lunes, 2 de enero de 2012

Qué es y qué no es la Revolución: Deconstruyendo el convencionalismo vigente



De la idea de Revolución y de la falsa dicotomía entre revoluciones burguesas y proletarias  

En el famoso Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política[1], en un texto de marcado platonismo militante, Marx declaraba de forma rotunda:


Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de esa sociedad


Nada habría que objetar a esta evolucionista declaración de principios referida al movimiento general de la Historia, de no ser porque es radicalmente falsa. La Historia, tanto natural (biológica) como social, `pocas veces se ha comportado de la forma descrita. Las sociedades viejas no incuban sociedades nuevas. Lo nuevo nunca nace en el seno de lo viejo, más bien en los aledaños. El Imperio Romano no fue derribado. Cayó y fue desplazado. Los cambios sociales relevantes nunca han procedido de los núcleos de los sistemas sino de sus márgenes, tanto estructurales como territoriales. La historia del mundo viviente se percibe del mismo modo. Si logramos descontaminar la historia del mundo viviente  de la embriogenia (el recapitulacionismo haëckeliano) o de la informática genética nos encontraremos ante un mundo zigzagueante, desprogramado, imprevisible, catastrófico y creativo a un mismo tiempo, que da pasos en falso en unas ocasiones, que rellena huecos en otras, siempre tanteando..., en definitiva, ante un mundo desligado por completo de cualquier principio de necesidad universal, de cualquier legalidad organizadora y generadora, de cualquier movimiento de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, en suma, de cualquier dirección encaminada hacia el progreso, con independencia de que esté o no presidida por un plan del sumo hacedor..

La nuclearización de los fenómenos ha sido siempre el gran enemigo de la adecuada comprensión de la Historia. En concreto, la búsqueda de una legalidad histórica, de una racionalidad inmanente a la sucesión de los fenómenos ha sido el gran dogma sobre el que se han articulado las distintas ideologías del progreso: el historicismo, el evolucionismo spenceriano o el materialismo dialéctico. El evolucionismo vulgar, el progresismo y la dialéctica materialista coinciden a la hora de despreciar el papel jugado por los factores aleatorios. Factores estos que han sido, a la postre, los agentes determinantes de las grandes transformaciones biológicas e históricas. Los núcleos, incluídos sus correlativos sistemas de contradicciones, son, a fin de cuentas, conservadores, tienden a la regulación y reajuste del sistema.
  
La Revolución viene a ser la Transgresión social por excelencia. La Revolución no es, como muchas de las otras transgresiones, una Transgresión incorporada a un ciclo de Identidad-Tensión y a otro de Transgresión-Distensión. Los sistemas de Transgresión se constituyen, a fin de cuentas, como soportes necesarios del sistema identitario en su totalidad. Son transgresiones surgidas en un marco de Identidades y, como tales, también identificadas, sujetas en cuanto a su acción y eficacia a un límite temporal o espacial. No son subversivas, son, acaso, relativamente subversivas dentro del tiempo y espacio de eficacia que les ha sido concedido. Aunque justo es reconocer que los sistemas de control identitario nunca son perfectos ni acabados. Algunas transgresiones, como la que se acaba de enunciar en el punto anterior, escapan efectivamente a la capacidad de acción de los controles institucionales aunque su eficacia y capacidad de acción se agota en la generación rebelde.

Existen muchos tópicos asociados al concepto de Revolución, desde los que la conciben como insurrección violenta hasta los que clasifican las revoluciones en burguesas y proletarias. La emergencia de la Revolución como insurrección violenta es solo un epifenómeno asociado  al hecho más decisivo, esto es, la ineficacia de los instrumentos de control político e ideológico por parte de las clases dirigentes añadida a la voluntad de las masas de ocupar los espacios vacantes de dominio y coacción. Por otro lado, el llamado terror revolucionario, el terror jacobino o el terror rojo asoman, más que en el momento propiamente transgresor de la Revolución, en una  fase ulterior, la fase identitaria.

La clasificación de las revoluciones en burguesas y proletarias no hace referencia al momento revolucionario y transgresor propiamente dicho sino a las clases, fracciones de clase, grupos organizados o partidos que acaban haciendo suya la causa revolucionaria, que se apropian del caos en su propio beneficio,  a la par que edifican las nuevas bases identitarias. Hoy día se ha puesto en tela de juicio por un gran número de historiadores la consideración de la Revolución Francesa como una Revolución Burguesa. La Revolución como transgresión sistemática no emerge en todo tipo de sociedades. Las modernas formaciones sociales de base económica capitalista y de estructura política demo-liberal tienen una capacidad inaudita de absorber e integrar la transgresión, más aún, de dosificarla y sectorializarla, de modo que la transgresión total no tiene oportunidad de emerger  globalmente, se evapora antes a través de sus múltiples poros. Sin embargo, aquellos sistemas de dominio fuertemente centralizados, impermeables a la transgresión, absolutistas, autárquicos y autocráticos, se convierten en cierto punto de su historia en caldo de cultivo idóneo para la transgresión y, por tanto, de la Revolución. Cuando el sistema entra en crisis empieza a funcionar por encima de sus límites tolerables, el incremento de la tasa de explotación normal provoca un doble efecto: a medida que la intensidad de los mecanismos represivos se  incrementa, disminuye la eficacia de los sistemas ideológicos. La grieta transgresora se profundiza  


Ninguna Revolución nace con una denominación de origen burguesa o proletaria. Más aún, la tradicional clasificación de las revoluciones en burguesas y proletarias no deja de ser un simple y puro sofisma. La revolución en sí no tiene sujeto o, si lo tiene, este está constituido por masas amorfas, desorganizadas y desestructuradas.   Todas las capas sociales saltan al unísono en un estallido transgresor que se extiende como un reguero de pólvora. Lo que fundamentalmente caracteriza a una Revolución es la actividad febril de las masas. La espina dorsal de los sistemas identitarios, los ejércitos, son los primeros en sucumbir a la oleada revolucionaria. Los soldados desobedecen las órdenes de los oficiales. Las burocracias se disgregan y desarticulan. Los medios de propaganda, prensa y diarios, tampoco están a salvo: los tipógrafos añaden colas con comentarios críticos a las noticias y comentarios de los redactores antes de que estos salgan a la calle.
            
Las revoluciones como tales, dado su carácter de negaciones transgresoras, carecen propiamente de ideología positiva. Su ideología es básicamente negación, negación del orden, negación de la jerarquía, negación de la autoridad. Ante la fuerza de la Revolución ceden todas las barreras. Los múltiples fetiches ideológicos, políticos y económicos bajo los que se escudaba el dominio de las clases dirigentes se desploman. El Poder, el Derecho y el boato se pierden en la nada, de los dioses más temidos y poderosos ahora se burla la muchedumbre. Arden por doquier los archivos y los registros. La política deja de ser dominio exclusivo de las clases dirigentes y burocracias anexas. Todos tienen algo que hacer, que decir, que proponer. Quienes antes estaban dormidos ahora despiertan súbitamente de su largo letargo y, como por arte de magia, recobran la vitalidad que les ha sido expropiada.

