viernes, 8 de junio de 2012

La certeza y el error


El error es algo no es privativo de nuestra especie. El fundamento molecular y bioquímico de la evolución radica precisamente en una continua y gradual sucesión de mutaciones aleatorias en los genes o, lo que viene a ser lo mismo, de errores en la copia. Aunque, una vez situados en el contexto de la selección natural, ley fundamental del mundo viviente, se impone un continuo sometimiento a prueba y error. Lo que sucede en este caso es que el error se paga muy caro, al precio de la muerte del individuo antes de llegar a tener descendencia, por lo que sus genes se pierden, favoreciendo la selección a los individuos más exitosos en el sentido adaptativo del término.

Los humanos contamos con el bagaje cultural, conjunto de instrucciones necesarias para nuestra supervivencia que nos lega la cultura y que cada uno de nosotros interioriza como propio. Las mismas instituciones culturales contienen las normas que sancionan el acierto y el error, incluso el mismo proceso de aprendizaje consiste en una contínua corrección de errores.

Existen dos tipos de pensamiento, el lógico, racional y científico y el mítico y religioso. Lo que los distingue básicamente es que mientras el primero es un sistema abierto a la inducción, prueba y error, los segundos suelen ser sistemas cerrados y circulares que no requieren otra explicación que la que está sentada en sus premisas, su base es la tautología y, dado que su base es el dogma no aceptan el error siquiera como posibilidad remota. Los sistemas abiertos, en cambio, si bien formulan modelos explicativos estos siempre son provisionales al estar sujetos a la prueba, al error y a una nueva reformulación.

A nivel lógico o analítico gran parte de la información, por elemental que sea, integra la organización de un sistema de caracteres binarios. Los bytes de información cibernética se basan precisamente en la numeración binaria que recoge los caracteres 0 y 1. Pero nuestro sistema de información es a su vez analógica, en el sentido de que se estructura sobre la representación. De la combinación entre ambos sistemas binario-digital y analógico-representacional surge el intelecto humano. Por un lado nos encontramos ante la asimilación, por otro ante el discernimiento. La representación procede de una impresión sensorial, el discernimiento, por su parte, se nos presenta como un sistema binario (afirmación/negación) en virtud del cual se van desgajando los distintos niveles de error. La determinación, entendida como conceptualización, se puede concebir como un proceso a través del cual las distintas formas de representación analógica son esculpidas (seleccionadas, rechazadas, reelaboradas) por un sistema binario de selección de la certeza y rechazo del error.

El conocimiento humano es, en un 90 por ciento de sus casos, digital. La propia estructura digital del lenguaje humano nos puede hacer pensar que el mundo de las ideas es sustancialmente digital. Sin embargo, advertimos que las primeras escrituras fueron escrituras figurativas, alusiones representativas ligadas a imágenes presenciales de caracteres ideográficos, simbólicos No obstante, en el camino se insertan formas de percepción analógica.

La cuestión de la certeza, en cuanto a sus principios reguladores e informadores, no es únicamente aplicable al problema del conocimiento humano y de la cibernética. En un sentido amplio, se inscribe en la relación que guarda el organismo (viviente o social) con su entorno, a los modos de procesar dicho entorno, de incorporarlo y asimilarlo. Llevada a su extremo más radical, la cuestión del conocimiento y del discernimiento de la certeza es una mera cuestión de supervivencia. Por lo que se refiere al mundo viviente podemos asegurar que el camino de la selección natural está sembrado de errores dejados a lo largo y a lo ancho del camino, que cada organismo viviente es en sí el resultado de un cúmulo de aciertos consecutivos.

Los sistemas de selección de la certeza o de la verdad tomada en un sentido amplio meta-gnoseológico no tienen por qué coincidir con estructuras subjetivas, ya se trate de subjetividades orgánicas de tipo biológico o de subjetividades sociales de índole institucional.. El fenómeno ya apuntado de la selección natural se nos presenta como un sistema extra-subjetivo de selección de la certeza y de rechazo del error donde encuentra

Tras milenios de iluminación, especulación y escolástica se ha llegado finalmente a la conclusión de que la certeza no es ningún don celestial vedado a los no iluminados por el espíritu sino un criterio eminentemente práctico que casi nunca se inviste de la pureza de lo nítidamente claro, de las ideas claras y distintas a las que aludió Descartes, ya que en la mayoría de las ocasiones se encuentra acompañada de grandes nubarrones de incertidumbre, si no integrada en un complejo sistema de creencias a las que los racionalistas han dado en llamar supersticiones.


