¿Cómo suelen ser esos pretendidos alienígenas?. Generalmente su estructura anatómica es esencialmente humana, o bien humanoide aunque modelada con ligeras variables referentes al color (suelen ser verdes), tamaño de la cabeza (muy grande, pues son “muy inteligentes”) y demás accesorios: antenas, trompetas y demás arsenal que nos ha ido suministrando el mundo de los comics. Pero los autores de ficción científica no se quedan atrás: ¿porqué siempre se les supone una anatómica humanoide o protohumanoide como el muñeco de Rosswell? Es inmensa la cantidad de azares que han intervenido a través de la historia biológica para la configuración del cuerpo humano: de los peces a los reptiles, de estos a los mamíferos, dentro de estos los roedores, los plesiadapiformes, los adápidos, los omómidos, los lemúridos, los prosimios, procónsul, homínidos, homo.. Resultado de un contínuo desarrollo y desplazamiento de medios, impulsados por cambios climáticos y glaciaciones, por modificaciones de hábitats y generación de nuevos: de los Océanos a la Tierra firme y dentro de esta a los árboles de los Bosques, y de estos a las Sabanas... Es una historia singular e irrepetible, incluso en el difícil caso de que en nuestro mismo planeta se volvieran a reproducir procesos consecutivos. Por eso me llevo las manos a la cabeza cuando advierto que fenómenos contingentes y singulares adquieren en manos de estos divulgadores ufólogos un plúrito de universalidad. La naturaleza, según ellos, tiene en todas partes y en todos los tiempos la natural tendencia a construir seres humanos o similares. Hemos de atribuirlo a la escasa imaginación o a la poca formación científica de los autores de ficción científica y a ambas cosas a la vez, unidas a prejuicios antropocéntricos rayanos en la demencia teológica. Si hacen uso de la imaginación, por lo menos lo que podían hacer es instrumentarla creativamente, que recurran con más asiduidad al arsenal de la ciencia que al de la teología y el animismo. Me sitúo en el bando de los incrédulos, pues no hay motivo alguno para suponer la existencia de vida extraterrestre, pero una vez puestos en el fantaseo, podemos imaginar muchas cosas. La ficción científica se encuentra atrapada en los paradigmas geocéntricos; en cierto modo el pensamiento de los autores de ciencia ficción siguen siendo mentalmente ptolemáicos, no han captado aún la importancia del giro copernicano y en tal sentido no escapan a los parámetros terrícolas. Nuestro sistema solar ha formado dos grupos de planetas, los interiores de superficie sólida (Mercurio, Venus, La Tierra y Marte) y los exteriores, grandes masas de gas (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno), la vida que conocemos se ha generado en un planeta de superficie sólida y líquida, se ha formado a partir del agua en estado líquido, nuestras estructuras vivientes son gelatinosas, semisólidas y semilíquidas cierto, pero, ¿no se puede imaginar (ojo, digo imaginar, no que vaya a ser cierto o incluso a poder ser cierto) la posibilidad de que emerjan formas de vida en estado gaseoso en aquellos mundos cuya elevada temperatura impida la formación de agua en estado líquido, algo así como nubes animadas (incluso pensantes) o la existencia de estructuras auto-replicativas que no se basen en la doble hélice de ADN, en los veinte aminoácidos básicos, o en la química del carbono sino la del silicio? Isaac Asimov hizo en este sentido auténticos ejercicios de imaginación con base científica. A la pregunta de cómo habría de ser un marciano, en el sentido literal de habitante de Marte, no hablaba de hombrecillos verdes ni demás chapuzas de la imaginación (más bien falta de imaginación) de los iluminados abducidos, sino un auténtico ejercicio de probabilidades teniendo en cuenta un conjunto de variables fundamentales como la masa del planeta Marte, la fuerza de atracción gravitatoria, sus ciclos de rotación y traslación, las temperaturas, los compuestos químicos existentes, etc. si se hace una especulación, lo menos que cabe esperar es que se haga correctamente. Pero nos encontramos con cada producción sobre extraterrestres que la verdad es que más que en el género de ciencia ficción se las podría encasillar en otros géneros. Como exponente máximo de cine religioso/extraterrestre nos encontramos con la película ET (un reptil humanoide), que más que una película de extraterrestres, lo que parece es una versión yanqui y bastante babosa de la nacional y relamida “Marcelino, Pan y Vino”. Pero antes de los marcianos místicos y angelicales el turno correspondió a los marcianos de guerra fría como los de “La Guerra de los Mundos”, “V”, “Independence Day” , auténticos soldados de Hitler o Stalin dispuestos, con total frialdad, a exterminar a toda la humanidad. Pero la paranoia de Guerra Fría llegaba aún más lejos, los enemigos no tenían porqué venir forzosamente del exterior en sus sofisticadas naves, podían también infiltrarse, y al abrigo ideológico de la caza de brujas y el maccarthismo, aparecieron películas como “La Invasión de los ladrones de cuerpos” en una primera versión y en una posterior llamada “La Invasión de los Ultracuerpos”, donde los extraterrestres arrojaban unas esporas que, en contacto directo con los cuerpos humanos, tenían la propiedad de duplicarlos a medida que iban succionando los originales. Sin embargo, era posible identificarlos al ser seres que no mostraban la menor emotividad, fríos y calculadores, exactamente iguales a los comunistas de las películas de guerra fría ; y en otras, como la serie de los años sesenta “Los Invasores”, los extraterrestres tenían cuerpos humanos, también se infiltraban, pero algo los delataba, su dedo meñique no se plegaba en los apretones de manos y se les podía detectar exactamente igual que a los masones, que se dan a conocer mediante un saludo similar (introduciendo dos dedos bajo la palma de la mano), toda una conspiración judeo-masónica. Pero no todos los visitantes tenían porqué ser invasores ni albergar ansias colonialistas, y de ese modo nacía otro subgénero, el de los extraterrestres menesterosos y apátridas, exiliados políticos o espaldas mojadas, que se dirigen a la Tierra en busca de un lugar para vivir una vez que su Planeta originario se encuentra al borde de la muerte ecológica (si no extinguido) o que sus adversarios interplanetarios se han apoderado del suyo, como es el caso de “Alien Nation”. Al socaire de lo dicho es fácil observar que los extraterrestres del cine no andan muy lejos de la Tierra, en vista a que han sido construídos en sintonía con los miedos y tensiones emanados del clima político y económico de cada época. La estrechez de miras y la generalización son los clásicos mecanismos ideo¬lógicos que intervienen en la elevación a mito de lo inmediato; La extrapolación de las formas y magnitudes de lo conocido para iden¬tificar lo que no se conoce entra más en la esfera de las mitologías y de las religiones que en el ámbito de lo propia¬mente científico. El biólogo norteamericano Stephen Jay Gould, pese a que se pronuncia favorablemente a la posibilidad de vida extraterrestre inteligente, hace en relación a las novelas y películas de ficción la siguiente observación: Los físicos, siguiendo el estereotipo de la ciencia como empresa previsible y determinista, a menudo han planteado que si los seres humanos surgieron sobre la Tierra, debemos inferir (dado que las causas llevan inevitablemente a los efectos) que en cualquier planeta que iniciara su historia con unas condiciones físicas y químicas similares a aquellas que se dieron en la Tierra primigenia deberían de surgir criaturas inteligentes de forma humanoide. Tal vez esta perspectiva determinista sea la responsable de la limitada imaginación de los cineastas y los escritores de ciencia-ficción, con su inacabable colección de criaturas diseñadas todas con un modelo humano, con dos ojos, nariz, dos brazos y dos piernas. Ojos para ver, oídos para oír ... ni siquiera las estructuras vivientes de la Tierra reproducen al pié de la letra dichos modelos. Los murciélagos, sin ir más lejos, se valen de los oídos no para oír sino para ver. Al fin y al cabo, los órganos de los sentidos (físicos) son receptores de espectros de ondas. ¿porqué van a ser ciegos los murciélagos?. Su sofisticado sistema de ecolocalización les permite percibir el menor obstáculo, las formas aunque no los colores. El sonido que emiten mediante chasquidos desempeña el papel de una linterna acústica incorporada a su organismo. Los murciélagos realmente pueden “ver” aunque para ello no necesitan de los ojos, su cerebro ha de interpretar el choque de ondas sonoras como una sensación similar a la de ver. La moderna tecnología ha renunciado en gran parte a la óptica para visualizar objetos fuera del alcance de la vista: así la técnica ecotomográfica, cuyos fundamentos son idénticos a los de la ecolocalización de murciélagos y cetáceos, se usa para visionar órganos internos, también tenemos la resonancia magnética o el radiotelescopio, basados en la emisión de ondas magnéticas. Y si no todos los seres vivos de este planeta cuentan con los mismos sistemas de conexión con el entorno, ¿porqué esa similitud entre hipotéticos seres extraterrestres?. Pero cuando empiezan a colmar el colmo de los colmos es desde el mismo momento en que vemos en esas películas de extraterrestres cómo hablan perfectamente el inglés (aunque nosotros lo escuchamos doblado al castellano). En nuestro planeta es ya bien difícil seleccionar al azar, entre los seis mil millones de sus moradores, a una persona que hable tu mismo idioma. Pues no digamos lo que sería en el espacio exterior encontrar a un extraterrestre, no solo humanoide, sino que también hable a la perfección el idioma imperial terráqueo. |
martes, 28 de agosto de 2012
A vueltas con los alienígenas, un intento de aproximación racionalista
viernes, 29 de junio de 2012
El Fútbol
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La
transgresión regulada tiene muchos nombres: evasión de la realidad,
entretenimiento, ocio, diversión o espectáculo. La transgresión en cierto modo
nos ayuda a vivir. El hecho de que el
Capital haya convertido o integrado la transgresión como negocio y fuente de
pingües beneficios no invalida el hecho sustancial de que los grandes
espectáculos de masas, y en particular los deportivos, sean parte esencial de
la existencia humana. Incluso el hecho mismo de que el fútbol, como
transgresión identitarizadora, intervenga como un agente activo en la
construcción e intensificación del sentido identitario de pertenencia a la
nación, no nos puede hacer pensar que su ausencia fuera a remediar esta
situación: son muchas las bazas y los repuestos que tiene el nacionalismo a su
alcance. Aparte de las funciones especificadas, el fútbol, como cualquier otro
espectáculo deportivo de evasión, ha
desempeñado un papel crucial como nexo bio-social, como punto de intersección imaginario
entre nuestra animalidad y nuestra culturalidad o, simplemente, como forma de
transgresión-regresión a nuestros componentes instintivos más primarios.