Dejo fuera del concepto de Revolución aquellas revueltas de naturaleza religiosa o nacionalista (a las que llamaré Revoluciones de Sustrato Identitario) cuyos  móviles no son precisamente transgresores sino, por el contrario,  profundamente identitarios, que justifican la reivindicación concretamente  en la búsqueda de la identidad perdida o aplastada a manos del adversario imperial. En este grupo quedarían incluidas la llamada Revolución Irlandesa y La Revolución Polaca, todas ellas de índole político-religiosa y, en general, la de los llamados Movimientos de Liberación Nacional del Tercer Mundo. El sustrato identitario es de tal calibre que anula y contrarresta el efecto de la acción transgresora. La diferencia está fuera de toda duda. El campesino que asaltaba el castillo del Señor para destruir sus archivos y derechos feudales durante la Grande Peur  se estaba negando a sí mismo su condición de siervo y al Señor la correlativa de Señor: no pedía reducción del diezmo sino la supresión en todos sus términos de la relación identitaria feudal. No afirmaba identidades, muy por el contrario, negaba y transgredía identidades. Sin embargo, el católico irlandés, en su combate contra el inglés protestante, está reafirmando su condición de católico y de irlandés y por eso precisamente lucha, por la preservación de su identidad nacional y religiosa. Solo cuestiona el dominio y la opresión en la medida en que se trata de un dominio y de una opresión inglesa y protestante.  En el caso de la Revolución Iraní de 1979 contra el Sha el sustrato identitario era de tal calibre que muy pronto relegó la transgresión a la nada, estableciéndose acto seguido un sistema regulado por rígidas instituciones religiosas. 

La Revolución es, lo vuelvo a repetir, la Transgresión social por excelencia. No radica en la eliminación de las Identidades sin más, ni en un arrojarse a un vacío a la búsqueda del mundo de los instintos, sino en la sustitución radical de un sistema de Identidades por otro. Cuando el campo de acción de los sistemas represivos se encajona en sí mismo, cuando su rigidez los hace inmunes e impermeables a sus propias válvulas de escape y cuando los sistemas de distensión y Transgresión relativa se vuelven ineficaces como vacunas del régimen, es que ha llegado el tiempo de la Revolución. Las nuevas Identidades revolucionarias empiezan por destituir y sustituir las viejas Identidades instituidas. Su capacidad transgresora se pone de manifiesto en ese choque radical y visceral con las más sólidas y consagradas instituciones.

¿A quién pertenece la Revolución?

La Historia académica comienza calificando y clasificando las revoluciones. Nuestra época es una época de Revoluciones. Las primeras, revoluciones burguesas, inspiradas en el ideario de las revoluciones inglesa, americana y francesa, otras, las revoluciones obreras, iniciadas en 1848 a lo largo y ancho de toda Europa, cuyos hitos más destacados serían la Comuna de París, la Semana Trágica, la Revolución de Octubre, la Revolución Húngara, China, Cubana ... No parece haber una comprensión adecuada de la Revolución. La Revolución, como fenómeno social poli-transgresor, no es susceptible de ser definido positivamente.  Los factores identitarios subsiguientes son los que han impelido a los historiadores a conferirle una determinación positiva, ya sea burguesa, ya sea proletaria. La Revolución, en puridad, no pertenece a nadie. Sus agentes/efectos son las masas en sí mismas. Clases explotadas, es cierto, pero que en el acto revolucionario pierden su identidad de tales: los huelguistas dejan de ser obreros, los insurrectos dejan de ser soldados, los salteadores de castillos y mansiones dejan de ser campesinos... se niegan como tales en un solo acto, transgreden sus identidades atribuidas para, acto seguido, subvertirlas en lo más profundo. En el camino de la Revolución se pierde la estructura social y la composición social de clases: los soldados y burócratas desobedientes no se alían estratégicamente a nadie, simplemente se niegan a seguir siendo tales. ¿hace alguien la Revolución? Rotundamente no. La Revolución como torbellino producido por una fisura de la estructura, crea esas masas transgresoras que acaban destruyendo y socavando los elementos estructurales del antiguo orden que aún  quedaban en pié. Las masas transgresoras auto-desprovistas de su identidad se mueven por impulsos espontáneos, nunca dirigidos.

A la teoría de la Revolución en sociedad le sería perfectamente aplicable la teoría del caos desarrollada por los físicos, la descomposición de los elementos, pero como entrar aquí ampliaría demasiado el tema, perfiero obviarlo o, mas bien, me conformo con dejar el apunte.


¿Qué significará eso de que "hay que hacer la Revolución"?

La Revolución no es algo que se hace. En todo caso, surge, aparece y se presenta. El estallido transgresor revolucionario nunca está en manos de nadie. Escapa a la voluntad de sus actores, se constituye en epicentro propulsor de energías, convierte a las masas en los principales agentes revolucionarios. Los revolucionarios no hacen la revolución, es la revolución la que hace revolucionarios. Los antiguos conspiradores, ocultos en los sótanos de la clandestinidad, modificarán radicalmente sus destinos así como su protagonismo en la Historia a causa y en virtud de la Revolución

 Anatomía de la Revoluciones

Toda Revolución político-social conoce un tiempo de Transgresión y un tiempo de Identidad. Ambos se presentan superpuestos o de modo consecutivo, según los casos. La era de efervescencia revolucionaria es una era de creatividad y Transgresión sin límites donde todo, absolutamente todo, se pone en tela de juicio y la espontaneidad de las masas se desborda. Durante ese momento no existe la organización ni los cauces, ni la jerarquía, ni la propiedad, ni el ejército, tan solo una explosión incontenida de participación de las masas sin fronteras de ningún tipo. Tal es la importancia del momento de Transgresión en el proceso revolucionario que podemos asegurar que sin Transgresión no hay Revolución. El movimiento de cambio político violento que se desenvuelve dentro de cauces exclusivamente identitarios, llámesele asonada, pronunciamiento, conjura palaciega, golpe de estado militar u ocupación es todo lo que quiera llamársele menos Revolución.


En la Francia Revolucionaria de 1789 se adueñó de las masas una espontaneidad transgresora sin límites. Las instituciones que espontáneamente tendieron a construir las masas  fueron de democracia directa. Pronto la burguesía, ante la posibilidad de que el proceso se le fuera de las manos, empezó a generar sus propios cauces identitarios. El proceso lo describe Albert Soboul de este modo:

La espontaneidad revolucionaria de las masas ciudadanas y rurales sublevadas por la miseria y el complot aristocrático derrocó al Antiguo Régimen desde finales de julio de 1789, destruyó su armazón administrativo, suspendió la percepción del impuesto, municipalizó el país, liberó a las autonomías locales. Se va perfilando el aspecto de un poder popular y de la democracia directa. En París, mientras la Asamblea de Electores en los Estados Generales, por medio de su comité permanente, se apoderaba del poder municipal, los ciudadanos deliberaban y actuaban .en los sesenta distritos constituidos para las elecciones. Pronto pretendieron controlar la municipalidad: ¿no reside la soberanía en el pueblo? Al mismo tiempo que se derribaban las viejas estructuras, por un movimiento de balanceo inherente a toda revolución, surgían instituciones y una práctica política cuyo sentido objetivo no pueden escapársenos: la burguesía se esforzó, desde julio de 1789, por estabilizar la acción revolucionaria, por controlar y derivar en provecho propio el impulso espontáneo de las masas[2]



El carácter burgués de la Revolución Francesa no se encuentra en su origen sino en su impronta, es el cauce y  al mismo tiempo el freno que esta clase tiende a la acción espontánea y transgresora de las masas. Por lo demás, el periodo revolucionario se distingue por la emergencia de una actividad febril de masas sin precedentes en la historia: Clubes, proliferación de múltiples formas de prensa escrita: diarios populares, octavillas, etc, son cientos los órganos y los medios de expresión de las masas, los informes y las ideas fluyen de mano en mano, algo muy lejano a las oligarquías y monopolios informativos que más tarde implantaría esta clase social.

