lunes, 30 de enero de 2012

EL MITO DEL PROGRESO


En política tal vez sea una de las palabras más manoseadas. No existe fuerza política que no invoque al progreso como objetivo social y económico y lo incorpore a su ideario político. Así que nos encontramos con partidos como Unión Progreso y Democracia en el que la palabra progreso forma parte de sus siglas.


Ser progresista se considera como todo lo contrario a ser inmovilista. Progresar es avanzar, proyectarse al futuro, innovar, mejorar..., en fin, toda una serie de connotaciones positivas asociadas a la palabra, mientras que su opuesto, ser retrógrado, implicaría aferrarse al pasado, negarse a cambiar, anquilosarse.


El concepto progreso lo podemos considerar en cierto modo como un sustituto laico del antiguo camino de perfección, del que se desprendían tanto la gran cadena del ser aristotélica como las vías tomistas para llegar a Dios. Conceptos estos tras los que se encontraba la idea de un orden jerárquico universal que impregnaba a todos los seres, desde los inferiores a los más perfectos y cercanos al creador

 La teoría de la evolución de las especies surgió en pleno siglo XIX, cuando la llamada Revolución Industrial y el maquinismo alcanzaban su auge: era la era del Progreso. El Progreso era la ley a la que inevitablemente escoraba la sociedad humana, tan sólo le faltaba su legitimación “natural”. Cuando se publicó, en 1859, de “El Origen de las Especies” de Charles Darwin el Progreso se dotó del ingrediente que necesitaba para elevarse a la categoría de Ley Universal. Los antiguos mitos de la divina Providencia, la inmortalidad del alma, los paraísos perdidos (la Edad de Oro) o el Camino de Salvación se vinieron abajo para ser sustituídos por uno de nuevo cuño del que se hizo depender el confort y la felicidad humana.
La gran cadena del Ser aristotélica

Al progreso se le fueron uniendo, como si de un imán se tratara, una nueva moral, una nueva ética, un nuevo sistema de valores. Todo lo antiguo será asimilado a ruinoso y decrépito; la legitimación por la antigüedad será irremisiblemente desterrada. La idea de modernidad vendrá a sustituirla en tanto que valor positivo dado su carácter de presente y actual. Lo antiguo será asimilado a lo simple,  lo imperfecto, mientras que lo nuevo será lo complejo, lo más perfecto, lo más adecuado, el fin al que se ha llegado tras un proceso histórico de desenvolvimiento, la Idea de Hegel. Con la nueva evolución ya no son posibles las regresiones, los saltos al pasado, las marchas atrás en la Historia. La irreversibilidad histórica será una de las consecuencias de esta nueva concepción del mundo. Se va a tratar de una fe solo equiparable a la que se basó en la divina providencia durante los siglos XVI, XVII y XVIII. A ella rendirá culto el positivismo científico,  Comte, Spencer,  ...  Es como si un nuevo principio de orden animista impregnara todos los acontecimientos y les obligara a marchar en un solo sentido operándose a su vez un cambio en la nomenclatura: por necesidad biológica, por imperativo histórico, etc que se encargarán de desplazar la acción de la divina providencia en orden a la consecución de máximos grados de complejidad o perfección.

Pero existe un problema. El universo físico no es evolutivo. Pese a que distintas proyecciones animistas adviertan una “tendencia universal a marchar de lo simple a lo complejo”. Conciben que en la formación de los átomos y moléculas ha intervenido toda una historia evolutiva.: los primitivos Quarks se han asociado formando Protones y Neutrones y, estos se han organizado en Átomos, los cuales se han asociado formando moléculas y éstas, a su vez, en macromoléculas, y todo ello inscrito en un proceso contínuo de expansión y enfriamiento del Universo. Lo que sucede es que de la expansión del Universo no se puede deducir su marcha imparable hacia el Progreso, ni tan siquiera del enfriamiento o de la creación de los átomos de hidrógeno. Por otra parte, sería ridículo pretenderlo. La materia física es absolutamente indiferente a nuestras proyecciones subjetivas o a nuestros corsés lógicos, porque ese mismo proceso de expansión y enfriamiento, en virtud del segundo principio de la termodinámica, tiende exactamente a la aniquilación de las estructuras vivientes, estructuras estas esencialmente inestables, que se han ido formando a lo largo de un determinado periodo de su historia y que como consecuencia del enfriamiento de la materia abocarán inevitablemente a la desnaturalización y consiguiente simplificación (o resimplificación) de los compuestos orgánicos. ¿Otro paso más de ese imparable proceso de evolución de la materia?. Por mi parte no entiendo que exista precisamente un proceso a la universalidad. Si los átomos existen en todos los confines del Universo, ello no significa que las macromoléculas compuestas de aminoácidos se generen en la misma proporción. Los astrónomos han descubierto moléculas, efectivamente, pero moléculas simples. En otro caso nos encontraríamos con el absurdo de que la vida ha llegado a convertirse en un fenómeno universal y, en tal caso, sobraría tan intensa búsqueda de vida extraterrestre.

En física y, concretamente en Astronomía, se tiende mucho a la extensión conceptual, se habla del nacimiento, vida y muerte de las estrellas o del Universo, como si fueran seres animados, guiados por cierto principio vital. El alma primitiva que atribuye vida propia al viento, a la Luna al Sol y al agua revive y se revitaliza incluso en los postulados científicos más rigurosos.