Tampoco tiene porqué ser criticable la tendencia a la regresión a la
animalidad. Es, más bien, inevitable: cuanto más intensas sean las tentativas
civilizatorias de una sociedad, con tanta más fuerza surgirán esas tendencias
regresivas-transgresoras.
Unos
grupos de humanos se enfrentan a otros. Ambos se encuentran desprovistos de artilugios y otros artefactos
técnicos que no sean unas botas y un balón de reglamento. Se prohíbe el uso de
las manos, de esos órganos prensiles que tan necesarios nos son en la vida
cotidiana y que tan decisivo papel desempeñaron en nuestro proceso de
hominización. Es como si se penalizaran las facultades orgánicas que en su
momento conectaron a homo sapiens con la cultura. Cada equipo cuenta
exclusivamente con dos órganos prensiles, los del respectivo guardameta. Solo
se juega con las piernas y con los pies, se activan los músculos de la marcha,
la carrera, el salto. Solo vale la patada y el cabezazo, la persecución de un
objeto al que no se le puede retener ni
tocar, solo golpear con el pie. Pese a que las distintas trayectorias seguidas por el balón obedecen a
las patadas y cabezazos de los jugadores, este se comporta casi como un objeto
de la naturaleza que, sujeto a dos sistemas de trayectoria opuestos, adquiere
su propia autonomía como un ser vivo difícil de dominar y darle caza.
Representación Improvisada e Improvisación
Representada
La Representación Convencional (Sin Improvisación): Lo que caracteriza a la música y al teatro es su cualidad de
representaciones creadas y producidas con anterioridad a su puesta en escena, a
su conversión en espectáculo. Los actores y los intérpretes han de limitarse a
conocer el papel, el texto y la partitura. El autor-creador ya no está en la
escena, incluso puede haber muerto hace mucho tiempo. Los intérpretes se
limitan a reproducir la obra fielmente. de ellos solo puede esperarse su
capacidad de reproducción técnica y su expresividad artística aunque nunca
saliéndose de los marcos y formas que dirigen la estructura general de la obra.
Los actores se meten en el papel, los intérpretes se ajustan a los compases de
la partitura. El margen de improvisación permitido en este caso es mínimo, el
que pueda resultar de la voluntad del creador o del especial virtuosismo del
intérprete. La música, sin embargo, puede fabricarse sin creador, en el sentido
de que el intérprete puede hacer las veces de intérprete y creador al mismo
tiempo. La música instrumental oriental no obedece al mismo esquema que la de
occidente. el intérprete puede improvisar durante horas sobre la base de unos
acordes y unos compases. existe un género, como el Jazz, basado enteramente en
la improvisación
La Representación Improvisada Vemos que
el teatro en todo caso lo que hace es imitar a la vida, reproduciendo aspectos
de la vida congelados. La Antígona de Sófocles se ha reproducido cientos de
miles de veces y se reproducirá otros tantos cientos de miles sin que se llegue
a variar ni una sola coma del argumento. Jamás veremos dos competiciones de
baloncesto, boxeo o golf idénticas. La especificidad del deporte, de la
competición deportiva, en calidad de juego-espectáculo, radica en la puesta en
escena de un género de representación que incorpora a un mismo tiempo la
aleatoriedad o incertidumbre y la creación escénica con base a unas reglas. La
primera regla la establece el marco general bajo el que se desenvuelve, el
escenario propiamente dicho. El tipo de competición deportiva que enfrenta dos
rivales en el campo, pista, ring, etc se nos presenta como una síntesis
dialéctica cuya unidad es la resultante del diferente juego de los adversarios,
de la conjunción de estrategias dispares, de sus acciones y de sus correlativas
reacciones, de los sistemas de defensa y de los de ataque correspondientes. La
competición deportiva es todo un campo de prueba de habilidad, de táctica y de estrategia. Pone en juego los
reflejos y la capacidad de respuesta, el
ingenio y la capacidad de improvisación, del engaño así como de la capacidad de
o dejarse engañar, de la resistencia y de la maniobra de desgaste. Se trata de
toda una puesta en escena de la práctica intelectual y material humana, de su
juego por la supervivencia, de las inexorables leyes del azar y de la
necesidad, de las reglas que impone la vida, de la técnica como medio de
sortear el azar y la incertidumbre, de una técnica que nunca impone la primacía
porque a lo que ha de enfrentarse es a otra técnica que puede ser desconocida
para el adversario, explotar el factor sorpresa, jugar al despiste, al
agotamiento del contrario... todo está en el juego. Lógicamente todos estos
elementos lo convierten en un impulsor y propagador de primer orden de pasiones
y emociones humanas.
La
representación improvisada ocupa su lugar como espacio limitado de transgresión
de una sociedad civil que, definida y constituida en un principio como
participativa, ha acabado amputando de sí misma las formas y mecanismos de
participación alienándolos bajo las estructuras de la representación, que ha
sectorializado la actividad económica y el conjunto de la vida cotidiana en
compartimentos estancos, donde la vida está organizada y planificada hasta el
mínimo detalle sin que se permita la más mínima improvisación.
Indudablemente,
se ha producido un trasvase de pasiones gregarias, asociativas e identitarias,
de la mano de la efectiva despolitización del mundo de la política. La política
altamente burocratizada y tecnocratizada del mundo occidental ha lanzado en
tropel a los ciudadanos a depositar esas antiguas pasiones
El Fútbol como placebo universal de la política
Por
eso son necesarios los sucedáneos, motivos que tengan entretenida a la
ciudadanía, temas a los que puedan acceder, que les permitan hablar y
comunicarse entre sí partiendo de un mínimo de conocimiento de causa y que a su
vez suscite pasiones partidistas ... ¿qué mejor que el fútbol? El fútbol es sin duda un sucedáneo especial,
se sirve con una regularidad asombrosa, cuenta con todos los ingredientes de la
política: líderes, seguidores, escudos, banderas e himnos. Los periodistas a
diario acosan y recaban las interesantes declaraciones de un entrenador
de fútbol con el mismo interés y la misma consideración que le
pudiera corresponder a un Primer Ministro.
Además, y esto es lo más importante, imprime un fuerte sentido de
Identidad y de pertenencia al grupo (de hecho, los políticos nacionalistas son
conscientes del papel que desempeña el fútbol en la formación de la Identidad
nacional y en esa medida fomentan dicho deporte. No es, ni mucho menos, casual, que en el
trasfondo de la rivalidad Real Madrid C.F. - F.C. Barcelona descanse la
tensión entre el nacionalismo españolista y los nacionalismos
periféricos).
La participación del
seguidor entusiasta, al igual que sucede en la alta política, resulta
irrelevante en la medida en que el resultado final, hagan lo que hagan, digan
lo que digan y piensen lo que piensen aparece como inmutable e independiente de
sus deseos. No pueden votar ni decidir el resultado. Quizá eso sea lo que
transmita más emoción y entusiasmo, la incertidumbre del resultado final. La
victoria solo está en manos de los dioses: un equipo puede jugar bien y perder
y otro puede jugar mal y ganar, además de que las victorias no dependen de uno
solo sino también del contrincante, de la intersección de ambos, si no del
eterno culpable, el árbitro.