Deserción masiva de los miembros de la tropa, desobediencia a los oficiales. Los antiguos distritos y secciones, que eran mucho más de lo que son las actuales circunscripciones electorales, centros a los que se acude a votar de cuatro en cuatro años, sino lugares de debate, participación y gestión ciudadana. 

 La Comuna de París de 18 de marzo de 1871 fue, tan  transgresora como la Revolución de 1789[3], no había ejército, solo organización del pueblo en armas, sin embargo sus secuelas tuvieron menor trascendencia que esta última. La feroz represión que le puso fin a finales de mayo a manos de la contrarrevolución y del ejército no dió lugar a que se perfilaran tan siquiera las incipientes tendencias identitarias de inspiración blanquista.  



La Revolución Rusa de 1917 se inició con la desarticulación de las estructuras de poder del ejército, consecuencia de la guerra, y con la aparición espontánea de formas de poder paralelas, los Soviets de Campesinos, Soldados y Obreros, donde prevalecía el sistema de adopción de decisiones asambleario. Si se puede hablar de una Revolución en Rusia en el sentido transgresor del término, esta es, por excelencia, la Revolución de Febrero de 1917, descrita elocuentemente por Marc Ferro del siguiente modo:

 Febrero de 1917. Estalla la revolución más violenta de todos los tiempos. En unas semanas la sociedad se deshace de todos sus dirigentes: el monarca y sus hombres de leyes, la policía y los sacerdotes, los propietarios y los funcionarios, los oficiales y los amos. No hay ciudadano que no se sienta libre de decidir en cada momento su conducta y su porvenir. pronto no queda ni uno solo que no tenga en cartera un plan preparado para regenerar el país. Como lo habían anunciado los vates de la revolución, se iniciaba una nueva era en la historia de los hombres.

Surgió entonces, de lo más profundo de todas las Rusias, un inmenso grito de esperanza: en él se mezcla la voz de todos los desdichados
de todos los humillados. Revelaron éstos sus sufrimientos, sus ilusiones, sus sueños. Y, como en una ensoñación, vivieron unos momentos verdaderamente inolvidables.

En Moscú, los trabajadores obligan a sus dueños a aprender las bases del futuro Derecho obrero, en Odesa, los estudiantes dictan a su profesor un nuevo programa de Historia de las civilizaciones; en Petersburgo, los actores se zafaban del director del teatro y elegían el próximo espectáculo; en el ejército, los soldados invitaban al capellán a que asistiera a sus reuniones para que diera un sentido a la vida. Hasta los niños reivindicaron para los menores de catorce años el derecho a aprender boxeo para que los mayores les hicieran caso. Era el mundo al revés.

Cabe imaginar el terror de aquellos que pretendían fundamentar su autoridad en la competencia, el saber, el servicio público, o en el antiguo derecho divino.

Nadie había soñado con una Revolución así. Ni siquiera los sacerdotes de la misma, los  bolcheviques, que se armaron de paciencia, ante la posibilidad de que el pueblo hiciese calaveradas. En marzo, al igual que todos los revolucionarios, Stalin lanzó un llamamiento a la disciplina militar; en junio Kropotkin pedía ponderación. Hacía tiempo que Máximo Gorki se irritaba porque no se volvía al trabajo: Basta de palabras - repetía - Basta de palabras.

Sumamente sorprendido a su regreso a Rusia, Lenin hizo caso omiso a esos socialistas. Ese naufragio le satisfacía; era preciso acabar con la antigua sociedad. En sus Tesis de abril fue uno de los pocos en alentarlo. Hubo de convencer entonces a los miembros de su propio partido de la necesidad de aprovechar el desorden para colocarse a la cabeza de las masas y crear unas nuevas instituciones socio-económicas[4].



La Utopía se hizo realidad. El panorama contrasta sobremanera con el de la Rusia de Stalin, reino de la obediencia y de la sumisión más servil imaginable. No es de extrañar que al  abyecto seminarista georgiano tanto le inquietase la nueva situación creada como para lanzar, junto a otros, llamamientos a la disciplina militar.

El bolchevismo, que hasta entonces había permanecido al margen de la efervescencia revolucionaria de Febrero (al mismo Lenin le cogió desprevenido en su exilio de Ginebra, por lo que se apresuró a tomar en Suiza el famoso tren blindado de Finlandia facilitado por Alemania que le condujera a Petrogrado) al ser la fuerza más organizada y disciplinada bien pronto pudo adueñarse del caos en su propio beneficio, asumiendo el cometido histórico de implantar una fuerte Identidad al proceso revolucionario, acorde con la ideología leninista, cuyas líneas fundamentales pasaban por una patológica desconfianza en la espontaneidad de las masas así como por la idea fija de que la Revolución solo podía ser capitaneada por una vanguardia burocrática (de revolucionarios profesionales, toda una contraditio in adiecto) monopolizadora del espíritu obrero. Lógicamente, los Soviets siguieron llamándose Soviets pero dejaron de ser realmente Soviets, a la par que se pedía que todo el poder se depositase en los Soviets el poder efectivo de los mismos iba menguando. 

Asombra por su ingenuidad transgresora la Revolución Mejicana de 1910-1917. En primera línea se colocarían transgresores natos: proscritos, forajidos y bandidos sin formación intelectual alguna. Villa, un peón analfabeto de Durango que huyó a la Sierra por defender a su hermana de los abusos del cacique. Zapata, peón indio de Morelos igualmente analfabeto. No, decididamente no eran revolucionarios profesionales sino hombres sencillos que en un contexto determinado hacen suya la causa de los peones y enfundan las armas contra los opresores. Carecen de conocimientos militares y de la más mínima noción de organización, sus himnos revolucionarios son famosos corridos populares mejicanos (ni La Internacional ni la Marsellesa, sino Si Adelita se fuera con otro...), algo realmente asombroso. Son hombres desconectados por completo de las tradiciones revolucionarias europeas, ya fueran la marxista o la anarquista. Su intervención fue siempre visceral, apasionada y ruda, cruel y sanguinaria en ocasiones, aunque siempre ingenua y sincera. No ansiaban el poder, así se lo confesaría Villa a John Reed. La ausencia de sed de poder será algo que los distinguirá diametralmente de los revolucionarios rusos.  Sin embargo, y ese es el ejemplo de Zapata, no dudaron en coger de nuevo las armas si las expectativas políticas del gobierno impuesto por su insurrección les defraudaba.