La vida es un simple paréntesis regional en la tendencia general a la entropía. La lógica de lo viviente no tiene porqué obedecer a esa legislación universal y de hecho no lo hace. Los seres más primitivos (aquí estoy utilizando un término convencional), virus y bacterias, siguen existiendo y no parece que esté próximo el momento de su extinción. Si obedeciera a esa lógica sería incomprensible que todo un género de animales hipercomplejos, como los grandes saurios, se extinguiera totalmente y a ellos sobrevivieran las primitivas amebas, o que ciertas especies no hayan necesitado evolucionar, teniendo la misma estructura de hace millones, cientos de millones o miles de millones de años, ¿no sería porque alcanzaron tal grado de perfección que se hizo innecesaria la intervención de los mecanismos selectivos y bioadaptativos?.  Si obedeciera a la lógica del progreso, no tendría razón de existir la célula que, sin embargo, sigue siendo el constituyente básico de todos los organismos vivientes y cuya configuración es tan primitiva como la vida misma. El mismo Darwin en alguna ocasión (no siempre) rechazó dicha línea de argumentación afirmando que, en efecto, el hombre, en cuanto a la inteligencia y al aprendizaje,  era un portento, pero, en cuanto al instinto,  era superado con creces por la abeja.

 Paradoja de la evolución es su carácter conservador e innovador a un mismo tiempo. La evolución no suprime las estructuras antiguas, no las cambia por otras nuevas, la evolución acumula lo anterior, lo sintetiza, lo superpone y, en gran cantidad de ocasiones, modifica su función; es el caso de los huesos del oído de los mamíferos, que en los reptiles eran la prolongación de la mandíbula. Los órganos complejos se han ido desarrollando como consecuencia de la síntesis, asimilación y modificación funcional de órganos anteriores. Por otra parte, decir a quienes sostienen que el hombre es el hito y el objetivo último de la evolución que la famosa línea ascendente que marcha del unicelular al pluricelular y de este al pez, del pez al anfibio, del anfibio al reptil, del reptil al mamífero, del mamífero al primate y del primate al hombre tan sólo tiene valor didáctico o explicativo, pero de la misma no tiene porqué desprenderse ningún principio de orden deductivo. Del unicelular no tiene porqué necesariamente deducirse el pluricelular, ni del pez el anfibio, ni del anfibio el reptil, ni del reptil el mamífero, ni del mamífero el primate, ni del primate el hombre. El azar selecciona posibilidades que varían enormemente de un contexto a otro. Por ejemplo, en casi todos los continentes fueron seleccionados los mamíferos placentarios, salvo en América del Sur (antes de formarse el istmo de Panamá) y Australia, paraíso de los marsupiales, que desarrollaron las variaciones de su propio ecosistema, desde los herbívoros o gacelas marsupiales (canguros) hasta los depredadores o lobos marsupiales (el diablo de Tasmania, extinguido hace poco). 

Recapitulacionismo

Por otra parte, los defensores de la línea evolutiva han de tener en cuenta que las restantes especies existentes también han sido el fruto de una evolución ascendente que ha culminado en ellas. Si los peces surgieron hace 400 millones de años, hay que tener en cuenta que los peces actuales no son los mismos que aparecieron en esa época. que son sus descendientes más evolucionados o mejor adaptados; Gymnogeophagus Balzani, mentado al comienzo, se sitúa en la cúspide de una sucesión de predecesores peces a lo largo de cuatrocientos millones de años de evolución. Todas las especies actualmente existentes se encuentran en la cima de una secuencia evolutiva del pequeño Hyracotherium  al caballo actual, ¿no tendría el mismo derecho el caballo moderno o Équus  a declararse cima de la evolución en cuanto que su existencia misma supone que un conjunto de especies anteriores, Hyracotherium, Mesohippus, Merychippus e Hipparion han quedado atrás y que, por ser el mejor adaptado ha sobrevivido hasta el presente?  En realidad, no existen los seres más evolucionados y los más primitivos. Las bacterias actuales proceden de otras más primitivas. Seguramente las actuales no son exactamente las mismas que surgieron hace más de tres mil quinientos millones de años, ni las lapas actuales son las mismas de las que proceden, ni la hormiga moderna es la hormiga antigua, ni el actual helecho se corresponde con el helecho primigenio. De ninguno de los seres vivos actualmente existente en el planeta se puede decir que sea primitivo.




El muro al progreso de Stephen Jay Gould
Quienes asimilan evolución a perfección se encontrarían con desagradables sorpresas si advirtieran, por ejemplo, que un mismo hallazgo de la selección natural que convergió por vías distintas en dos ramas distintas, peces y cefalópodos, el ojo, está mejor diseñado en seres que en la escala evolutiva ocupan un puesto más bajo como los cefalópodos que en los vertebrados, superiores según los principios evolutivos. El biólogo alemán Hans Hass destaca que el fondo de ojo de los cefalópodos tiene una estructura más perfecta que la de los vertebrados y, por tanto, al de los humanos, asegurando que en el fondo de ojo de los cefalópodos se encuentran las células fotosensibles sin solución de continuidad unas junto a otras, con la sección fotosensible orientada hacia afuera, mientras que en el extremo inferior se encuentran los vasos sanguíneos que lo alimentan y los nervios que salen de el. por el contrario, en nuestro ojo, y de igual modo en el resto de los vertebrados, observamos defectos de construcción. Las células fotosensibles están aquí orientadas en una dirección errónea: la parte fotosensible está dirigida hacia atrás de tal modo que los rayos de luz deben atravesar el cuerpo celular para alcanzarla. Y esto no es todo. También la estructuración de los vasos sanguíneos y los nervios es defectuosa. Atraviesan en un punto del fondo del ojo las hileras de células visuales y allí se ramifican. Primera desventaja: en este punto de paso no vemos nada, es la llamada mancha ciega. Segundo: con ello los rayos luminosos no solo tienen que atravesar las células sino también la red de nervios y de vasos sanguíneos que las recorren [1]