También, al igual que en la política, se transmite
la alegría por el triunfo y el pesar por la derrota, la decepción y el
desencanto. El fútbol es reino de la indeterminación y de la incertidumbre, del
azar y de la necesidad, nadie está predestinado a ganar ni a perder, los
equipos mejor dotados y equipados técnicamente, mejor coordinados y
sincronizados no tienen en sus manos todas las bazas del triunfo. La
improvisación juega también así como la estrategia del despiste del bando
contrario. El fútbol es estrategia militar concentrada en el césped. Juegan
también los factores naturales, el tiempo y el clima. Los ejércitos regulares
muy bien saben que poco o muy poco pueden hacer contra las anárquicas
guerrillas, conocedoras del terreno, invisibles la mayoría de las veces y con
muchas posibilidades de tender una emboscada mortífera. La estrategia
futbolística, al igual que la estrategia militar, es síntesis entre
planificación e improvisación, una síntesis donde difícilmente puede adivinarse
donde llega lo planificado y donde empieza lo improvisado
El
sentido de la cúspide, el del momento decisivo y decisorio, que en política se
produce de tarde en tarde, solo con ocasión de las convocatorias y escrutinios
electorales, en el fútbol es contínuo, se reproduce de encuentro deportivo en
encuentro deportivo, que suele ser semanal, incluso diario. Pero no deja de ser
un sucedáneo, un placebo que a la par que incorpora las formas y rituales
propios del mundo de la política, su resultado es irrelevante para los
intereses del seguidor. Y ese es, a su vez, su gran peligro. Su radical
visceralidad. Como sucede con los nacionalismos no hay vasos comunicantes ni
trasvase de seguidores de los clubes. El sentido de pertenencia al grupo es de
otro orden distinto al racional, es de orden tribal.
El Fútbol como campo de observación en etología
He
de reconocer que nunca me ha interesado el fútbol en sí mismo. Cuando retransmiten un partido no es en el
césped en lo que me fijo, sino en lo que hay alrededor, los espectadores.
Contemplar a la hinchada en acción es todo un espectáculo, toda una puesta en
acción del lenguaje gestual; muecas de todo tipo, gesticulaciones hiperbólicas,
saltos de alegría, gestos de indignación, abrazos de regocijo, suspiros de
alivio, vellos erizados, dientes castañeteantes, rostros en tensión fruncidos
... toda la gama de sentimientos que nos liga a nuestra animalidad mamífera:
amor, odio, alegría, tristeza, entusiasmo, indignación, placer, regocijo,
rabia, es como si el simio que llevamos
dentro saliera de nosotros para
manifestarse con entera libertad. Esa
faceta de nuestra realidad, reprimida por la cultura y que se manifiesta
dosificadamente en nuestra vida cotidiana, explota y se multiplica en el
contacto directo con el grupo. El colectivo en estos casos puede desempeñar el
mismo papel que las sustancias excitantes y alucinógenas, en calidad de
protector social del éxtasis y de agente multiplicador de emociones. Las
facultades de razonamiento y discernimiento retroceden en la misma medida en
que el componente anímico no-racional va ocupando el puesto vacante. Las
personalidades individuales se entretejen y cuasi-disuelven en el órgano
colectivo hasta el punto de estructurar un sistema de gritos y movimientos
acompasados grupales. La emoción vivida pone a todos de pié al unísono y los
hace levantar los brazos al compás sin que una orden de fuera lo imponga. Se
crea un sentimiento de grupo, colectivo
sábado, 16 de junio de 2012
Y el hombre hizo al perro ....
El título de este artículo es algo así como una corrección al de un conocido ensayo del etólogo austriaco Konrad Lorenz llamado "Cuando el hombre encontró al perro", porque no es que se lo encontrase exactamente, puesto que el perro como tal no existía en la naturaleza hace por lo menos 20.000 años en los que se calcula que las primitivas bandas cazadoras-recolectoras entraron en contacto con los cánidos antecesores, los lobos, depredadores sociales, en eso coinciden con el hombre y, por el mismo motivo, también competidores en la caza. El perro fue el primer animal que el hombre domesticó y las evidencias ya se encuentran por primera vez al sur del Río Yangtsé hace 16.000 años.
Para que esa primitiva rivalidad se acabase convirtiendo en simbiosis debió producirse un proceso de aproximación y de intercambio de alimentos que aportara beneficios recíprocos a ambas especies. El caso es que una de ellas fue paulatinamente modelada y humanizada. El caso es que el perro no es una especie natural, es una especie humana. Parece absurda esta última expresión, dado que todos sabemos muy bien que lo que son los humanos, una especie del árbol de los primates. Pero cuando uso el término humanidad me estoy refiriendo a algo mucho más amplio que a nuestra especie desnuda, estoy aludiendo al hábitat y, como tal, al conjunto de factores materiales que la constituyen: sus objetivaciones, la realidad construida, la fuerza productiva, sus fetiches ideológicos (magia, religión, creencias, ideas) sus fetiches económicos (la mercancía, el dinero y el capital) sus medios de existencia, etc. En ese sentido, el perro se incorporó a la humanidad como también lo hizo el fuego, el utensilio, el caballo, etc
Y el lobo fue finalmente humanizado y perrizado: fue sometido a un proceso de selección artificial derivando en las más de 400 razas existentes en la actualidad. Cuvier anotó que se trataba del único animal que ha seguido al hombre en toda la corteza terrestre, primero como ayuda con vistas al sometimiento de otros animales, la cabra y la oveja, como rastreador de presas, como animales de tiro, como policías, como auxiliares de invidentes y tetrapléjicos, como artículo de ornamento, lujo y decoración y también como juguete infantil. La selección de razas ha sido inducida por la presión de la actividad económica y de la división del trabajo en cada caso y, finalmente, convertido en mercancía.
Ni existe ni ha existido nunca "Contrato Animal" alguno, siquiera implícito, ni conceptos antropomórficos similares que nos regalan el especismo y otras corrientes de moda. La relación hombre-perro carece de naturaleza jurídica y moral. Su base es socialmente económica y biológicamente simbiótica. Aunque en este último caso, el de la simbiosis, cabría aclarar que carece de naturaleza contractual. Si hubiera que establecer un símil con las relaciones sociales, podríamos aceptar que su naturaleza se encuentra más cercana a la institución de la esclavitud que la de los contratos entre iguales. Tampoco habría que idealizar la simbiosis como paradigma de cooperación al modo de Kropotkin puesto que si tuviéramos que designar a un animal simbiótico en nuestras relaciones interespecíficas, este no sería el perro sino la bacteria escherichia coli que se aloja por miles de millones en nuestro aparato digestivo.
A las distintas formas de domesticar la etología da su propio nombre, improntar, de imprinting, del denómeno que descubrió Henrioth con los gansos en 1.910, al que llamó “Prägung”, término procedente de la impresión de monedas. El estímulo recibido por los individuos de cada especie en sus períodos críticos provoca que los patrones conductuales innatos se adapten a cada entorno. Los perros, procedentes de los lobos, son animales sociales altamente jerarquizados y lo que comúnmente llamamos lealtad y fidelidad en un perro no es otra cosa que un mecanismo de sustitución del macho alfa de las manadas de lobos por el ser humano, desencadenado por el troquelado al que ha sido sometido durante el proceso de cría y domesticación.
La relación es bidireccional, como lo es la proyección hombre-perro. Si bien el dueño del perro ocupa el lugar del macho Alfa, el perro, a su vez, suele ocupar diversos espacios en el complicado universo del psiquismo y afectividad humana siendo objeto de diversas proyecciones humanocéntricas. Pero el perro, lejos de ser humano, sigue siendo un cánido, troquelado, pero un cánido a fin de cuentas. El hecho de que pueda ser capaz de distinguir muchos de nuestros códigos de símbolos y señales, de autoridad, de reproche, de afecto, no los convierte en animales simbólicos, o el de que tengan nombre propio, ese distintivo identitario que nos individualiza, no los transforma en sujetos sociales. Un perro es un compañero y un amigo, pero no es un hijo, tampoco es un juguete y, menos que nada, un jarrón, un florero o un objeto de decoración.