En la Revolución Española de 19 de Julio de 1936 la Transgresión fue capitaneada por el movimiento anarquista. La organización del ejército regular fue sustituida por  milicias sin mandos, sin capitanes ni generales, se persiguieron incesantemente todos los vestigios del antiguo orden, los mecanismos generadores de jerarquías y privilegios, personificados en los oligarcas, la burocracia y fundamentalmente en el clero, se desarticuló el sistema de propiedad privada, se colectivizaron las tierras y las fábricas y los mismos cauces institucionales del gobierno republicano quedaron anulados. El estalinismo se encargaría más tarde de implantar e imponer por la fuerza la Identidad en el bando republicano. El dilema del bando perdedor de la Guerra Civil Española escoró entre la eficiencia de un sistema militar fuertemente jerárquico e identitario similar al del bando fascista y un sistema militar fuertemente transgresor, de nula eficacia y eficiencia militar, sin mandos jerárquicos, sin decisiones centralizadas, todas a discutir y deliberar en el seno de las propias milicias. No cabe aquí plantear quien tenía razón y quien no la tenía. Los republicanos, los socialistas moderados y los comunistas solo pensaron en ganar la guerra al fascismo. Los anarquistas de la CNT y sus aliados del POUM estimaron que la prioridad era la Revolución. Sin embargo, la Revolución, exigida de inmediato por unos y postergada a la principal prioridad del logro de un objetivo militar por otros, no era una opción planificable. La Revolución no era algo sobre lo que se pudiera decidir cómo hacer, preparar o planificar, dado que en su base misma radicaba su emergencia espontánea, consecuencia de un proceso general de disgregación y desintegración de las estructuras de poder institucional político y económico. El estallido de una energía transgresora indómita, la sucesión de los acontecimientos a una velocidad vertiginosa que pudiera multiplicar por cien o por mil la de los periodos de normalidad, eran aspectos que estaban en la esencia misma del proceso revolucionario. En realidad nadie supo aprovechar la ocasión y el contexto revolucionario, que estaba ahí, con independencia de las prioridades de unos y otros, nadie supo poner en marcha la energía revolucionaria de las masas, la misma que expulsó al invasor francés tras la Guerra de la Independencia, la misma que derribó a los déspotas más consolidados y mejor armados: Luis XVI, Nicolás II, Somoza, Batista, Reza Pahlevi,  


La llamada Revolución China de 1949 nunca fue tal Revolución. En todo caso fue el resultado de la victoria militar de un bando sobre otro, el del ejército de los comunistas de Mao Tse Tung contra el Kuomintang de Chang Kaichek, en el contexto de una guerra civil interrumpida y luego reanudada tras la invasión japonesa. Sin embargo, sí reviste los caracteres de tal la capitaneada por Sun Yat Sen en los años 20.
           

Dialéctica de la Revolución: Qué es la Revolución y qué no es la Revolución

Hemos visto, a propósito de la Revolución, cómo ésta se constituye históricamente como un momento de Transgresión sin límites. Sin embargo, la viabilidad revolucionaria se encuentra directamente supeditada a la génesis de nuevos cauces identitarios. Casi siempre las energías desbocadas y expansivas, de no hallar un conducto bajo el que reproducirse y regenerarse, se agotan en esa explosión inicial, son fácilmente neutralizadas y reabsorbidas por el entorno. Casi siempre acaba imponiéndose de uno u otro modo el segundo principio de la termodinámica. En cualquier caso, asimilado o no, se puede decir que el estallido siempre tiene consecuencias sobre el entorno. El Mayo Francés se podría semejar al estruendo que se produce al destapar una botella de Champagne: mucho ruido del tapón al explotar, mucha espuma, aunque desvanecido al instante.  A fin de cuentas no les ha faltado razón a quienes han querido buscar un sujeto revolucionario constante, perdurable y duradero, capaz de mantener viva de forma constante la llama revolucionaria. Con el fin de dotar al movimiento revolucionario de la consistencia y permanencia necesaria se ha llegado a formular la metáfora del encendido de un motor de explosión: el movimiento transgresor intelectual representaría la chispa que enciende el motor, el movimiento obrero, el movimiento continuo de ese motor una vez puesto en marcha.

En cuanto a las revoluciones triunfantes, destacar que pronto se impone la Identidad, ya se trate de una Identidad renovada y alternativa, ya se trate de una Identidad con elementos prestados del pasado. La subsistencia y viabilidad futura del proceso, a fin de cuentas, solo puede garantizarla un sistema de Identidades. Y esa es la tragedia de toda Revolución. El espontaneísmo transgresor se agota en sus propios límites, tampoco existe la Transgresión de la Transgresión. Quienes en los años sesenta creyeron ver en la Revolución Cultural China una Revolución de la Revolución se desengañarían años más tarde de las falsas apariencias. En la Revolución Cultural China no hubo Transgresión alguna, tan solo lucha por el poder entre facciones rivales de la burocracia gobernante y un ajuste de cuentas burocrático a la sección perdedora disfrazado del populismo más fanático y mesiánico imaginable. La estampa callejera de la llamada Revolución Cultural China era la de la humillación de antiguos dirigentes del PCCH caídos en desgracia, ataviados de un gorro de papel y de un cartel en el que rezaba su acusación de revisionistas, hostigados sin piedad por los adolescentes y fanáticos Guardias Rojos, de modo no muy distinto a como siglos antes hiciera la Inquisición cuando mostraba en público a los condenados a llevar el sambenito. Y en esta fiebre inquisitorial no había nada que detuviera a los Guardias Rojos, hasta el punto de llegar a denunciar el efecto nocivo que pudieron tener determinados alimentos (similar al de las pócimas y los bebedizos medievales) lo suficiente como para transformar a los antiguos comunistas en revisionistas declarados (se conoce el caso  de un cocinero que fue por ello encarcelado).  La Revolución Cultural fue, a fin de cuentas, un proceso de centralización del poder y, de camino, de identitarización de toda la población. Al fin y al cabo, fue el equivalente chino de las purgas stalinistas de los años treinta.

La viabilidad de la Revolución que persevera en la Transgresión y que no construye instrumentos identitarios alternativos es, por lo demás, prácticamente nula.


El Marxismo: Teoría Transgresora y Práctica Identitaria

Un aspecto a destacar de las Revoluciones gira en torno a las teorías sobre la Revolución y la nueva sociedad venidera. Frente a las formulaciones de los Socialistas Utópicos, fuertemente identitarias por cuanto que se limitan a la proyección de una sociedad futura repleta de determinaciones y de contenidos, destaca la inconcreción e indeterminación de la formulación marxista. Su superioridad respecto de los socialismos utópicos no radica en su autodefinición en tanto que Socialismo Científico, sino en su fuerte componente transgresor, radicalmente inidentitario en el plano teórico. Marx se limita a establecer una única determinación negativa, la de las formas y relaciones de producción burguesas como aprisionadoras de la energía social. Ni quiere ni se atreve a definir la sociedad futura ni a entrar en la determinación de sus contenidos y la verdad es que sus escasas incursiones en ese asunto son ciertamente desafortunadas.  Veamoslas:

Consideró al trabajo, libre de sus formas capitalistas, como una fuerza transgresora fuente de la liberación futura, aun cuando el trabajo es, antes que nada, la primera fuente histórica de represión social y cultural con independencia de su forma capitalista. En este punto Lafargue y Kropotkin lo superarían con creces, sobre todo cuando el primmero apostó por la pereza.