El hechicero que para curar una herida aplica un emplasto de hongos sobre la zona infectada desconoce totalmente el fundamento científico de la penicilina y los antibióticos. Él se limita simplemente a alejar el maleficio mediante un sistema de rituales que, acompañados por el emplasto como un elemento más,  producen efectos positivos en el enfermo. Bajo el ritual mágico todo tiene su campo de validez, emplasto, palabras mágicas indumentaria del hechicero y gesticulaciones. ¿es acertado o equivocado su proceder? Sin duda, la práctica empírica obtenida mediante los principios de inducción prueba y error se integra en un sistema bajo el que no encuentra operatividad alguna el paradigma racionalista. En cualquier caso, las relaciones causales en el pensamiento mágico, son como la de aquél personaje que aseguraba que mediante conjuros, sortilegios y un poco de arsénico se libraba de sus enemigos.       

El mundo de las matemáticas tiene algo de mágico. Los idealistas puros de las escuelas platónica y pitagórica vieron en él plasmada la esencia última de las cosas traducida a verdades matemáticas. En el resurgir de la filosofía de la época moderna vemos dos escuelas enfrentadas, dos paradigmas opuestos, el racionalista y el empirista. Los primeros veían como la razón se regía por estructuras extraídas del universo matemático, base necesaria para ordenar el mundo. Los segundos consideraban que solo la experiencia externa podía servir de base al conocimiento Fue Enmanuel Kant quien se encargaría más tarde de elaborar la síntesis, de indagar sobre las estructuras de la percepción. Para Kant los juicios obtenidos directamente del mundo matemático solo podían ser juicios analíticos a priori, en tanto que para averiguar la ecuación 2+2=4 o que la suma de los ángulos de un triángulo equivale a 180 grados no era preciso acudir a la experiencia exterior, mientras que los recabados a partir de la experiencia externa se clasificarían entre los llamados juicios sintéticos a posteriori. Entre ambas categorías podían hallarse formas intermedias de conocimiento, los juicios analíticos a posteriori y los juicios sintéticos a priori.  





Situados en otro ámbito,  el problema de la objetividad del conocimiento ha planeado en toda la historia de la filosofía, por lo que tendemos a confundir la percepción de la realidad a través de los sentidos con la realidad en sí misma, con el noumenon, como diría Kant 


En realidad el conocimiento no nació por el mero placer de pensar, sino como una necesidad inscrita en nuestra evolución y supervivencia: no pensamos por pensar sino para sobrevivir


En cierto modo, nuestra percepción sensorial es engañosa, es autocéntrica y egotista, el campo visual que se nos presenta es un orden de objetos situados espacialmente conforme a un haz en el que el sujeto ocupa una posición central y en el que las figuras geométricas se deforman por acción del campo de visión, la reducción del tamaño de los objetos es directamente proporcional a su proximidad o lejanía respecto del observador, lo que comúnmente se llama perspectiva.


Nuestra percepción táctil nos avisa del frío y del calor, pero nuestra estructura celular no alcanza a percibir las altísimas y bajísimas temperaturas pues sus límites vitales se enmarcan en la escala del agua, la escala centígrada y la temperatura de ignición es la de destrucción de nuestras proteínas, la de la combustión química del carbono y a esa escala, la diferencia entre mil y tres mil grados centígrados nos resultará obviamente la misma. 


Por otra parte, solo alcanzamos a vislumbrar aquellas magnitudes de onda del espectro luminoso y sonoro que entran dentro del ámbito de percepción de nuestros sentidos. Fenómenos como el de la persistencia de la retina nos inducen a error; el cine o los dibujos animados no reproducen realmente formas en movimiento, lo que reproducen es una secuencia o sucesión rápida de fotogramas o diapositivas que generan la ilusión óptica de movimiento contínuo. Y, ya que hablamos de cine, hay que decir que el campo de los efectos especiales es todo un arte encaminado a engañar los sentidos.


La secuencia temporal es también engañosa, solo percibimos un ínfimo lapso de tiempo que, no obstante, nos permite captar movimientos cuya velocidad entra en el campo de nuestras estructuras cognoscitivas. No podemos percibir la velocidad de la luz ni la de los acontecimientos geológicos. Vemos montañas inmóviles que, sin embargo, como pliegues del terreno, son formas en movimiento, tampoco podemos ver la formación de los valles, la erosión de las colinas y la deriva continental. 