Ni existe ni ha existido nunca "Contrato Animal" alguno, siquiera implícito, ni conceptos antropomórficos similares que nos regalan el especismo y otras corrientes de moda. La relación hombre-perro carece de naturaleza jurídica y moral. Su base es socialmente económica y biológicamente simbiótica. Aunque en este último caso, el de la simbiosis, cabría aclarar que carece de naturaleza contractual. Si hubiera que establecer un símil con las relaciones sociales, podríamos aceptar que su naturaleza se encuentra más cercana a la institución de la esclavitud que la de los contratos entre iguales. Tampoco habría que idealizar la simbiosis como paradigma de cooperación al modo de Kropotkin puesto que si tuviéramos que designar a un animal simbiótico en nuestras relaciones interespecíficas, este no sería el perro sino la bacteria escherichia coli que se aloja por miles de millones en nuestro aparato digestivo.
A las distintas formas de domesticar la etología da su propio nombre, improntar, de imprinting, del denómeno que descubrió Henrioth con los gansos en 1.910, al que llamó “Prägung”, término procedente de la impresión de monedas. El estímulo recibido por los individuos de cada especie en sus períodos críticos provoca que los patrones conductuales innatos se adapten a cada entorno. Los perros, procedentes de los lobos, son animales sociales altamente jerarquizados y lo que comúnmente llamamos lealtad y fidelidad en un perro no es otra cosa que un mecanismo de sustitución del macho alfa de las manadas de lobos por el ser humano, desencadenado por el troquelado al que ha sido sometido durante el proceso de cría y domesticación.
La relación es bidireccional, como lo es la proyección hombre-perro. Si bien el dueño del perro ocupa el lugar del macho Alfa, el perro, a su vez, suele ocupar diversos espacios en el complicado universo del psiquismo y afectividad humana siendo objeto de diversas proyecciones humanocéntricas. Pero el perro, lejos de ser humano, sigue siendo un cánido, troquelado, pero un cánido a fin de cuentas. El hecho de que pueda ser capaz de distinguir muchos de nuestros códigos de símbolos y señales, de autoridad, de reproche, de afecto, no los convierte en animales simbólicos, o el de que tengan nombre propio, ese distintivo identitario que nos individualiza, no los transforma en sujetos sociales. Un perro es un compañero y un amigo, pero no es un hijo, tampoco es un juguete y, menos que nada, un jarrón, un florero o un objeto de decoración.
viernes, 8 de junio de 2012
viernes, 11 de mayo de 2012
La problemática de la transgresión circunscrita a la esfera religiosa
La religión tiene
su propia palabra para designar la transgresión, y esta es la transcendencia,
posibilidad de huir y escapar del mundo, del cuerpo y de la carne, capacidad de
experimentar vivencias ultra-terrenales, de liberar el alma del cuerpo,
esa caja que la limita y le impide contemplar un mundo más sublime y elevado,
anejo a la divinidad.
Por otro lado, la
religión institucional, como constelación de fuerzas esencialmente
identitarias, como polo de tensión social, individual y sexual, se ha convertido
en un activo generador de las más variopintas tendencias transgresoras. La
indisolubilidad del matrimonio ha encontrado su Transgresión en el adulterio y
el amancebamiento. El celibato, como abstinencia sexual forzosa de los
ministros de la iglesia, ha sido un punto de conflicto personal y religioso
sobre cuya Transgresión ha girado gran parte de la temática de la novela
española del siglo XIX (La Regenta, ).
A niveles extra o
inter-religiosos la religión o las instituciones eclesiales determinan un grado
de transgresión de sí mismas pecado, blasfemia, sacrilegio y anti-clericalismo
El pecado: La
ideología religiosa católica señala las fuentes de Transgresión como enemigos
del hombre: el mundo, el demonio y la carne. De uno u otro modo, la enumeración
hecha de las fuentes del pecado nos hace pensar que la gran Transgresión a
someter a control por el sistema religioso no es otro que el instinto y la
pulsión del placer. Tentación, demonio o carne son las distintas formas de
designar al instinto que de forma continua aflora a la superficie, a la ardua
batalla sostenida para sujetarlo bien mediante su negación directa por la vía
de los mecanismos de control represivo que pueden ser físicos (ablación de
genitales, flagelación, tormento ...) o mediante sistemas de sustitución y
sublimación (éxtasis). La fusión con lo
trascendente se lleva a cabo mediante la construcción de una meta o
supra-Identidad.
La blasfemia y el sacrilegio: La religión se comporta como activo generador de transgresiones
antirreligiosas. Bajo un medio clericalizado es corriente y usual la
reproducción de sus correlativas transgresiones, la irreligiosidad y la
irreverencia, la injuria a sus mitos, a sus dogmas, a sus ritos, la profanación
de sus centros y lugares sagrados.. toda iconología trae consigo su propia
iconoclastia. Los transgresores anti-todo, el lumpem, los marginados, iniciaron
la quema de Iglesias y conventos bajo la Segunda República. Más tarde, en plena
Guerra Civil, los milicianos anarquistas saquearían templos, incendiarían
estatuas y retablos, perseguirían religiosos. La estampa recuerda las guerras
religiosas medievales, la de una irreligiosidad sospechosamente religiosa[2].
Dialéctica Ortodoxia-Herejía y paradigmas del pensamiento teológico del
siglo XV al siglo XVIII. El
pensamiento laico forjado en los siglos XVIII, XIX y XX conocieron su versión
teológica en los siglos anteriores. A partir del siglo XV las instituciones
religiosas tradicionales conocen el inicio de las mayores sacudidas de su
historia. En el contexto de esa convulsión contra-reformista tienen lugar las
mayores represiones religiosas.
A) El marranismo. En
la Península Ibérica el Tribunal de la Inquisición fuerza la conversión forzosa
de las comunidades judías hasta su expulsión forzosa en 1492. De esta tesitura
nacería el marranismo, la herejía marrana. Las comunidades marranas se
situarían de ahora en adelante en un espacio conflictivo. Su bautizo forzoso,
su conversión en nuevos cristianos las obligaría a la observancia formal de los
preceptos religiosos católicos permaneciendo interiormente la fe en la ley
mosaica heredada de sus antepasados. El punto de intersección de dos ortodoxias
conflictivas en el que se situarían las comunidades marranas a partir del siglo
XV pudo ser un caldo de cultivo crucial para la configuración de gran parte de
los elementos que conforma el pensamiento moderno: el criticismo, el
escepticismo y el nihilismo. Desde el judaísmo serían criticadas las
supersticiones católicas, pero, a su vez, ese nuevo judaísmo clandestino, sin
libros y sin rabinos, desconectado de las comunidades judías ortodoxas, también
se iría desvirtuando y devaluando como tal. Había nacido una herejía judía de
grandes repercusiones en el occidente. los marranos, excluídos de la comunidad
judía e integrados a la fuerza en la comunidad cristiana desplegarían su
influencia sobre esta última. El siglo XVII y XVIII conocería a dos grandes
profetas del mesianismo marrano. Sabbatai Cevi y Jacob Frank. Este último
desarrolló una paradójica transfiguración del mesianismo apocalíptico judío en
anarquismo. El camino elegido fue la glorificación de Esaú lo que conduciría a cierto género de anarquía
poli-transgresora que afectaría a todos los cimientos del orden político y religioso
establecido. Scholem nos viene a decir en relación a la herejía frankista que
Esaú representa lo no teológico, lo elemental
y lo terrenal que, a diferencia de las solemnes palabras referidas a lo
espiritual en todas las religiones, no ha sido degradado y profanado por la
mentira y la traición. En esas palabras podrían encontrarse los más diferentes
motivos que, al unirse, crean la fuerza de la explosión.[3]
B) Los grandes dilemas del mundo cristiano. Antes de que la política y la filosofía
pudieran despegar del omnipotente referente religioso, antes de que en el siglo
XVIII hiciese descollar al laicismo como una fuerza crítica autónoma, el mundo
cristiano cubría por completo la cuestión del poder. Todas las luchas y
combates referidos al poder habían de estar cubiertos de ese manto religioso.
Incluso ese mundo en crisis abierto a partir del año 1.000 de nuestra era se
presenta como un mundo desgarrado internamente por las herejías. La herejía es
la forma genuina de manifestación de la transgresión en un mundo determinado
por la omnipotencia y omnipresencia religiosa. El conjunto de tensiones
acumuladas en las luchas intestinas contra el poder y el privilegio, el
conflicto de intereses irreconciliables en pugna culmina en la herejía. Los
intereses opuestos exigen obviamente contar con los cauces que le permitieran
manifestarse y exteriorizarse adecuadamente afectando de lleno al conjunto de nociones que se articulan en
torno al sistema teológico.