Las comunidades cazadoras/recolectoras que actualmente coexisten con las complejas formaciones sociales capitalistas son las mismas de hace diez mil años. En este sentido, Jean S. La Fontaine asegura que “los datos indican que es erróneo suponer que todas las sociedades siguen una misma línea de desarrollo o que los pueblos actuales sin escritura no tienen, detrás de sus distintivos estilos de vida, un periodo de evolución al menos tan largo como el nuestro” Jean S. La Fontaine: Iniciación. Drama ritual y conocimiento secreto. Pág. 26. Ed. Lerna, Barcelona, 1987

Comte, en su primer capítulo del Discurso sobre el Espíritu Positivo establecía la Ley de la evolución intelectual de la Humanidad o Ley de los tres estados[2], en virtud de la cual la Humanidad había de atravesar un primer estado intelectual teológico, un segundo estado metafísico y un tercer estado positivo. Según las previsiones de Comte, nos encontraríamos hoy día en pleno estado positivo. Pero la historia no concuerda muchas veces con sus intérpretes. El estado teológico ha irrumpido en este nuevo milenio con una fuerza y una crueldad inusitada: Afganistán se reintroduce en el medievo. En Iran, Arabia Saudí, Nigeria y Paquistán se aplica implacablemente la sariá, esclavizando a las mujeres, resurge la fe en la ex URSS, los videntes y echadores de cartas, sucesores bastardos de chamanes, hechiceros y druidas, se anuncian por la televisión y obtienen pingües beneficios aprovechándose de la sensación de absoluta incertidumbre que se ha apoderado de la gente de esta época y de su deseo de someter a control su porvenir.

Los esquemas evolucionistas de las sociedades arraigaron con fuerza en la antropología del siglo XIX de la mano de Lewis H. Morgan, James Frazer, E.B. Tylor  y Bachofen. De entonces a ahora se ha establecido toda una línea ascendente de evolución de las sociedades a través de estadios evolutivos. Influido por “La sociedad primitiva” de Morgan,  Engels traza en “El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado” las fases de evolución social desde el estado salvaje, a la barbarie, la gens y la civilización.  Las vulgatas  edificadas al amparo del estalinismo y del estructuralismo nos ofrecían todo un esquema de fases sociales consecutivas unidas por periodos de transición. El primer estadio de evolución de las sociedades no podía ser otro que el “comunismo primitivo”, el segundo se correspondía con el Modo de Producción Esclavista, que iba seguido por el Modo de Producción Feudal, al que sucedía el Modo de Producción Mercantil Simple, germen del Modo de Producción Capitalista y finalmente el Socialismo como periodo de transición al Modo de Producción Comunista. Toda sociedad había de pasar forzosamente por esas fases evolutivas. No pocos quebraderos de cabeza trajeron a estos teóricos de la evolución de las sociedades las formas asiáticas, el llamado “Modo de Producción Asiático” un peculiar sistema en el que se integraban formaciones sociales difíciles de encasillar en este esquema pertenecientes al área norteafricana, centroasiática y de la América Precolombina, cuyas características eran el Estado jerárquico y despótico donde una casta burocrático-sacerdotal dominaba grupos de comunidades articuladas entre sí sobre la base de un sistema común de irrigación o de otra índole, constituyéndose un excedente económico en la carga tributaria en especie impuesta a las comunidades dependientes. Coexistía el Estado y donde no había esclavos ni siervos de la gleba, por lo tanto no existían las clases en el sentido económico del término. Lo peor de todo es que de su funcionamiento de conjunto no se infería una dinámica social. Las formaciones despóticas asiáticas eran sociedad estacionarias. El Modo de Producción Asiático fue una maldición para los apologetas del progreso: las dinastías chinas se reprodujeron durante milenios sin que nada ni nadie pudiese suponer que una contradicción interna del sistema o la misma dinámica de la lucha de clases pudiese hacer saltar el sistema en pedazos.

Un concepto que cabe someter a crítica es el de transición. Se supone que la evolución o el desarrollo de la sociedad atraviesa un conjunto de fases escalonadas y jalonadas por la sucesión de formas puras o “tipos ideales” en el lenguaje weberiano. Llámase transición al paso de una forma pura o tipo ideal inferior o menos evolucionada o desarrollada a otra superior o más evolucionada o desarrollada. La cuestión de la continuidad y la discontinuidad del desarrollo biológico e histórico ha sido uno de los puntos clave de la interpretación de ambas disciplinas. En biología el debate está abierto entre gradualistas ( Darwin y sus seguidores) y los defensores de los cambios bruscos (Stephen Jay Gould [3])..           La búsqueda de estabilidad de lo que en esencia es inestable ha dado lugar a la teorización de las formas, ya sean las formas sociales o las formas biológicas o especies. El gran obstáculo siempre lo han representado las formas intermedias. El recurso a la transición cubre ese vacío teórico bajo el que subyace solapadamente un principio finalista de orientación hacia el objetivo que a posteriori se asimila como resultado final del proceso, no teniéndose en cuenta las múltiples soluciones posibles a barajar, las distintas opciones o tendencias apuntadas que por alguna u otra razón no llegaron a fraguar o quedaron en el camino, sin advertir que el resultado final no fue mas que uno de los posibles y no siempre tuvo que ser el más idóneo o el más apropiado, sino el más exitoso dentro del complejo abanico de elementos con los que contó o que le determinaron a emerger. 