La práctica revolucionaria marxista ha sido en esencia, como acabo de afirmar, una práctica que ha acarreado unos efectos identitarios más rígidos aún que los destronados por esta última. El identitarismo de los regímenes de inspiración soviética ha alcanzado a todas las esferas de la producción social. En el arte se impuso como obligatoria una escuela tan identitaria que su mismo nombre lo indica: el realismo socialista, de unas posibilidades creativas que se agotaban en sus propios límites: cuando no se trataba de la pura apología al tirano, al régimen y a sus símbolos, había que representar tan falsas (más bien surrealistas) como idílicas escenas de trabajadores felices, de campesinos relucientes, etc.  La música, aunque no parezca posible, también fue controlada, todo lo que no fueran himnos gloriosos era perseguido, los pinitos vanguardistas de ciertos compositores eran estigmatizados. Sergei Prokofiev tuvo que cambiar su estilo tras su Tercera Sinfonía, Dimitri Shostakovich hubo que adornar su Quinta Sinfonía de himnos y fanfarrias militares para así agradar a Stalin, Stravinsky jamás pudo regresar a Rusia. El cine era rigurosamente inspeccionado. Si S. M. Eisenstein, el mejor cineasta de todos los tiempos, hiciera una apología de Stalin en sus películas Alexander Nevski (retirada de las carteleras tras la firma del Pacto Germano-Soviético de 1939 y nuevamente repuesta tras la Operación Barbarroja ...¡todo al servicio de las componendas políticas del aparato! ) e Ivan El Terrible, más tarde dibujaría una sarcástica caricatura del dictador en la segunda parte de esta última, La Conjura de los Boyardos (donde recurre al color para pintar a un tirano tan cruel y degenerado como borrachín), algo que jamás  se lo perdonaría Stalin. Lógicamente, cayó en desgracia. Más tarde emigraría a Hollywood, donde encontró otro tipo de censura igualmente despiadada.

Las causas próximas de la paranoia stalinista podemos hallarlas en las primeras consecuencias de la Revolución: la Guerra Civil y la intervención extranjera que impuso el comunismo de guerra y la abolición sistemática de todo tipo de oposición. Lo que se produjo a finales de los años veinte y durante la década de los años treinta fue un paulatino proceso de institucionalización del Partido que trajo consigo la práctica aniquilación de las corrientes ideológicas internas, dotándose de unas estructuras identitarias cada vez más similares a las de un ejército o una burocracia.

Por paradójico que nos pudiera parecer, la Guerra Fría y el Bloqueo han favorecido enormemente a los regímenes estalinistas. El anti-americanismo ha sido siempre el gran parapeto de la URSS, por cuanto que todo lo que se dijera de lo que allí ocurría aparecía, a los ojos de los militantes de izquierdas occidentales, como una falsedad y una invención urdida por los aparatos de propaganda ideológica yanquis. La aversión al capitalismo y al imperialismo creó el efecto de una lente deformante que hacía que se aceptaran con la mayor benevolencia los más terribles desmanes del sistema estalinista.  Las apariencias hacían ver que los problemas derivados de la falta de abastecimiento de la población fueran más bien consecuencia de la Guerra Fría, de la necesidad de acelerar el proceso de industrialización y desarrollar las fuerzas productivas en países fundamentalmente agrarios y feudales en el momento de triunfar la Revolución, del boicot occidental, etc,  que de la propia irracionalidad e inercia burocrática de dichos sistemas. Asegurar esto último equivalía a convertirse automáticamente en un lacayo del Imperialismo. Sin embargo, a la vista está que el final de la Guerra Fría fue también el final del estalinismo ¿una simple coincidencia?. 

La Revolución como elemento de análisis socialmente identificable o la sujeción de la Revolución a las leyes de la certidumbre 

       
1) La identificación del sujeto revolucionario. La Revolución exigía equiparse de la máxima certeza o, lo que viene a ser lo mismo, de la máxima Identidad. El marxismo clásico desconfía de las clases no estructuradas, no articuladas orgánicamente por intereses comunes, ya sea por una misma forma de vida como por una experiencia común, como lo pudiera ser el campesinado o la pequeña burguesía. Necesita de una clase con potencia organizativa, dotada de la suficiente capacidad organizativa y auto-organizativa (en la lucha diaria) como para hallarse en plena disposición de ocupar disciplinadamente el poder y construir el nuevo orden. El proceso de identificación sigue adelante: no todas las clases trabajadoras o asalariadas coinciden con el proletariado revolucionario, núcleo bajo cuya dirección han de aglutinarse las restantes clases no burguesas. La clase asalariada productiva, ligada a la producción de mercancías, directamente explotada por el capital, sería la base de la revolución. Los intelectuales solo podrían ser revolucionarios a condición de reconocer el papel dirigente de la clase obrera. Lo curioso es que este catecismo que versa sobre el papel y la función de los trabajadores en el proceso revolucionario no ha sido elaborado por proletarios precisamente. Mas aún, quienes luego han ocupado puestos de responsabilidad, los revolucionarios profesionales, siempre han sido intelectuales de extracción burguesa o pequeño burguesa.  



2) La teoría de la Importación del Marxismo al Movimiento Obrero (Kautski-Lenin). El pensamiento revolucionario marxista no podía surgir por generación espontánea del seno de la clase obrera. O sea, la clase revolucionaria no podía ser una clase tan revolucionaria desde el mismo momento en que desde su interior no podía surgir ninguna teoría revolucionaria. Por eso mismo, los revolucionarios profesionales, de extracción pequeño-burguesa, ya lo he dicho antes, a fin de que el proletariado no se contaminara de ideología burguesa habían de anticiparse, inyectándole elevadas dosis de esa ideología no burguesa que había surgido en el campo de la producción teórica de intelectuales de extracción burguesa. El planteamiento parece absurdo (y es que en realidad lo es), y es que reproduce fidedignamente las bases de la escatología leninista. Lenin no creía ni un ápice en la capacidad transgresora espontánea de la clase obrera o, dicho en otras palabras, en la condición revolucionaria de los trabajadores. Desconfiaba por principio de sus instintos sindicalistas y tradeunionistas . Y lo cierto es que tenía razón. La clase obrera, como cualquier otra clase, se comporta como clase transgresora en condiciones y circunstancias muy concretas y determinadas y no porque se lo dicte su naturaleza de clase. Por tal motivo quiere efectuar una operación de acoplamiento: unir la teoría política revolucionaria marxista a las energías de la clase obrera. Al fin y al cabo, el carácter organizado y ordenado de esta clase dará a la Revolución la dirección deseada, siempre controlada, siempre dirigida, siempre encauzada..

3) La Dictadura del Proletariado y el Estado de Transición. El realismo identitario marxista-leninista no podía perder de vista el Estado. De este modo, la Transgresión revolucionaria acababa limitándose a la toma del Estado. De camino se cercenarían todas las posibilidades de creación de nuevos contenidos políticos, de constitución de estructuras abiertas y flexibles de participación y decisión. La cuestión del Estado y de la Dictadura del Proletariado se plantea en torno a un argumento la mar de simple: a) todo Estado es una estructura de dominio al servicio de la clase dominante. b) el Estado burgués no es otra cosa que la Dictadura de la Burguesía. c) la clase obrera, dando la vuelta a la tortilla, se constituirá en clase dominante, pero esta vez como la clase que al negar  a todas las demás clases, establecería un Estado de Transición encaminado a la abolición de todo tipo de Estado y de todas las formas políticas de dominación, a sentar las bases materiales del comunismo y bla, bla, bla. ¿Qué sucedió al final? El proletariado quedó relegado en la práctica de los llamados Estados Socialistas Realmente Existentes a la categoría de mera invocación metafísica, de título mitológico de legitimación última, de significación imaginaria sobre la  que descansaba dicho sistema de dominación, con el mismo valor que pudiera tener la invocación a Dios hecha por para las teocracias Talibanes y Chiitas, a  la Patria hecha por los fascistas o a la Soberanía Nacional o Al Pueblo hecha por los Estados Burgueses Demo-liberales.