Antes de que el laicismo emprendiera la construcción filosófica y política de los sistemas de relaciones existentes entre el hombre y la naturaleza o entre el individuo y la sociedad, la teología ya había elaborado rigurosos sistemas de inserción del hombre en el mundo, de sus posibilidades y capacidades de intervención sobre las leyes de la naturaleza y de la historia, sobre su aptitud para modificar el rumbo de los acontecimientos. La teología, con su propio lenguaje, había establecido las categorías del azar y de la necesidad, de la voluntad humana, del valor de las acciones y del rumbo de la historia. En ese contexto crítico de disyuntivas-límite se forja el pensamiento y las reflexiones de Pascal, cuya ortodoxia católica no lo puso nunca a salvo de la fuerza de la duda, manteniendo una tensión intensa entre lo evidente por la fe y lo sujeto a crítica, entre la certidumbre y el escepticismo, entre la razón y la creencia en una lucha insoluble e irreconciliable. De Pascal se dice que anticipa el pensamiento moderno y contemporáneo.
Antes de que el laicismo emprendiera la construcción filosófica y política de los sistemas de relaciones existentes entre el hombre y la naturaleza o entre el individuo y la sociedad, la teología ya había elaborado rigurosos sistemas de inserción del hombre en el mundo, de sus posibilidades y capacidades de intervención sobre las leyes de la naturaleza y de la historia, sobre su aptitud para modificar el rumbo de los acontecimientos. La teología, con su propio lenguaje, había establecido las categorías del azar y de la necesidad, de la voluntad humana, del valor de las acciones y del rumbo de la historia. En ese contexto crítico de disyuntivas-límite se forja el pensamiento y las reflexiones de Pascal, cuya ortodoxia católica no lo puso nunca a salvo de la fuerza de la duda, manteniendo una tensión intensa entre lo evidente por la fe y lo sujeto a crítica, entre la certidumbre y el escepticismo, entre la razón y la creencia en una lucha insoluble e irreconciliable. De Pascal se dice que anticipa el pensamiento moderno y contemporáneo.
Los paradigmas
teológicos/escatológicos que enfrentan las instituciones eclesiásticas con las
herejías surgidas de la crisis de los siglos XV a XVIII anticipan, en cierto
modo, los grandes paradigmas políticos del siglo XIX y siglo XX. La herejía
marrana, por su parte, contribuyó sobremanera a poner los pies sobre la tierra
de las inquietudes espirituales de este grupo de desclasados, hijos de la
represión inquisitorial.
Afirman algunos
que el monoteísmo es la antesala del ateísmo. El Deus sive Natura de
Spinoza podría ser paradigmático al respecto. La negación de dios está a un
paso de su afirmación absoluta. El criptoateísmo spinozista
La impronta
religiosa judeocristiana y judeo-marrana dejó su herencia al pensamiento laico
decimonónico. El movimiento obrero recogió la antorcha de los movimientos
milenaristas que se van sucediendo a partir del año mil, de las revoluciones
campesinas de los cátaros, anabaptistas, dolcianistas, de Thomas Muntzer, de
Joaquín de Fiore, de Fra Dolcino. Los primeros utópicos trasladarán el paraíso
celestial a la Tierra: Moro, Campanella, Owen, Fourier, etc,
[1]Norman Cohn: El Cosmos, el Caos y el Mundo Venidero:
Editorial Crítica. 1995, Barcelona.
[2]El cristianismo se ha ocupado de edificar el mito (y el
tópico) de las persecuciones religiosas infligidas contra la fe a manos de los
paganos romanos (Nerón, Diocleciano, etc) y de la moderna irreligiosidad laica
(Revolución Francesa, Revolución Mexicana, Revolución Rusa, Revolución
Española, etc). No obstante, en la misma historia del cristianismo había que
constatar que las mayores persecuciones y masacres de cristianos a lo largo de
la historia se han producido a manos de ... los mismos cristianos. Se ha dicho
que el hombre es el peor lobo para el hombre (Hobbes) también para el
cristiano, el cristiano es el peor enemigo del cristiano. No hay mas que echar
una ojeada por la historia para hacer cómputo de las masacres de herejes a
manos del papado, de cristianos papistas a manos de cristianos heréticos: la
Guerra de los Cien Años, la conquista y posterior asolamiento de
Constantinopla, el saco de Roma, la lucha contra los cátaros o albigenses, .
[3]G. Scholem: Las metamorfosis del mesianismo herético de
los sabbatianos en nihilismo religioso durante el siglo XVIII. Del libro
Herejías y sociedades en la Europa preindustrial, siglos XI-XVIII. Compilado
por Jacques Le Goff. Pág. 298. Ed. Siglo XXI Madrid, 1987
Acerca del Racismo
EL RACISMO, PARIENTE CERCANO DEL
ANTROPOCENTRISMO
A primera vista,
el enunciado pudiera ser provocativo. El antropocentrismo comúnmente se asocia
a la centralidad otorgada al hombre sobre todas las cosas, entendido como un
humanismo propiamente dicho. En tal sentido, racismo y humanismo se repelerían
mutuamente, pues la posición central asignada a la humanidad por este último
excluiría todo posicionamiento racista, centrado exclusivamente en un grupo
humano superpuesto a todos los restantes. Pero en este mundo todo es relativo.
El Proyecto Gran Simio [1] reivindica la condición humana para
nuestros parientes antropoides y el trato vejatorio dado a los
grandes simios en laboratorios y zoológicosse asimila al que otorgaron los blancos, hasta
el mismo siglo XIX, a los negros capturándolos en las selvas africanas,
introduciéndolos en jaulas y vendiéndolos como esclavos a los plantadores
indianos.
El humanismo/antropocentrismo occidental no se ha forjado
precisamente en torno a la cuestión racial. El caso más patente lo tenemos en
la Revolución Americana que, a la par que proclamaba todos los hombres nacen
libres e iguales, importaba esclavos negros del viejo mundo para nutrir de mano
de obra sus plantaciones de algodón, situación que duró casi ochenta años desde
la proclamación de la Independencia hasta la abolición de la esclavitud. La
libertad, igualdad y fraternidad era cosa de blancos entre blancos. La
invocación del hombre y de sus derechos fue el medio del que se valió la
burguesía para derribar los sistemas de privilegios del Antiguo Régimen, las
clases sancionadas jurídicamente, los derechos de servidumbre, los Estados
Generales, los estratos sociales, pero no las diferencias raciales. Sartre advirtió la íntima conexión existente
entre el humanismo liberal europeo y el racismo, llegando a asegurar que no había nada más consecuente que un
humanismo racista puesto que el europeo había cimentado su idea del hombre
creando a la par al esclavo.
El paralelismo entre el paradigma humanístico
greco-romano y el del mundo moderno es manifiesto. El colonialismo europeo tuvo
como efecto profundizar los contenidos ideológicos racistas sobre todo cuando
la disyunción civilización/salvajismo se hizo patente como diferenciación
racial entre blancos y restantes etnias. La superioridad de la raza blanca fue
bajo el siglo XIX un dogma indiscutible, los hechos eran los hechos, la
especial inteligencia del hombre blanco lo había convertido en conquistador de
todo el planeta, las razas inferiores se encontraban naturalmente incapacitadas
para salir el estado de barbarie en el que se hallaban sumidas, y por tal razón
era necesario construir un concepto restrictivo de humanidad, un concepto
puramente etnocentrista. Idéntica narración mítica es la que llegó a imponerse
en torno a la evolución del hombre en su relación con los restantes antropoides
que por pereza, inferioridad o falta de ingenio no quisieron acompañar a
nuestros antepasados en el final despegue evolutivo.
El racismo, como
acabo de sostener, puede concebirse como
la primera fase del antropocentrismo que, casi siempre, se manifiesta en primer
término como etnocentrismo. Los extranjeros, los no incluidos en tu propio grupo,
tienen su propia denominación genérica, bárbaros o seres incivilizados
excluidos de la condición de humanidad o de las categorías mismas del centro
civilizatorio o al estado de ciudadanía propios de la antigua Grecia y Roma. El
estatuto de ciudadanía se reserva a los propios. Los colonizadores llamaron salvajes
(es decir, parte integrante de la fauna local) a los habitantes de los otros
mundos. Centrar el mundo en sí mismo y en lo que inmediatamente rodea al sí
mismo, en los próximos (o en los tuyos), es el antecedente más destacado del
hecho nacionalista que, en sus formas más exacerbadas, desembocó en el racismo
como ingrediente necesario a la determinación del nacionalismo. Los actuales
buscadores del hecho diferencial pueden obsesionarse en esa búsqueda de
las puras esencias nacionales, hasta el punto de apelar a la sangre y al factor
RH como hiciera cierto político vasco.
Grosso modo,
podemos considerar al racismo como una de las primeras y más rudimentarias
manifestaciones del espíritu centrista. Sabemos que entre determinadas comunidades
cazadoras-recolectoras que subsisten en la actualidad, como entre los
esquimales Inuk, el calificativo de seres humanos se reserva
exclusivamente para referirse a los miembros de la propia tribu, de la propia
etnia frente a los demás, quienes ya no son seres humanos propiamente dichos.