Pero lo más complicado viene a ser establecer la frontera entre las “formas puras”, especies o “tipos ideales” de las formas impuras o de transición a las primeras, es decir, hasta que punto las formas de transición no se pueden considerar también tipos ideales, o bajo qué criterio a unas se les atribuye el estatuto de formas definitivas y a otras el de formas transitorias. Los criterios pueden ser muchos, múltiples y variados, desde el de la funcionalidad al de la coherencia lógica o racionalidad interna que representan unos en relación a los otros (cuya explicación y determinación ha de establecerse recurriendo a los tipos definitivos anteriores o posteriores) o el de su permanencia o estabilidad. A mi entender ninguno de esos criterios puede ser considerado como válido desde el mismo momento en que el estado, la sociedad, la forma o la especie definitiva no tiene existencia propia en un contexto evolucionista o historicista y todo se encuentra permanentemente sujeto a variación y cambio, no habiendo razón por la que a estas no se las pueda también considerar como formas de transición. Pero la transición, siendo un concepto finalista referido a la fase a la que se dirige y en la que culmina, es un concepto engañoso y por tanto resulta igualmente difícil de aplicar. Otra cosa muy distinta es que las formas anteriores hayamos de considerarlas como condiciones o formas previas a las posteriores, lo que no significa que estas últimas sean el resultado inevitable de las primeras. Resulta muy sencillo hacer futurología desde el pasado, pero si nos posicionamos en todos los pasados como presentes para desde ahí especular sobre los acontecimientos venideros veremos que el problema se complica sobremanera, observaremos múltiples desenlaces posibles, muchas condiciones favorables a unos resultados o a otros opuestos, veremos un azar que hasta ahora no habíamos previsto, una concatenación compleja de causas, y que muchas veces la solución elegida resulta la más factible a corto plazo pero no por ello la más estable, de modo que nos será casi imposible dilucidar el hilo conductor de lo realmente sucedido.  Con lo que podemos concluir que la articulación de la historia biológica y social en fases y periodos de transición obedece al paradigma finalista de realización, de disyunción de lo acabado y de lo inacabado, muy parecido a la idea de un edificio en construcción (periodo de transición) cuyo acabado perfecto o “tipo ideal” se encuentra en el proyecto que ha esbozado el arquitecto.

Marx, en sus últimos tiempos se vio obligado a rectificar en lo relativo a la formulación de leyes histórico-universales válidas para todo tipo de sociedad y, contestando a la pregunta formulada por Vera Zassulitch sobre los posibles destinos de nuestras comunidades rurales (rusas) y sobre la teoría que quiere que todos los pueblos se vean obligados, por imperativo histórico, a recorrer todas las fases de la producción capitalista respondía categóricamente que la "fatalidad histórica" de ese movimiento está, pues, expresamente reducida a los países de la Europa occidental[4] la indagación relativa a la génesis del Estado y el Capital forzosamente es concreta y necesariamente ha de ceñirse al marco de Europa Occidental. En tal sentido desmintió la existencia de un imperativo histórico místico que obligara a todo tipo de sociedad a marchar por una senda preestablecida. El caso es que, una vez situados en el marco de Europa Occidental, tampoco nos encontramos con una ley unívoca de desarrollo, sino con una pluralidad de posibilidades distintas. Ni siquiera la fatalidad histórica se reduce, pues, al marco de los países de la Europa Occidental. El problema, en efecto, sigue en pié y por eso se debe destacar la pluralidad de vías distintas seguidas por las sociedades occidentales para culminar en el proceso de la edificación de los Estados modernos, más o menos homogéneos en su forma y contenido.      

De todos es sabido que la Grecia Clásica del siglo V a c, primero, y del siglo II dc, más tarde, a manos de las distintas escuelas sofistas, fue todo un modelo de capacidad creativa e innovadora. Los griegos, aparte de ser grandes matemáticos, fueron, en gran parte, precursores de la ciencia moderna. En concreto, la escuela Eleática, Jónica y Alejandrina dieron al mundo filósofos y científicos de la talla de Tales, Anaxímenes, Anaximandro, Alcmeón, Jenófanes, Demócrito, Epicuro, Heráclito, Heratóstenes o Arquímedes. Nada hacía suponer la aparición de una era de oscurantismo que sumió a occidente, de la mano del cristianismo y luego del Islam, en siglos de tinieblas. Según la lógica inexorable del progreso, la sabiduría y ciencia griegas, por pura legalidad histórica, no tenían porqué haber sucumbido al fanatismo cristiano y musulmán  y, sin embargo, ahí está la historia. Los griegos impulsaron la creación y la invención, pero eran esclavos de su propio paradigma conforme al cual la ciencia y el pensamiento eran un mundo aparte del medio práctico, de la artesanía, a la que despreciaban por estar reservada exclusivamente a los esclavos (una concepción que se vislumbra claramente en la “Política” de Aristóteles). Por tal motivo jamás consintieron se diese una aplicación económica y productiva a sus conocimientos. En ese dualismo, que luego incorporaría el mundo cristiano, estaban inevitablemente atrapados. Si Arquímedes accedió a incendiar las naves persas mediante espejos parabólicos en la batalla de Siracusa lo hizo de mala gana y por motivos puramente patrióticos. El amanecer griego estaba mutilado desde su propio origen y no es de extrañar que los místicos, platónicos y pitagóricos, se encargaran de enterrar a los filósofos presocráticos en un primer momento, y el cristianismo más tarde, contando con la complicidad del platonismo y el aristotelismo,  impuso una teología monoteísta absorbente e intolerante que sumió a la humanidad en una nueva era de barbarie.   