4) La Revolución vista como fenómeno a dirigir y controlar. La Revolución reviste los caracteres de una meta, de un fin en el que se han empeñado ingentes esfuerzos y luchas políticas. Supone la culminación y consecuencia necesaria de la lucha de clases. Un fin inevitable al que inevitablemente aboca y converge toda la historia de la humanidad capitalista. Está escrito. En las entrañas del modo de producción capitalista se forja una contradicción irresoluble uno de cuyos términos lo ocupa un sistema que, como hijo legítimo suyo, el socialismo, pondrá fin de una vez por todas a todos los sistemas de contradicciones propios de esta sociedad, a las tendencias belicosas y fratricidas, a su contínuo surgir y resurgir del caos (las crisis cíclicas) tan característico de este régimen. Ha llegado por fin la hora de poner orden en la Historia, de escribirla con trazos firmes, sin renglones torcidos, ha llegado la hora del socialismo. Dentro de esa maraña una clase social, la de los oprimidos sin patria y sin historia, descollará pronto en el devenir histórico. La partera del nuevo orden social está preparada, la ha preparado el mismo capitalismo para asumir su tarea histórica, no tiene nada que perder, solo sus cadenas y, cual Mesías Redentor, se liberará a sí misma y de paso al resto de la humanidad de la opresión clasista. La Revolución tiene sus propios preparadores que, encuadrados en el Partido de Vanguardia del Proletariado, esperan pacientemente el momento, y mientras tanto conciencian a los trabajadores sobre cual es (o más bien, cual ha de ser) su verdadera conciencia, luchando implacablemente contra su aburguesamiento  La idea de que determinadas clases se aburguesan en el sentido de que hacen propios los intereses de la burguesía es, por lo demás, bastante ramplona y nos retrotrae a la manida noción de clase en sentido subjetivo. 

Teleología y práctica política

Y llegó la Revolución. La clase obrera habrá de permanecer a salvo de los instintos pequeñoburgueses, de su inestable diletantismo y con mano firme y decidida habrá de dirigir el proceso en alianza con los campesinos, intelectuales, etcétera, etcétera, etcétera. La primera fase será, ya lo explicó el maestro Marx en la Crítica del Programa de Gotha, la socialista donde prima el principio a cada cual según su trabajo. La organización administrativa será la estrictamente necesaria para mantener a raya al enemigo de clase para limitarse más tarde sola y exclusivamente a la administración de cosas (Engels). Se suprimirá tanto la explotación del hombre por el hombre como la plusvalía absoluta y relativa (el stajanovismo pondría de manifiesto precisamente todo lo contrario) . En todo este esquema, aún con independencia de los resultados antagónicos arrojados por la práctica stalinista, podemos advertir un claro trasfondo: la necesidad de dirigir y controlar racionalmente todo este proceso de evolución científica hacia la utopía, hacia la Transgresión final. Para ello se señalan convenientemente fases y etapas. Los maestros del marxismo criticaron ásperamente la ingenuidad de los anarquistas puesto que, según su punto de vista, el Estado no era algo que pudiera desaparecer de la noche a la mañana, que requería atravesar un proceso de extinción (lo más curioso es que la izquierda comunista o socialdemócrata de este siglo no se han distinguido precisamente por apuntar hacia la supresión paulatina del Estado sino más bien hacia todo lo contrario; los primeros, incorporando a toda la sociedad a una estructura estatal piramidal, los segundos, saturando de competencias al Estado burgués hasta el límite de sus posibilidades fiscales), proceso que, por lo demás, se encuentra cada vez más lejos. Los reductores del Estado de hoy son precisamente los enemigos jurados del socialismo, los liberales que postulan la reducción del Estado a sus funciones mínimas, las estrictamente represivas, que no quieren oír ni hablar de impuestos que graven el capital o las rentas como medio de equilibrar la balanza social y mucho menos de empresas públicas o estatales, o de servicios públicos de transporte, abastecimiento, carreteras, ferrocarriles, etc, financiados con capital estatal.

La Revolución como transgresión social incierta e imprevisible  

Aún así la Transgresión revolucionaria existe y subsiste, muy a pesar de sus domesticadores (identitarizadores) . Lo que sucede es que marcha por derroteros muy distintos a los previstos pues, como toda Transgresión, se presenta casi siempre de forma sorprendente e inesperada, imposible (afortunadamente) de planificar con antelación. No puede estar precedida de profetas ni organizadores ni Partidos de Vanguardia puntas de lanza que la puedan encauzar, enderezar o sujetarla a un sistema de Identidades. Muy por el contrario de lo que dijera Lenin, sin teoría revolucionaria sí hay práctica revolucionaria. 

La Revolución no es coto privado de revolucionarios profesionales, sino un dominio de Transgresión social sistemática, de auto-organización espontánea, innovadora y creativa a un mismo tiempo, caracterizada por un retroceso de las instituciones tradicionales. La Revolución nunca se ha planteado a sí misma presentarse como la culminación de una etapa, ni como el inicio de otra nueva, ni tampoco como el inevitable desenlace de una situación dada dictada por  esa pretendida Ley del Progreso Histórico saturado de connotaciones animistas al que tanto culto se le rindió durante el siglo XIX, sino más que nada como una Transgresión  a un sistema de Identidades agotado históricamente dada su incapacidad de absorber e integrar en sí mismo la Transgresión, cuya persistencia identitaria le ha obligado a taponar sus propias válvulas de escape generando una saturación y rigidez represiva imposible de mantener a largo plazo. Tampoco hay Ley alguna en virtud de la cual podamos suponer que el agotamiento histórico de un sistema determinado sea inevitable o una simple cuestión de tiempo. Un mismo sistema puede sobrevivir indefinidamente siempre y cuando se muestre capaz de adaptarse, de ajustar y lubricar sus piezas (espero se me perdonen las analogías mecánicas) así como de mantener los cauces de Transgresión a pleno rendimiento en situación de equilibrio con sus conductos represivos. La fatalidad se producirá en el momento en que la Identidad se superponga a la Transgresión hasta el punto de ahogarla: una Transgresión sin salida amenaza con acumularse, estallar y hacer volar el sistema en mil pedazos. Por otra parte, ninguna teoría de la contradicción se encuentra en las mismas condiciones que esta de la Identidad y Transgresión como para pronosticar un desenlace inevitable de determinada situación a corto o largo plazo.

Los sistemas situados en la frontera del caos pronto entran en ebullición (la imagen del agua que empieza a hervir en el cazo pude servirnos a título ilustrativo como el límite caótico que anuncia el tránsito de un estado físico a otro) y fruto de esa efervescencia es la creatividad que caracteriza a toda época revolucionaria, donde hasta el último eslabón de la sociedad se involucra de lleno en ese proceso.