Pero en la relación misma inter-racial funciona igualmente el racismo. Los
gitanos, para referirse a los no gitanos usan la denominación despectiva de payos,
mientras que para los payos la palabra gitano también se usa como un apelativo
despectivo.
El racismo parte
de una noción restrictiva de humanidad y en coherencia con ello siempre tiene a
mano los calificativos necesarios para referirse a una raza distinta a la suya
para despojarla de la condición humana y asimilarla a la animalidad: monos
negros, ratas amarillas, perros judíos[2], etc.
RACISMO POLÍTICO: LA ESTRUCTURA
INSTITUCIONAL DEL SEGREGACIONISMO
Ninguna estrategia
racista represiva, por muy violenta que sea esta, prescinde de cierta
organización de las víctimas cara a la implantación de un sistema de
distribución de poderes y privilegios (relativos, evidentemente) entre los
miembros integrantes de la raza oprimida. No hay invasión sin
colaboracionistas. El caso más sangrante lo encontramos en la misma organización
de los guetos judíos por los nazis y como, en los mismos campos de exterminio,
ya en plena solución final, se valieron de capataces judíos para
ejecutar distintas tareas de organización y administración de los campos de la
muerte.
El racismo organizado
o institucionalizado es algo más que un conjunto de actitudes individuales o
colectivas atinentes al fenómeno racial. Las estrategias colonialistas y
segregacionistas jamás hubieran tenido el éxito deseado de no haber sido por la
implantación de una estructura de razas-clases de tipo corporativo (o, en
cualquier caso, cuasi-corporativo), el Apartheid no consistió en una mera
separación entre blancos y negros, fue algo más, una compleja estructura a la
que se incorporó el mismo enfrentamiento étnico de los nativos: los zulúes de
Inkhata, por un lado, y, por otro, los xoxas, simpatizantes en su mayoría del
Congreso Nacional Africano y activos combatientes del sistema de segregación.
EL RACISMO SOCIOLÓGICO: RACISMO
RURAL, RACISMO URBANO
No cabe la menor
duda de que el racismo, como fenómeno de rechazo de etnias y culturas, se
encuentra hoy totalmente desacreditado. Los racistas que habitan en nuestras
sociedades occidentales proceden de dos vertientes, la vertiente urbana,
constituida por jóvenes de zonas marginales y dotados de un escasísimo nivel
cultural que, organizados en bandas de ideología neonazi, se dedican a apalear
y asesinar con nocturnidad y alevosía a inmigrantes africanos, asiáticos o
sudamericanos. La vertiente rural es algo más compleja. Pueblos enteros de las
comarcas más deprimidas de Andalucía (me refiero concretamente a la provincia
de Jaén, a la zona de la depresión del Guadalquivir que comprende pueblos como
Torredelcampo, Martos, Torredonjimeno, Mancha Real...) se levantan al son de la
ley del talión para incendiar las viviendas de la comunidad gitana.
Se trata de
fenómenos sociológicos distintos englobados bajo el mismo calificativo: comportamientos
racistas. Pareciera como si la
pobreza fuera caldo de cultivo de las conductas más mezquinas y miserables,
como si la intolerancia se encontrara fuertemente arraigada en la miseria.
Racismo urbano y racismo rural, por otra parte, poco tienen que ver entre sí.
En el primero lo que advertimos es la profunda frustración con que la basura de
la sociedad afronta la descarga de violencia implantada y contenida (medio
familiar, medio social, etc), atacando a los grupos sociales más débiles e
indefensos. En el segundo lo que se pone de manifiesto es la existencia de una
comunidad rural tradicional, consanguínea y excluyente, que no ha asimilado el
concepto moderno de justicia retributiva e individualizada así como el de
responsabilidad individual, de modo que una afrenta infligida a un miembro de
su propia comunidad cerrada, proviniendo de un sujeto extraño a dicha
colectividad e integrante de una etnia fácilmente identificable por su
divergencia en el aspecto racial y cultural, se entiende como una ofensa hecha
a todo su grupo por toda la comunidad étnica (en ciertos medios rurales de
nuestro país la reacción de rechazo étnico no se produce contra inmigrantes
recién llegados, sino contra una etnia, como la gitana, con la que conviven
desde hace cinco siglos). La existencia de un grupo excluye la de todos los
demás. Es la misma lógica que han aplicado, hasta el exterminio recíproco, las
etnias hutu y tutsi en Ruanda.
EL RACISMO PSICOLÓGICO
Todo el mundo es,
a ciertos niveles, racista y etnocentrista. Si te dan un lápiz y un papel y te
dicen que dibujes a un hombre (ya seas niño o adulto), tu tendencia natural
será la de dibujar un hombre blanco con los caracteres raciales europeos. Para
que dibujes uno de los otros, un negro o un chino, te lo tienen que
indicar expresamente, pero ya no dibujarás un hombre propiamente dicho en el
sentido de la centralidad que impone la pertenencia a tu propia raza, sino un
(hombre) negro, un (hombre) indio o un (hombre) chino. El referente será siempre el mismo, la raza
propia, verás que el carácter más sobresaliente del oriental son sus ojos
rasgados y su carencia de vellosidad.
Ellos, los orientales, verán en nosotros, por el contrario, ojos redondos (así denominan a los occidentales, pues sus ojos no son rasgados, tal y como nosotros los vemos, sino normales) y una vellosidad excesiva (para ellos, repugnante en el plano estético). Se crea una delimitación normalidad/patología determinada asimismo por el carácter racial propio: el que los indios americanos denominaran a los occidentales rostros pálidos, entendiéndose la palidez como un rasgo de enfermedad, denotaba que la pauta, la vara de medir era la de su propia raza . Lo propio marca siempre la normalidad, lo ajeno, sin embargo, se sale de la norma, se compara con los propios parámetros, con la medida de todas las cosas (en tal sentido, el hombre no sería la medida de todas las cosas, sino la raza a la que se pertenece) que es siempre lo tuyo. Desde lo de uno propio se compara siempre a los demás. Y aquí vemos la gran falsedad de toda determinación racial: los blancos no son realmente blancos (son de color ocre), los negros tampoco son negros (son de color marrón oscuro), los amarillos no son amarillos ni los pieles rojas tienen la piel roja.
Ellos, los orientales, verán en nosotros, por el contrario, ojos redondos (así denominan a los occidentales, pues sus ojos no son rasgados, tal y como nosotros los vemos, sino normales) y una vellosidad excesiva (para ellos, repugnante en el plano estético). Se crea una delimitación normalidad/patología determinada asimismo por el carácter racial propio: el que los indios americanos denominaran a los occidentales rostros pálidos, entendiéndose la palidez como un rasgo de enfermedad, denotaba que la pauta, la vara de medir era la de su propia raza . Lo propio marca siempre la normalidad, lo ajeno, sin embargo, se sale de la norma, se compara con los propios parámetros, con la medida de todas las cosas (en tal sentido, el hombre no sería la medida de todas las cosas, sino la raza a la que se pertenece) que es siempre lo tuyo. Desde lo de uno propio se compara siempre a los demás. Y aquí vemos la gran falsedad de toda determinación racial: los blancos no son realmente blancos (son de color ocre), los negros tampoco son negros (son de color marrón oscuro), los amarillos no son amarillos ni los pieles rojas tienen la piel roja.
La manifestación
subliminal de racismo, entendido como menosprecio de las restantes razas y
etnias distintas a la propia, es un fenómeno cotidiano, tan cotidiano que se
advierte al hojear las páginas de cualquier periódico. No se trata tanto del
contenido de la información en sí misma como de su propia extensión, lo que en
el mundo mediático se viene denominando tratamiento informativo. Para que una
catástrofe acaecida en el Tercer Mundo pueda ocupar las portadas y primeras
páginas de todos los diarios ha de tener dimensiones millonarias en cuanto al
número de víctimas, tal y como sucedió con la Guerra Civil de Ruanda. Una
masacre con un saldo de cinco a diez víctimas perpetrada por un francotirador
de los Estados Unidos ante la puerta de un supermercado ocupará la portada y
las primeras páginas de todos los periódicos. Para informar sobre una matanza
de doscientos campesinos en Sudán o Guatemala se suele emplear una pequeña
columna de cinco o seis líneas máximo en las páginas del interior, hasta el
punto de pasar desapercibida al lector de titulares. Se diga lo que se diga, la
sensibilidad que despierta en el público occidental una y otra noticia no es la
misma. Las matanzas diarias de niños huérfanos mendigos perpetradas en las
calles de Bogotá y Río de Janeiro (meninos da rúa) a manos de pistoleros y paramilitares no
tienen el mismo eco que la de los niños de la guardería de Dumblane. A los
blancos se les dispensa el tratamiento de seres humanos, a los demás el de
insectos.