[1]Hans Hass: Del pez al hombre. Pag. 52, ed. Salvat, Barcelona, 1989
[2] Augusto Comte: Discurso sobre el Espíritu Positivo. PAG.41 Ed. Aguilar, Madrid 1962
[3]A los europeos nos resulta asombroso ver cómo en los Estados Unidos de Norteamérica los biólogos evolucionistas se debaten contra los defensores del creacionismo, o sea, del Génesis. Parece este un debate más propio de Medievo que de nuestra época. Sin embargo, las Iglesias fundamentalistas encuentran en ese país un fuerte apoyo social y sus “intelectuales” (Mormones, Metodistas o Adventistas que predican con la Biblia bajo el brazo y, más que amantes de los libros, son amantes del “Libro Único” que hace que sobren los demás, un argumento que ya utilizara el tristemente célebre instigador del incendio de la Biblioteca de Alejandría) se han dedicado a sembrar dudas sobre la eficacia de las teorías de Darwin basándose sobre todo en que la funcionalidad de órganos como los ojos o las alas, perfectamente acabados, hace incomprensible su formación gradual. Posiblemente, en el contexto de este debate, Jay Gould se haya visto forzado a defender la tesis del cambio brusco.
[4]Marx/Engels: Cartas sobre El Capital. Pág. 234 ed. LAIA. Barcelona , 1974

sábado, 28 de enero de 2012

La prostitución como soporte de la familia convencional

El cauce de transgresión más clásico a la familia tradicional o, como prefieren llamarla los obispos, la familia cristiana, lo ha ofrecido y lo viene ofreciendo, sin lugar a ningún género de dudas, la prostitución. Más aún, es su inequívoco complemento, la válvula de escape por excelencia tanto de las tensiones acumuladas en el seno del matrimonio monogámico forzoso institucionalizado que ha impuesto la cultura sobre un homínido hipersexual y promiscuo por naturaleza, como de los instintos más recónditos o de las perversiones más secretas. Cabe considerar la prostitución, más que como una lacra social, como el más firme sostén del orden moral tradicional vigente. La prostitución aparece como  el más firme baluarte de la familia y, a la inversa, la familia como el más firme baluarte de la prostitución[1]

Para la explicación y determinación de este fenómeno no cabe acudir al tan manoseado recurso de la doble moral (¡como si existiera una moral íntegra y unívoca, como si la moral no fuera en sí todo un complejo sistema de represión- transgresión!) ni tampoco reducir su práctica y existencia a una mera cuestión de hipocresía personal o social. Los principios éticos y morales nadan siempre en la superficie, captan, todo lo más, el síntoma, nunca la enfermedad. La única forma de interpretar y percibir el fenómeno de la prostitución es comprehenderlo, en su interacción dialéctica y dialógica, con las instituciones sexuales establecidas, como un complemento imprescindible al mantenimiento de una moral oficial única. Si los puritanos victorianos clamaron orgullosos por la defensa de las instituciones familiares tradicionales es porque su defensa estaba apuntalada por ese soporte transgresor imprescindible a la moral y a las rectas costumbres. 

Puritanismo y prostitución se excluyen y a su vez se incluyen, se oponen y se complementan a un mismo tiempo. Quienes desde el púlpito claman por la defensa de la familia y de la sexualidad exclusivamente reproductiva, (también, aunque de forma velada) están exigiendo a gritos la ampliación de los prostíbulos, burdeles y lupanares. Los ejemplares matrimonios monogámicos e indisolubles se nutren y fortalecen de su fuente transgresora. Del mismo modo que la Cuaresma necesita un Carnaval, la familia tradicional necesita la prostitución. Se me podría objetar que esta es una generalización gratuita y sin fundamento. Quisiera aclarar que no me estoy refiriendo a todos y cada uno de los casos concretos, pues de todo hay y puede haber. A lo que aludo es, en todo caso, a las instituciones represivas-identitarias y a sus correlativas salidas transgresoras tomadas a niveles globales. Designar un único sistema de evacuación que haya de corresponder a toda fuente de represión es algo que, por su profundo dogmatismo, está muy lejos de mis pretensiones. La represión puede descargarse de mil maneras distintas, dependiendo su elección siempre del azar, evacuándose, en cuanto a su magnitud, en función de la posición del centro de gravedad del conflicto,  incluso puede no descargarse y convertirse en una nueva fuente de poder y de sublimación (mística, religiosa o cualquiera otra cobertura mental de la impotencia).

Una violenta arremetida contra la prostitución por parte de un Estado podría poner en quiebra los cimientos de los que se nutren las instituciones sexuales establecidas. Esto es lo que explica la secular tolerancia y permisividad con la que se ha contemplado por los poderes públicos esta institución de la prostitución.  Permisividad y tolerancia que no son explicables en virtud de la aplicación de principio liberal volteriano alguno extraído del Traité sur la Tolerance. Un informe de las Naciones Unidas en defensa de la abolición de la persecución de la prostitución por sí misma como figura delictiva razonaba del modo siguiente:

La experiencia enseña que, atendiendo a los resultados obtenidos, la prostitución no se puede eliminar con medidas legales, y que, si se la declara delito punible, ello lleva generalmente a la prostitución clandestina y a una despiadada organización de maleantes dedicados a la explotación de la prostitución ajena. Mientras haya demanda en tal comercio por parte de los hombres, es indudable que responderá a ella una oferta femenina, pese a las penas que se impongan a las prostitutas.[2]


La lógica bipolar, como esta de la oferta y la demanda, es tan socorrida como insatisfactoria a un mismo tiempo. Un término que para explicarse recurre al inverso que a su vez se explica en el primero nos da la medida de un tipo de causalidad cerrada y tautológica: ¿porqué existe la prostitución? Porque existen varones que demandan sus servicios. ¿porqué los varones demandan los servicios de las prostitutas? Porque las prostitutas ofertan sus servicios a los varones. Todo un círculo vicioso, análogo a la metafísica del huevo y la gallina, o a la paradoja de Epiménides sobre si el cretense que afirma que todos los cretenses son unos mentirosos miente o dice la verdad, .planteamientos ambos que,  encerrados exclusivamente en las mismas premisas que los enuncian, están abocados  a un callejón sin salida. La sucesión de huevos y gallinas hacia el infinito es un problema formal que excluye su solución, la historia natural del huevo, como cobertura y protección del embrión, utilizado por los antecesores evolutivos de la gallina (peces, anfibios y reptiles), luego, el huevo es siempre anterior a la gallina. La solución a cualquier problema irresoluble planteado por la lógica formal pasa necesariamente por la meta-lógica, por la transcendencia de sus propios enunciados.