Reforma y/o Revolución

Los dilemas o paradigmas que escoran entre la Reforma o la Revolución, entre la Reforma o la Ruptura, se inscriben precisamente en este contexto de Identidad y Transgresión. Los revolucionarios y los rupturistas temen a los reformistas y, en coherencia con ello, aseguran que emprender reformas de un sistema caducado históricamente es la única forma de asegurar su futura viabilidad. Se trataría, en suma, de cambiar para que nada cambie, lo cual no deja de ser más que una verdad a medias. Si lo que se presencia es realmente un sistema caduco es que ha agotado todas sus posibilidades históricas, inclusive las de su propia reforma. Pero reformar no tiene porqué coincidir con preservar. Un sistema antiguo puede cambiar sus elementos usados por otros nuevos sin que ello afecte para nada a su estructura. En tal caso sí nos hallaríamos ante un sistema de cambios (y recambios) netamente conservadores. Cabe igualmente la posibilidad de que su sistema inmunológico rechace de plano la incorporación de nuevos elementos y que ello lleve consigo un proceso de aniquilación recíproca. Pero también puede ocurrir que desde el mismo momento en que se incorporen elementos nuevos a una estructura antigua estos no tengan porqué intervenir como agentes equilibradores de la antigua estructura, pudiendo sus efectos ser tan distorsionantes sobre la totalidad del sistema que contribuyan al deterioro de sus mecanismos básicos, pudiendo incluso obligar a un reajuste de piezas en cadena que culmine con ese denostado cambio revolucionario que al principio se pensó evitar. Y es que el maximalismo puede traicionarse a sí mismo, lograr efectos contrarios a los perseguidos, estimular al máximo los mecanismos conservadores, identitarios y represivos del sistema.

Fenomenología de la Revolución: expansión transgresora y contracción y consecutiva expansión identitaria  

Para terminar, referirme a la Tragedia de toda Revolución. Una vez que ha estallado en todo su esplendor una energía transgresora indómita, esta energía se vuelve contra sí misma. En otras palabras, la imagen que ha evocado la Revolución Francesa, que no es otra que la del dios  Saturno que, por miedo a ser destronado, acabó devorando a sus propios hijos. Hombres como Danton, Desmoulins,  Hèbert, Robespierre y Saint Just o Trotsky, Bujarin, Kamenev o Zinoviev  no pudieron imaginar que acabarían sucumbiendo bajo las garras represivas de aquel nuevo orden en cuya construcción empeñaron todas sus energías, que a medida que iban haciendo la Revolución se iban cavando su propia tumba. La Historia de las Revoluciones se halla sembrada de los destinos trágicos de sus propios artífices a manos de sí mismas. Pero la espiral identitaria post-revolucionaria acaba cerrándose incluso para aquellos que empezaron a sujetar a la Revolución a cauces identitarios estrictos. Ahí tenemos a Maximiliano Robespierre, depurador de revolucionarios impuros y poco virtuosos (del moderado Danton, del radical Hèbert), caído bajo la guillotina, ahí tenemos a León Trotsky, fundador del Ejército Rojo, artífice del Comunismo de Guerra y de las primeras medidas represivas del Estado Soviético, caído precisamente bajo el piolet clavado en su nuca a manos de un mercenario estalinista, a Nicolai Bujarin que antes de morir ejecutado en las purgas de 1936 hace toda una declaración de principios de sus convicciones comunistas . 

La imagen evoca la de la construcción de las antiguas pirámides egipcias donde los arquitectos que las diseñaron y esclavos que las levantaron habían de perecer en su interior una vez que estas fueran selladas con vistas a hacerlas inexpugnables e inaccesibles, evitando así el riesgo de que algún día se pudiera conocer el secreto de sus pasadizos y laberintos. La contracción identitaria, rodeada de purgas y ejecuciones en masa de revolucionarios comprometidos, peligrosos focos de transgresión, inicia un proceso que culmina en un periodo de expansión identitaria, su fase imperial propiamente dicha. Dicha fase se escenifica como un cúmulo de requerimientos institucionales, militares y burocráticos, accionados bajo un principio piramidal de  unidad y centralización estricta del poder, el culto a la personalidad de quien se sitúe en su cúspide si es preciso. Napoleón Bonaparte en Francia, José V. Stalin en la URSS... ¿realmente, traicionaron la Revolución o, por el contrario, culminaron el proceso hasta sus últimas consecuencias?  Para la Historia no valen los mismos juicios de valor que para el doctrinario militante.  Lógicamente, los beneficiarios del proceso ven o les interesa ver siempre lo segundo. Los represaliados no pueden participar del mismo punto de vista. Solo se puede obtener una única conclusión: nadie se encuentra en condiciones de hacer suyas las esencias primigenias del momento revolucionario.

En Francia hay una Revolución-1 , que es la que se inicia tras la Convocatoria de los Estados Generales y culmina tras la Toma de la Bastilla en 1789 y una Revolución-2 que coincide con la fase del Terror, la reacción termidoriana y la expansión identitaria imperial. En Rusia hay una Revolución-1, la Revolución de Febrero, donde se inicia una transgresión desde  abajo sin precedentes, y la Revolución-2, la que supone la toma por Lenin y los Bolcheviques del Palacio de Invierno, que no fue una Revolución propiamente dicha sino un golpe de mano por el que se aprovechaba en beneficio propio el caos reinante (el Partido Bolchevique, por lo demás, no sumaba más de 23.000 efectivos).

Y es que las Revoluciones-Transgresiones desbordan por su magnitud las previsiones y expectativas de los mismos revolucionarios que, por temor a la contra-revolución o por cualquier otro motivo, casi siempre intervienen históricamente como bomberos de la llama revolucionaria. Por paradójico que nos pudiera parecer, los revolucionarios son siempre los primeros contra-revolucionarios; detestan el caos, quieren orden (por muy nuevo que sea) a toda costa, llaman a la cordura, intentan como pueden domesticar la acción de las masas, pues, en el fondo, desconfían profundamente de una espontaneidad transgresora ilimitada que pueda desbordar sus previsiones identitarias. 

Los revolucionarios se pasan la vida entre el hastío y el aburrimiento teorizando sobre las condiciones de la esperada Revolución y cuando esta se presenta les coge totalmente desprevenidos, sus teorizaciones se quedan pequeñas ante la magnitud del terremoto revolucionario, ante la manifestación palpable de una capacidad ilimitada de transgresión popular. Los bolcheviques, contrariamente a lo que comúnmente se cree, nunca supieron estar a la altura de los acontecimientos de la Revolución de Febrero, siempre fueron a la zaga, incluso la constitución de un poder paralelo fue tarea exclusiva de las masas sin que mediasen organizaciones políticas de ningún tipo. Las peticiones contenidas en los llamados “Cuadernos de la Revolución” superaban, con mucho, el programa mínimo bolchevique. De los mencheviques para qué hablar, se encerraron en absurdas y estúpidas teorizaciones teológicas sobre el día propicio (el desarrollo de las fuerzas productivas y la inmadurez de la sociedad rusa no la hacía a Rusia apta para la revolución por mucho que la revolución la tuvieran allí, frente a sus propias narices)  La anarquía  asusta, incluso a aquellos revolucionarios que se declaran a sí mismos anarquistas (ya vimos como Kropotkin llamaba a la ponderación tras los sucesos de febrero).

La Revolución Permanente, la Revolución que se revoluciona a sí misma, contemplada sobre el papel, siempre acaba ahogándose en la práctica. Los revolucionarios, a la vez que dan cauce a determinadas tendencias nacidas del torbellino revolucionario, estrangulan las restantes. La Francia Revolucionaria, al mismo tiempo que suprimía el diezmo, reprimía otras revueltas campesinas que amenazaban con desbordar el control de los acontecimientos.