La física llama infra-rojos o ultravioletas a las radiaciones que se encuentran por debajo o por encima de nuestro campo de percepción visual, ultrasonidos o infrasonidos a aquellos que igualmente exceden de nuestro ámbito de percepción auditiva, los prefijos “infra” o “ultra” aluden justamente a lo que se sitúa fuera de nuestra capacidad sensorial.


La realidad que captamos más que realidad es “nuestra” realidad, nuestra sensibilidad nos dice que la Tierra es plana, nuestra misma posición espacial nos induce a creer que existe un “arriba” y un “abajo” absolutos, cuando en el universo no existe ni el “arriba” ni el “abajo”, ni el delante ni el detrás, que nos apoyamos sobre la tierra porque pesamos, no por efecto de la atracción gravitatoria, nuestra percepción sensible no capta el movimiento de rotación de la Tierra, nos dice que el Sol “sale” por la mañana y “se pone “ por la tarde, que la Luna es más grande que las estrellas o que su tamaño sea análogo al del Sol, nos presenta un “firmamento” (expresión bíblica que denota fijeza o firmeza de las constelaciones) en forma de cúpula semiesférica (la cúpula celeste), nos dice que los meteoritos son “estrellas fugaces”, nos dice que existe el reposo y el movimiento absoluto.


Nuestro sistema de percepción no sirve para ver las células ni las moléculas ni los átomos, ni los quásares, ni las supernovas.


Al fin y al cabo, nuestra percepción auditiva, visual, táctil, gustativa y olfativa no es otra que la que necesitamos para vivir dentro de nuestro mundo, en el ámbito de nuestra actividad práctica, es análoga, aunque con importantes modificaciones estructurales, a la que precisan los primates arborícolas que para saltar de una rama a otra con un mínimo margen de error precisa percibir el espacio (visión binocular o estereoscópica), que ha de auxiliarse conjuntamente con los sentidos de la vista y el tacto manual para calibrar el peso y el tamaño de los objetos que recoge. No necesita ver un ratón a más de mil metros como las águilas (lo que por otro lado no tiene sentido alguno, ¿para qué va a ver algo que no puede capturar?), ni tampoco olfatear un rastro como los cánidos ni ver de noche como las rapaces y los felinos nocturnos. El primate vive en espacios cortos, su vida se desarrolla en el bosque, es omnívoro, por eso puede distinguir múltiples sabores y también diversos colores, la percepción visual les indica, antes de acudir al tacto, si la fruta está o no madura. Las estructuras de nuestra percepción sensible están asentadas en nuestro nicho ecológico, en el campo de acción de nuestra animalidad biológica.


Pablo Picasso tras distintas etapas llegó al cubismo. Quiso comprender toda la realidad, advirtió que la perspectiva realista anulaba la realidad y quiso construir la deformación propia que impone el reflejo de un mundo estático en un mundo dinámico: narices de frente y de perfil a un mismo tiempo, rostros desplegados..., en suma, la lucha implacable del mundo de tridimensional contra el mundo bidimensional. El autorretrato de Van Gogh solo mostraba la oreja derecha, ¿dónde estaba la izquierda?. El pintor, en un ataque de locura, intentó enmendar tal error arrancándose la oreja izquierda (parece ser que esta historia es un mito, aunque es altamente ilustrativa). Unos antropólogos tomaron contacto con una comunidad primitiva que desconocía al hombre blanco y, por tanto, la tecnología. Filmaron imágenes de los nativos en su vida cotidiana y luego hicieron una proyección con todos sus protagonistas: ¿qué advirtieron? por un lado, el avance tecnológico no les llamó mucho la atención, pero había algo que les preocupaba y hasta les causaba pánico e inquietud: observar su imagen incompleta; los miembros que salían fuera de la pantalla, las medias caras, ¿estaban mutilados? Pero en el instante en que volvían a salir de cuerpo entero se tranquilizaban: el encuadre bidimensional de las imágenes limitaba su realidad, la relación mental realidad/símbolo que impregna el alma primitiva como dos aspectos de una misma realidad prevaleció sobre cualquier otra consideración.


Aparte de las consideraciones anteriores, el hombre posee un instrumento, la ciencia, a través del cual puede, si no captar la realidad objetiva en su totalidad, al menos, aproximarse bastante a ella, pero tambien la ciencia está condicionada, está condicionada e incluso limitada por sus propios paradigmas, ya lo puso de manifiesto Kuhn en la estructura de las revoluciones científicas y así estamos hasta ahora, en que la cuántica y el relativismo han acabado jodiendo al sentido común, es decir, al realismo aristotélico propiamente dicho



No hay comentarios:

Publicar un comentario