Los sistemas más despóticos no solo la han tolerado, aún más, la han alentado: gineceos y lupanares en el mundo clásico, cortesanas bajo el Antiguo Régimen, harenes bajo el mundo islámico. El antropólogo británico James G. Frazer relata curiosos supuestos de prostitución sagrada que tuvieron lugar en el mundo antiguo, así


En Chipre todas las mujeres, antes de casarse, obligadas por la primitiva tradición, tenían que prostituirse a los extranjeros en el santuario de la diosa, llevase o no el nombre de Afrodita o Astarté. Costumbres semejantes prevalecían en muchas partes del Asia Menor. Cualquiera que fuese el motivo, esta costumbre estaba sin disputa considerada, no como una orgía de lascivia, sino como un solemne deber religioso ejecutado al servicio de la Gran Madre Diosa del Asia Menor... En Babilonia, toda mujer rica o pobre, tenía que someterse una vez en la vida a los abrazos de un forastero en el templo de Mylitta, que era la Istar o Astarté, y dedicar a la diosa el estipendio de su santificada prostitución... En Armenia, las más nobles familias dedicaron sus hijas al servicio de la diosa Anaitis en su templo de Acilisena, donde las damiselas ejercían como prostitutas durante un largo periodo antes de ser dadas en casamiento. Nadie tenía escrúpulo en tomar como esposa a una de aquellas muchachas al terminar cumplidamente su tiempo de servicio divino[3]


La Inglaterra victoriana, paradigma del puritanismo más estricto,  plagaba las calles de prostitutas... Desde una perspectiva humanista la existencia de mujeres esclavas del sexo es algo que repugna profundamente.  Pero los gobiernos constatan, aunque sea solapadamente, que sin prostitución no hay familia cristiana. Se tolera a la prostituta y se persigue al proxeneta. Pero existe un Gran Proxeneta, proxeneta de proxenetas, al que no se le puede detener por ser precisamente núcleo de la sociedad, de la civilización y de la convivencia, es decir, la sacrosanta sexualidad familiar institucionalizada.

Naturalmente, la represión institucional no tiene porqué abocar a una única válvula de escape de transgresión. Coexiste con otras, paralelas y alternativas, de las cuales la más clásica es la del adulterio. Esta última transgresión puede hacer peligrar la institución matrimonial, siendo especialmente perseguido el adulterio de la mujer al considerarse que ponía en riesgo la legitimidad sucesoria y hereditaria.

La crisis puede regularse, bajo aquellos sistemas que lo permitan,  a través de cauces institucionales previsores de distintas formas de disolubilidad  matrimonial, como la  separación, el divorcio, etc, siempre preferibles al conyugicidio, su alternativa transgresora-destructora. Aún así, el adulterio también puede sub-institucionalizarse como amancebamiento que, previa la debida ocultación, es posible hacerlo subsistir sin poner en riesgo la institución base.

Otra fuente de transgresión sexual que convive con las instituciones tradicionales, aparte de la prostitución y el adulterio, es el consumo de pornografía, ese sucedáneo industrial y tecnológico de la prostitución, además de las múltiples formas de sexualidad furtiva escondidas bajo los nombres de  voyeurismo, fetichismo, la pederastia... y hasta el lado más perverso y violento de la transgresión, la violación.

De las alcantarillas de la sexualidad institucionalizada nace esa sexualidad paralela y transgresora, lo que desde las instancias oficiales se esconde como la inmundicia, como el pecado y como el demonio mismo. Pero el demonio también habita en la santidad y el pecado en la virtud (sin pecado no hay virtud y sin demonio no hay santidad, la cual para valerse por sí misma exige pruebas de resistencia a la tentación). La ética religiosa ni comprende ni quiere comprender la decisiva importancia que tiene el mal para la realización del bien, que el mal genera el bien y el bien genera el mal, que el caldo de cultivo del bien es el mal y el caldo de cultivo del mal es el bien, que la supresión del uno implica la supresión del otro y que, en definitiva, el Reino del Bien Absoluto no puede ser otro que el Reino de la Muerte Absoluta. También el pulcro, culto y admirado accionista mayoritario de un gran holding industrial esconde bajo su limpieza la suciedad, adquirida entre la grasa y los humos, de los miles de operarios que trabajan para él en sus empresas. La honesta dama de alta sociedad tiene a su sombra una prostituta, desprestigiada y mal vista socialmente, que a la par que le hace el trabajo sucio realza su figura.