EL PATERNALISMO ANTIRRACISTA
Es curioso, pero
las clases más sensibles a la cuestión del racismo son precisamente las
clases más acomodadas. El antirracismo ocupa hoy en día parte destacada del
acerbo del llamado pensamiento políticamente correcto puesto muy de moda
por los norteamericanos. Tampoco nos podemos llevar a engaño al respecto. Un
inmigrante africano de raza negra afirmaba en una revista que leí hace tiempo,
muy acertadamente, que desde ciertos círculos cultos se practicaba un racismo
la mar de sutil, oculto y paternalista: se mira al negro por encima del hombro
por mucho que no se quiera reconocer, hasta el punto que le brindan su amistad
como si fuera un favor que se le hace y por el que debiera quedar eternamente
agradecido, a la par que lo miran de reojo, con vergüenza y compasión, como si
se tratara de un ser deforme y, consecuentemente, se evita hablar del color de
su piel, recurren al sutil eufemismo pues, viendo que la palabra negro puede
ser ofensiva, así nos lo han enseñado en las películas, prefieren llamarlos
personas de tez oscura, y todo ello para
no ofenderlo ¡¡como si eso fuera una desgracia!!.
Y estos son los enemigos del racismo. Observan el fenómeno desde lejos, desde fuera de los medios violentos, miserables y crueles que reproducen comportamientos violentos miserables y crueles. Sueltan duros alegatos antirracistas desde la comodidad y el confort que les ofrece su vida burguesa, como meros espectadores que se indignan de la villanía de los malos de las películas de serie B. El discurso antirracista es un discurso obligatorio tanto por imperativo ético como moral. Sin embargo, se olvida de que las actitudes racistas no son patrimonio exclusivo de la raza blanca, siendo esa otra visión racista más, por cuanto que considera que los blancos, actuales dueños del mundo, son los únicos que pueden permitirse el lujo de ser racistas. La componente racista se manifiesta en todo grupo humano, aunque de distinta forma. Los negros militantes del grupo Nación Negra son tan racistas y tan fascistas como los defensores de la raza aria. Los zulúes de Inkhata son tan reaccionarios y segregacionistas como los Bóers. Los recientes acontecimientos de rivalidad étnica hasta el genocidio recíproco acaecidos en África Tropical nos ponen de manifiesto que el racismo entre etnias negras puede llegar a unos extremos de crueldad mayores si cabe que los que enfrentaron a blancos contra negros. Pero parece ser que los blancos están imbuídos de cierto complejo de opresor genérico de los negros, hasta el punto de que una agresión a un negro se entiende forzosamente como un atentado racista, goza con esa presunción, con independencia de que los fines de la agresión no hayan sido los puramente racistas, que esté motivada por un ajuste de cuentas, una venganza.
Y estos son los enemigos del racismo. Observan el fenómeno desde lejos, desde fuera de los medios violentos, miserables y crueles que reproducen comportamientos violentos miserables y crueles. Sueltan duros alegatos antirracistas desde la comodidad y el confort que les ofrece su vida burguesa, como meros espectadores que se indignan de la villanía de los malos de las películas de serie B. El discurso antirracista es un discurso obligatorio tanto por imperativo ético como moral. Sin embargo, se olvida de que las actitudes racistas no son patrimonio exclusivo de la raza blanca, siendo esa otra visión racista más, por cuanto que considera que los blancos, actuales dueños del mundo, son los únicos que pueden permitirse el lujo de ser racistas. La componente racista se manifiesta en todo grupo humano, aunque de distinta forma. Los negros militantes del grupo Nación Negra son tan racistas y tan fascistas como los defensores de la raza aria. Los zulúes de Inkhata son tan reaccionarios y segregacionistas como los Bóers. Los recientes acontecimientos de rivalidad étnica hasta el genocidio recíproco acaecidos en África Tropical nos ponen de manifiesto que el racismo entre etnias negras puede llegar a unos extremos de crueldad mayores si cabe que los que enfrentaron a blancos contra negros. Pero parece ser que los blancos están imbuídos de cierto complejo de opresor genérico de los negros, hasta el punto de que una agresión a un negro se entiende forzosamente como un atentado racista, goza con esa presunción, con independencia de que los fines de la agresión no hayan sido los puramente racistas, que esté motivada por un ajuste de cuentas, una venganza.
LA PATRAÑA DEL RACISMO BIOLÓGICO:
RAZAS Y ADAPTACIÓN AL MEDIO
Los
mismos ideólogos del igualitarismo tuvieron que defender, para hacerla
efectiva, la idea de que no todos los hombres eran iguales. Sobre ese
reconocimiento de la diferencia de capacidades, necesidades y aptitudes individuales tuvieron que
proyectar su futura sociedad igualitaria. Un discapacitado físico no podrá
nunca competir con los atletas profesionales,
tiene limitaciones objetivas para desempeñar ciertas profesiones como puede ser
la de policía , un disminuido psíquico jamás podrá tener una alta cualificación
profesional, y tampoco creo que sea una monstruosidad reconocerlo.
También las razas son grupos de hombres distintos entre sí, es cierto, pero en un sentido muy distinto al ahora apuntado. Toda la humanidad pertenece a la misma especie, la última especie divergente de homo sapiens, el hombre de neandertal, desapareció hace 40.000 años. No cabe la menor duda de que los primeros homo sapiens fueron negroides ¿Cabe, en este sentido, trazar una escala valorativa entre razas superiores e inferiores? No es muy conveniente, sobre todo porque en biología ningún juicio de valor puede llegar muy lejos. Podemos comparar dos animales distintos, el salmón y el camaleón, ¿cuál es superior a cuál? Hagamos abstracción de la escala evolutiva, de la posición misma de los peces en un escalón inferior a los reptiles.
Observaremos, en primer lugar, dos medios distintos, el acuático y el terrestre, desde los cuales podamos establecer la comparación. En el océano el salmón se desenvuelve como nadie, respira bajo el agua, nada a gran velocidad, por no decir de la resistencia que demuestra a la hora de remontar los ríos. En tierra firme, el camaleón se vale por sí mismo a las mil maravillas, cuenta con respiración pulmonada, trepa árboles, se camufla entre las hojas y escupe su lengua con gran precisión sobre los insectos. En tierra firme, el salmón no es nada, un moribundo en todo caso. En el interior del océano el camaleón tampoco es nada, también es un moribundo. Esperando se me perdone la exageración, podemos inferir que el salmón en el agua es netamente superior al camaleón y que el camaleón en tierra firme es muy superior al salmón. En realidad, estos juicios valorativos son tan evidentes como inútiles y si se puede sacar alguna conclusión es la de que toda escala axiológica es siempre relativa.
En este caso me he valido como parámetro de un factor variable como es el medio en el que se desenvuelve el ser vivo sin tener en consideración otros aspectos, como pudiera ser por ejemplo, el de que el salmón no necesita pulmones ni lengua proyectil para sobrevivir y el camaleón no precisa de aletas ni branquias. Posicionémonos un poco en la cuestión racial. Sabemos que lo que caracteriza realmente al género humano no son los rasgos faciales (cuya diversidad individual es realmente asombrosa) ni la pigmentación de la piel, ojos o pelo, ni la estatura relativa, ni la cabellera, ni la mayor o menor cobertura vellosa del cuerpo, ni la esbeltez ni la rechonchez, todos ellos caracteres físicos secundarios que ha ido modelando la selección natural en aquellas zonas climáticas donde los hombres se han ido asentando durante los últimos treinta mil años. Podíamos hacer un ejercicio especulativo análogo al argumento del salmón y el camaleón valorando la superioridad o inferioridad racial en relación a las zonas bioclimáticas del Planeta. La piel negra, de alto contenido en melanina, la favorecen las zonas climáticas tropicales por cuanto la hace inmune a las altas radiaciones solares. Sin embargo, la piel blanca será útil para aquellas zonas donde la luz solar es más tenue, como las zonas templadas, esteparias y polares.
En términos estrictamente biológicos, el negro es superior al blanco en la zona ecuatorial y tropical. El blanco es superior al negro en las zonas templadas y polares. El esquimal y mongoloide, rechoncho y de abundante almohadillado graso, estará mejor preparado para el frío que los dos anteriores y consecutivamente, peor para el calor. Aún así, no se puede identificar alegremente la diversidad racial con la diversidad biológica de los miembros del género humano, pues entre los integrantes de una misma raza se presentan divergencias genéticas notables tales como el factor RH, el grupo sanguíneo, factores inmunológicos, etc, lo cual nos hace pensar que entre determinados miembros de razas distintas puedan existir mayores similitudes que entre los integrantes del propio grupo étnico.
