la existencia de formas capaces de liberar contenidos sin que ello ponga en peligro su existencia. El modelo de Revolución de Marx forma/contenido puede ser válido en el plano descriptivo a niveles globales, pero deja de serlo cuando de lo que se trata es de aplicarlo a fenómenos específicos, estructurales y coyunturales.
Las escuelas funcionalistas y estructuralistas, atrapadas en la determinación de los elementos identitarios de los sistemas, son incapaces de asimilar el papel de primer orden jugado por la Transgresión en la explicación de los procesos sociales. A lo más que llegan es, a lo sumo, a percibir la Transgresión como un agente patógeno, como una disfunción producida en una pieza del sistema. Por tal motivo, las sociedades ideadas por las corrientes estructuralistas y funcionalistas no pueden ni podrán funcionar nunca (toda una paradoja), son cadáveres sin vida, sin energía, sin fuerza y sin combustión interna, algo así como mecanos con piezas de quita y pon.















[1]Por otra parte, no está muy claro porqué los artrópodos no puedan ser vertebrados. Son seres segmentados y articulados como estos últimos y son, pues, tan vertebrados como lo pudieran ser los peces, reptiles, aves y mamífero. Aunque los separan de los vertebrados 500 millones de años de evolución, tienen esqueleto externo y, según investigaciones recientes, es el mismo gen el que da las instrucciones para construir el armazón de uno y otro clado. Hubiera sido igualmente válida la distinción entre vertebrados de esqueleto interno y vertebrados de esqueleto externo.
[2]En el mundo del derecho a ese proceder se le llama el de cláusula residual. Cuando el muy difícil enumerar en una lista todos los casos posibles, al final se añade la coletilla “... y las demás no comprendidas en los apartados anteriores”. Loa abogados listillos saben muy bien como sacar partido de este recurso jurídico.