[1]La actitud del machista recalcitrante para quien la exigencia de que su mujer vaya virgen al matrimonio se complementa con su asiduidad a los burdeles y casas de citas es bastante ilustrativa al respecto.
[2]Naciones Unidas. Estudio sobre la trata de personas y la prostitución (Represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena), pág. 12  Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, Nueva York, 1959.
[3]James G. Frazer. La rama dorada. págs. 384-385.Fondo de Cultura Económica, 1997, Madrid

miércoles, 25 de enero de 2012

Televisión



La era tecnológica ha inaugurado la cultura a domicilio, es decir, el circo a domicilio. La televisión no es dominio de los Estados, es, más bien, dominio de mercaderes y charlatanes, es dominio de la estructura fetichista de la mercancía, es un monstruo que se nutre de los cerebros de los televidentes, y los nutre a un mismo tiempo, creando alrededor del espectáculo un universo de hombres-masa y hombres unidimensionales, un monstruo cuyos tentáculos crecen y crecen sin parar. La televisión es enemiga irreconciliable de la razón, de la inteligencia y del pensamiento, es igualmente enemiga del goce estético. Llena la vida de sucedáneos y de placebos, manipula las emociones humanas y apela a los instintos más rudimentarios con ánimos mercantiles. La televisión ha resultado ser un medio de cretinización de masas, y esta no es una mera figura retórica, es que la televisión nos está haciendo cada vez menos inteligentes, está empezando por anular en los niños las facultades de representación simbólica y de abstracción, está   devorando el tiempo libre que debiera dedicarse a la lectura y al enriquecimiento del intelecto para empobrecer la mente de forma atroz. Los cerebros de las generaciones post-televisivas están perdiendo facultades, facultades de simbolización y representación. Hasta ahora la mutación ha sido simplemente cultural aunque, ¿quién sabe? ¿Quién puede negar que en el futuro un cambio genético haga prescindir a la humanidad de unas facultades que hace tiempo ya dejó de usar?.    

DE LA CULTURA DE MASAS TRADICIONAL A LA CULTURA DE MASAS ELECTRÓNICA


Se puede entender por cultura de masas el complejo de normas, creencias, costumbres, tradiciones, arte , literatura, tradición, folklore, que todo un pueblo ha ido incorporando y aglutinando en torno a sí a lo largo del tiempo a través de la tradición. Las vías tradicionales de su reproducción han sido siempre las mismas, la tradición oral, la creación espontánea y la incorporación de otras culturas. Sus ámbitos de eficacia han ido variando según la extensión (territorial y personal) del grupo social base, aunque siempre se ha ido reproduciendo en un ámbito restringido, sobre contadas aldeas. Dichos grupos sociales fueron auténticos cuerpos con memoria y sentido de sí mismos: bailes, canciones, costumbres se alternaban con los ciclos agrícolas. La religión intervenía como un marcador de tiempos, era el reloj biológico (bioclimático y biosocial) de la comunidad.

Existe algo así como una sabiduría popular, intuitiva y no sistemática, empírica y no teórica, concreta y no abstracta, y a su vez profundamente formalista y ritualista. Los pueblos tradicionales son pueblos sin historia, alaban a los ancianos y a los antepasados, depositarios de sus conocimientos y tradiciones. 

EL MEDIO: TRANSMISIÓN DE INFORMACIÓN VISUAL Y REGRESIÓN DEL INTELECTO

El concepto de humanidad no incluye exclusivamente a nuestra especie desnuda. El sentido que doy al término humanidad abarca la herramienta y la técnica como elementos constitutivos del hombre, elementos que, en determinado contexto, han dirigido su evolución biológica, le han imprimido un sentido de marcha específico. El hombre hizo el hacha y el hacha hizo al hombre, el hombre hizo el fuego y el fuego hizo al hombre... hasta que el hombre hizo la televisión. La televisión está haciendo al hombre de nuestros días. Ese sucedáneo de la soledad ha empezado a sustituir a las familias, ha empezado a convertirse en educador de niños pequeños, los está haciendo, tal y como reza el dicho bíblico, a su imagen y semejanza.

Se puede pensar en la televisión como en un simple medio, un mero instrumento de información que, dependiendo de cómo se instrumentalice, puede repercutir sobre la sociedad en uno o en otro sentido. Bajo esta perspectiva, lo cuestionable no puede ser el medio como tal, sino los contenidos o mensajes que se le hace transmitir. Si todo fuera así de simple no habría ningún inconveniente en atribuir a la televisión el mismo estatuto que en su momento tuvo la imprenta o la radio, como medios transmisores de mensajes, códigos y símbolos: los tiranos y dictadores se habrían servido de ella, igual que de prensa e imprenta, como medio de propaganda política, los ilustradores y liberadores, a la inversa, darían a la libertad de prensa un contenido radicalmente distinto. Pero la cuestión no es así de simple. El problema de fondo de la televisión reside fundamentalmente en el medio, más que en el mensaje. El punto está en que el medio determina asimismo el mensaje, el mensaje es el medio (Mac Luhan).

A grandes rasgos, la tesis defendida por Giovanni Sartori que se refiere a las consecuencias generadas por el medio televisivo en la naturaleza humana las considero bastante aceptables. El politólogo italiano estima que la cultura de las imágenes ha hecho retroceder la cultura de los símbolos, que se encuentran en la base misma de las facultades del intelecto: la abstracción y el discernimiento. De homo sapiens o animal simbólico se habría retrocedido a homo videns o animal visual. El primer riesgo que acecha este tipo de transmisión atañería directamente al proceso de socialización del niño. En la medida en que la televisión se ha ido convirtiendo en sustituto de las familias, el niño (el video-niño, en su formulación) lo primero que ve, antes de aprender a hablar, es la televisión. Ello acarrearía unas consecuencias fatales por cuanto que lo que supone restringir enormemente las posibilidades de percepción y representación simbólica. El problema de fondo reside en que el medio visual subordina las palabras a las imágenes dificultando de camino el proceso intelectual de simbolización, a saber: la formación de imágenes mentales a partir de las palabras o de la escritura. En suma, la televisión nos hace menos inteligentes, inhibe el desarrollo del área cerebral destinada a la integración de sonidos y símbolos, nos sumerge en una regresión intelectual de consecuencias hasta ahora desconocidas e imprevisibles para nuestra especie.