El bandolero y el Revolucionario   


El momento revolucionario hace confluir en un solo acto el compendio de transgresiones sociales existentes, su color se hace difuso, hasta el punto de hacer perder de vista la perspectiva de la identidad del transgresor. El bandolero, el proscrito y el forajido, delincuentes de derecho común, se mezcla con el revolucionario político, a veces es casi imposible distinguirlos, su meta es la misma, la transgresión del orden existente, la aniquilación de los cauces identitarios, de las instituciones políticas y económicas. El revolucionario no cree en la propiedad privada,
el bandolero ni siquiera se plantea su fe o falta de fe en tal institución, se limita a practicar esa falta de respeto, ambos huyen de la misma policía, van a parar a las mismas cárceles y se les coloca ante los mismos pelotones de ejecución. Para el revolucionario la transgresión es su meta final, para el forajido es, simplemente, su medio de existencia. Pese a todo ello, el Revolucionario sabe muy bien que el forajido no es ni mucho menos un liberador, es, más bien,  un opresor en potencia, un vándalo social que no produce riquezas, su instinto las parasita como cualquier otro explotador. Por todo ello, lo que cabe destacar, más que su confluencia subjetiva su coincidencia objetiva en aquellos torbellinos transgresores que son los fenómenos revolucionarios. Durante la Revolución Francesa la época llamada La Grande Peur estuvo dominada por la confluencia de salteadores y de campesinos en la invasión de castillos y mansiones feudales, en el saqueo de sus riquezas. Doroteo Arango, mas conocido como Pancho Villa, encarna en su biografía sus dos facetas, la de bandolero y la de activista revolucionario o lo que Eric Hobsbawm llamaría bandolero social. Se puede consultar la obra Bandidos de Eric Hobsbawm y también Rebeldes Primitivos del mismo autor.

Revolución y desorganización

A la Revolución, que en esencia es desorganización, Lenin quiso imprimirle una férrea organización.  Para Lenin el caos solo era valedero en la medida en que se convirtiera en caldo propicio de sus objetivos, por lo demás, lo detestaba profundamente.

Dentro del campo del pensamiento revolucionario marxista destaca como transgresora de transgresores y hereje de herejes Rosa Luxemburgo. Mientras los marxistas contemporáneos se limitaban a rumiar los textos sagrados, Rosa Luxemburgo tuvo la osadía de criticar en materia económica al mismísimo Maestro, a Karl Marx. Fué incómoda para los ortodoxos centristas de la socialdemocracia alemana, más aún para su ala derecha pero también lo fue para los bolcheviques. Criticó implacablemente el ultra-centralismo organizativo defendido por Lenin así como aquellas virtudes obreras que el revolucionario ruso exaltaba como procedentes de la organización fabril (la férrea disciplina, el instinto organizador, etc..[5]). 

Para Luxemburgo, el modelo de obrero disciplinado en el que creía Lenin era el de un esclavo, el de un amasijo de carne con pies y brazos trabajando ordenadamente para consumo del capitalista[6], de modo que la propuesta de Lenin equivalía a sustituir el látigo del capital por el de la socialdemocracia, pervertir en su misma base la función de las organizaciones obreras como depositarias de la voluntad de liberación. De la Revolución Rusa critica sus aspectos más negativos, haciendo hincapié en la incoherencia en que incurrieron los bolcheviques a la hora de conceder el derecho a la autodeterminación de las naciones al mismo tiempo que se la negaban a la propia Rusia con la disolución de esa efímera Asamblea Constituyente que por no tener mayoría bolchevique (y eso que el nombre que se dió a sí misma esa fracción significa paradójicamente la mayoría)  duró unas horas, del mismo modo considera que el veredicto sobre la caducidad histórica de las instituciones demo-liberales no corresponde emitirlo a los dirigentes bolcheviques sino a la propia historia, en la medida en que pueden ser o no un cauce vital de la actividad de las masas, en que puedan o no ser superadas por las organizaciones obreras propiamente dichas, los Soviets. 

Luxemburgo valoraba en alto grado el espontaneísmo revolucionario pero también rechazaba el mimetismo. Se opuso a la insurrección espartaquista, sabía que la situación alemana no reproducía los acontecimientos del febrero ruso de 1917, donde la reacción había quedado reducida prácticamente a la nada en virtud de un movimiento revolucionario de desobediencia civil generalizado. Sabía que, pese a los aislados focos de transgresión aparecidos a lo largo de la Alemania de posguerra, la contra-revolución mantenía firmemente sus bazas, y que los herederos del militarismo prusiano eran ahora sus antiguos socios de partido, cuya villanía comenzó con el apoyo a la guerra y culminó con el control de los resortes de la represión, eran  Noske, al frente de sus Freikorps, Scheidemann, y compañía. Más por pura honestidad política para con sus camaradas que por razones tácticas o estratégicas se sumó a un movimiento que sabía de antemano que iba a ser derrotado y eso le costó la vida y ser arrojada al río Spree.   






[1]Karl Marx: Contribución a la Crítica de la EconomíaPolítica, Prefacio de 1859. Págs. 42, 43 y 44. Alberto Corazón Editor. Madrid, 1978
[2]Albert Soboul: La Revolución Francesa. Págs. 43-44. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1987.
[3]Sin embargo, el entusiasmo que siente Marx por su sistema político de delegados electos por sufragio universal, por muy revocables que fueran y por muy obreros que fuese su condición, lo hace presa del identitarismo democratista burgués. Véase Karl Marx: La Guerra Civil enFrancia. Ricardo Aguilera Editor, 1971, Madrid.
[5]No olvidemos que Lenin fue un entusiasta de los métodos de producción en cadena de Ford y Taylor..
[6]En cierto modo, Lenin intuía que un fuerte componente obrero de un partido aseguraba  un sistema de mando único y una disciplina férrea. A fin de cuentas, el amasijo de carne y brazos no produce ideas. Más bien al contrario. El crítico o portador de ideas alternativas es tachado de hereje y de enemigo del partido. El trabajador aculturizado por el capital es proclive y susceptible a la obediencia ciega a los que mandan, al culto a la personalidad del líder y a delegar el pensamiento y el razonamiento en la cúpula.

1 comentario:

  1. Si la sociedad es un orden definido por la construcción de un sistema que tiene por fin preservarse y resistir las perturbaciones, entonces toda identidad es funcional a ese fin. La revolución es el intento de suprimir ese orden, de abolir las identidades que funcionan para preservar el sistema y desecar todas las fuentes que lo alimentan. La revolución no aparece por causa del sistema, sino como resultado de situaciones que acontecen y no deberían ocurrir: por el azar,la incertidumbre, el error. Si el fin del sistema es su preservación es claro que la aparición de la revolución no puede estar definida dentro de los paramétros sistémicos, sino que acontece por acumulación de errores. Y como las identidades juegan un papel funcional al sistema es claro que la revolución las destruye. Hasta ahi todo bien: el cuadro que se dibuja del proceso histórico es el de una sucesión aleatoria, no continua sino por saltos: una historiografía discontinua. Y por supuesto que tiene su base: lo nuevo no puede surgir de lo viejo porque si lo hace no es algo nuevo, sino algo ínsito al sistema mismo, y si es nuevo está, por ello, al margén de lo viejo. Por tanto toda historiografía continuista, que quiere explicar el presente como consecuencia de un largo pasado postula la ineficacia de lo nuevo y la potencia absoluta de lo que ya está ahí desde siempre: es mítica.

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