Ello ha hecho afirmar a más de un biólogo y antropólogo que el concepto de raza aplicado a la humanidad es irrelevante a efectos netamente biológicos. Los caracteres raciales, en términos estrictamente biológicos, no nos dicen nada más, a menos que se intente confundir la cuestión racial con la cuestión cultural. En tal caso, sí que cabría bastante más que decir, hasta tal punto que la cultura, el nicho ecológico cultural que se construyen los hombres, convierte en irrelevantes a efectos prácticos las divergencias bio-raciales. Ni la raza ni el sexo afectan al cerebro ni a la inteligencia entendidas como capacidad creativa.
Si bien la capacidad creativa genera y condiciona las culturas, las culturas también generan y condicionan la capacidad creativa del intelecto imponiendo en este último caso sus límites y modos de eficacia. El sistema creado, el sistema cultural, pasa en este caso a un primer plano como estructura determinante de la dinámica y desarrollo de las distintas capacidades mentales individuales. No podemos caer en la trampa de atribuir el estancamiento de las actuales sociedades cazadoras-recolectoras que perviven en nuestra época a la inferioridad de sus integrantes en el plano racial.
La raza blanca indoeuropea no fue precursora de la civilización precisamente. Cuando los germanos, britanos y normandos se encontraban en pleno estado de barbarie, a miles de kilómetros, en Mesopotamia, una raza distinta a la blanca edificaba las primeras civilizaciones y descubría la escritura, nos encontramos también ante un Imperio Chino milenario. Así mismo, en el África Subsahariana se constituyeron grandes imperios simultáneos a los europeos desde el siglo XII al XVI. Tampoco es este un argumento a favor de la superioridad de sumerios, asirios y babilonios, sino de cómo un ecosistema propicio que facilita la agricultura a gran escala y cómo la acumulación de excedente (trigo, mijo, cebada, maíz... ) pudo dar lugar a la formación de los primeros imperios agrícolas. Muchas veces el ecosistema se alía con la estructura generando ese fenómeno al que se le ha dado en llamar despegue civilizacional que nada tiene que ver con las aptitudes (en sentido racial) de los individuos integrantes de las mismas. En todo caso, creo que sobra cualquier argumento en pro de la identidad inter-racial, pues destacados biólogos tiempo ha se pusieron manos a la obra
También las razas son grupos de hombres distintos entre sí, es cierto, pero en un sentido muy distinto al ahora apuntado. Toda la humanidad pertenece a la misma especie, la última especie divergente de homo sapiens, el hombre de neandertal, desapareció hace 40.000 años. No cabe la menor duda de que los primeros homo sapiens fueron negroides ¿Cabe, en este sentido, trazar una escala valorativa entre razas superiores e inferiores? No es muy conveniente, sobre todo porque en biología ningún juicio de valor puede llegar muy lejos. Podemos comparar dos animales distintos, el salmón y el camaleón, ¿cuál es superior a cuál? Hagamos abstracción de la escala evolutiva, de la posición misma de los peces en un escalón inferior a los reptiles.
Observaremos, en primer lugar, dos medios distintos, el acuático y el terrestre, desde los cuales podamos establecer la comparación. En el océano el salmón se desenvuelve como nadie, respira bajo el agua, nada a gran velocidad, por no decir de la resistencia que demuestra a la hora de remontar los ríos. En tierra firme, el camaleón se vale por sí mismo a las mil maravillas, cuenta con respiración pulmonada, trepa árboles, se camufla entre las hojas y escupe su lengua con gran precisión sobre los insectos. En tierra firme, el salmón no es nada, un moribundo en todo caso. En el interior del océano el camaleón tampoco es nada, también es un moribundo. Esperando se me perdone la exageración, podemos inferir que el salmón en el agua es netamente superior al camaleón y que el camaleón en tierra firme es muy superior al salmón. En realidad, estos juicios valorativos son tan evidentes como inútiles y si se puede sacar alguna conclusión es la de que toda escala axiológica es siempre relativa.
En este caso me he valido como parámetro de un factor variable como es el medio en el que se desenvuelve el ser vivo sin tener en consideración otros aspectos, como pudiera ser por ejemplo, el de que el salmón no necesita pulmones ni lengua proyectil para sobrevivir y el camaleón no precisa de aletas ni branquias. Posicionémonos un poco en la cuestión racial. Sabemos que lo que caracteriza realmente al género humano no son los rasgos faciales (cuya diversidad individual es realmente asombrosa) ni la pigmentación de la piel, ojos o pelo, ni la estatura relativa, ni la cabellera, ni la mayor o menor cobertura vellosa del cuerpo, ni la esbeltez ni la rechonchez, todos ellos caracteres físicos secundarios que ha ido modelando la selección natural en aquellas zonas climáticas donde los hombres se han ido asentando durante los últimos treinta mil años. Podíamos hacer un ejercicio especulativo análogo al argumento del salmón y el camaleón valorando la superioridad o inferioridad racial en relación a las zonas bioclimáticas del Planeta. La piel negra, de alto contenido en melanina, la favorecen las zonas climáticas tropicales por cuanto la hace inmune a las altas radiaciones solares. Sin embargo, la piel blanca será útil para aquellas zonas donde la luz solar es más tenue, como las zonas templadas, esteparias y polares.
En términos estrictamente biológicos, el negro es superior al blanco en la zona ecuatorial y tropical. El blanco es superior al negro en las zonas templadas y polares. El esquimal y mongoloide, rechoncho y de abundante almohadillado graso, estará mejor preparado para el frío que los dos anteriores y consecutivamente, peor para el calor. Aún así, no se puede identificar alegremente la diversidad racial con la diversidad biológica de los miembros del género humano, pues entre los integrantes de una misma raza se presentan divergencias genéticas notables tales como el factor RH, el grupo sanguíneo, factores inmunológicos, etc, lo cual nos hace pensar que entre determinados miembros de razas distintas puedan existir mayores similitudes que entre los integrantes del propio grupo étnico.
Ello ha hecho afirmar a más de un biólogo y antropólogo que el concepto de raza aplicado a la humanidad es irrelevante a efectos netamente biológicos. Los caracteres raciales, en términos estrictamente biológicos, no nos dicen nada más, a menos que se intente confundir la cuestión racial con la cuestión cultural. En tal caso, sí que cabría bastante más que decir, hasta tal punto que la cultura, el nicho ecológico cultural que se construyen los hombres, convierte en irrelevantes a efectos prácticos las divergencias bio-raciales. Ni la raza ni el sexo afectan al cerebro ni a la inteligencia entendidas como capacidad creativa.
Si bien la capacidad creativa genera y condiciona las culturas, las culturas también generan y condicionan la capacidad creativa del intelecto imponiendo en este último caso sus límites y modos de eficacia. El sistema creado, el sistema cultural, pasa en este caso a un primer plano como estructura determinante de la dinámica y desarrollo de las distintas capacidades mentales individuales. No podemos caer en la trampa de atribuir el estancamiento de las actuales sociedades cazadoras-recolectoras que perviven en nuestra época a la inferioridad de sus integrantes en el plano racial.
La raza blanca indoeuropea no fue precursora de la civilización precisamente. Cuando los germanos, britanos y normandos se encontraban en pleno estado de barbarie, a miles de kilómetros, en Mesopotamia, una raza distinta a la blanca edificaba las primeras civilizaciones y descubría la escritura, nos encontramos también ante un Imperio Chino milenario. Así mismo, en el África Subsahariana se constituyeron grandes imperios simultáneos a los europeos desde el siglo XII al XVI. Tampoco es este un argumento a favor de la superioridad de sumerios, asirios y babilonios, sino de cómo un ecosistema propicio que facilita la agricultura a gran escala y cómo la acumulación de excedente (trigo, mijo, cebada, maíz... ) pudo dar lugar a la formación de los primeros imperios agrícolas. Muchas veces el ecosistema se alía con la estructura generando ese fenómeno al que se le ha dado en llamar despegue civilizacional que nada tiene que ver con las aptitudes (en sentido racial) de los individuos integrantes de las mismas. En todo caso, creo que sobra cualquier argumento en pro de la identidad inter-racial, pues destacados biólogos tiempo ha se pusieron manos a la obra
[1] Paola Cavalieri y Peter Singer: El proyecto “Gran
Simio”. La igualdad más allá de la humanidad. Editorial Trotta, Madrid, 1998.
[2] Uno de los múltiples equívocos que ha generado la
propaganda nazi, primero, y la sionista, más tarde, ha sido la de identificar el judaísmo como un rasgo racial.
Una persona de mediana cultura sabe muy bien que el judaísmo es una religión,
no un rasgo racial. Sin duda, ha contribuido en mucho a generar dicho equívoco
el carácter cerrado, sectario y endogámico de la religión judía.
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