Las generaciones que se han formado al abrigo de la televisión nos pueden servir como ejemplo paradigmático, bastante elocuente por cierto, a la hora de ilustrar la incidencia que ha tenido este medio de difusión así como para comprender como se ha configurado una juventud que destaca por una aversión patológica a servirse de cualquier medio oral o escrito. El mundo de la imagen ha marcado a los jóvenes en el sentido de hacerles incapaces de comprender, abstraer y discernir símbolos. El vocabulario de la juventud es aterradoramente reducido, las palabras se van perdiendo poco a poco, su falta de interacción con los símbolos hace que se pierdan también los conceptos, y el lenguaje se resiente de ello. Se ha creado entre los jóvenes de las generaciones televisivas un argot, un seudo-lenguaje enormemente empobrecido apropiado a ese mundo de visualizaciones. Para los jóvenes modelados en la era de la televisión y los multimedia un libro que no sea de comics, una conferencia o un debate es un rollo, y es que solo han podido desarrollar la mínima capacidad necesaria para ver imágenes y oír música, es decir, la imprescindible para ser receptores pasivos de imágenes y sonidos que no tengan que esforzarse en interpretar. El videoclip (el video musical) es la suma forma de expresión de imágenes y sonidos destinados a los cerebros de quienes no ejercitan el cerebro. Su mundo se restringe al que venden los medios, sus héroes (colgados en gigantescos posters en las paredes de sus dormitorios) son los ídolos del fútbol, los ídolos de la canción y los ídolos del cine. La televisión amenaza con formar cada vez más y más generaciones de retrasados mentales.

Vemos a través de, oímos a través de, y a medida que nos hacen ver y nos impiden imaginar, estimular nuestra capacidad de representación simbólica, nuestras facultades de abstracción. Ninguna película, por buena que esta sea, suplanta a una buena novela. Se me podrá objetar, y con bastante razón por cierto, que a través de la novela también leemos lo que otros escriben, nos metemos, por decirlo de algún modo, en su mente. Es cierto, pero en la operación hemos eliminado la mediación sensorial directa y hemos activado al máximo las válvulas de la imaginación creativa, a la historia le hemos dado nuestra propia luz, nuestros propios paisajes, los personajes son exclusivos, los intuimos y los imaginamos y no los trasladamos de novela a novela tal y como pasa con el cine, donde un mismo actor puede interpretar historias diferentes en películas diferentes. En el cine la película se ha de acomodar muchas veces a sus actores-personajes. En la novela los personajes se someten en todo momento a su estructura narrativa. La poli-sensorialidad del mundo cinematográfico y televisivo tiene como efecto construir realidades paralelas capaces de apropiarse del medio de realidad circundante. Es un gran depredador: lo primero que devora son las inteligencias y la capacidad racional de discernimiento del espectador. 


Lo podemos comprobar con ocasión del visionado de películas de cine cuyo guión ha sido adaptado de una novela. El que haya leído la novela antes de ver la película se quedará decepcionado por su esquematismo, por la plasmación cinematográfica como personajes planos y unidimensionales de los que en la novela eran presentados como seres complejos y contradictorios, echará de menos la reflexión intimista, ética o filosófica que aparece en el libro, sus ricos matices, etc. El cine lo destierra todo de un plumazo. En cambio, para aquel que haya procedido a la inversa, que haya visto primero la película y después leído la novela, en la mayoría de los casos no la podrá acabar, le parecerá plúmbea e insoportable, echará de menos la acción desarrollada en el cine, le resultará imposible medirla con su referente visual, etc. ¿Qué es lo que ha sucedido? Quien ve la historia a través del medio simbólico, del libro, ha gozado de ella intelectualmente, ha abierto las facultades de su intelecto, ha desarrollado su capacidad de representación. Sin embargo, el que ha partido del medio visual ha supeditado la estructura narrativa a las imágenes, ha anulado su capacidad de percepción y representación simbólica, se ha dejado bombardear por una sucesión de secuencias, de imágenes y de personajes presentados, no representados. 

Merece un trato aparte la programación infantil. No es mi intención entrar aquí en los manidos tópicos sobre la violencia de la programación infantil, de la que algo comentaré más adelante, sino en algo que a mi juicio es bastante más relevante, que se refiere sobre todo a las consecuencias de los dibujos animados en la socialización del niño. Los dibujos animados han desplazado (aunque no del todo, afortunadamente) al libro de cuentos con caracteres gráficos, al comic o al tebeo. Su impacto sobre la imaginación en el niño es decisivo. Un dibujo plasmado en un libro de cuentos posibilita que el niño ponga el movimiento las imágenes y ponga sonido a las palabras con su propia imaginación. Incluso un cuento narrado por los padres es infinitamente más creativo para el niño que todos los dibujos animados juntos, aunque, los padres, por cansancio o por comodidad, prefiramos ponerlos a ver la tele para que así nos dejen tranquilos. La tecnología, muchas veces, sobre todo cuando lo que hay detrás de ella es el negocio y no los intereses reales del consumidor, es nociva. El proceso de socialización del niño es siempre auto-interactivo, los mecanismos de proyección e identificación, imprescindibles para la formación de su personalidad, se activan preferiblemente con los juguetes más rudimentarios. Una muñeca que habla, anda y llora impide que el niño o la niña hablen a través de esa muñeca, que dialoguen con ella, que intercambien papeles, en definitiva, que jueguen. Un coche a pilas que se mueve solo convierte al niño en un espectador más que en un jugador (el niño juega mejor cuando es él quien imita el sonido al coche, lo mueve por las curvas y lo lanza con la mano) .

EL ESCENARIO: ESTRUCTURA DE LA TELE-DEPENDENCIA

La tecnología ha hecho un descubrimiento revolucionario, ha reemplazado la tradición y el acervo popular como mecanismo de transmisión y ha acelerado los tiempos de transmisión de información y transmisión de señales y símbolos de contenidos a una velocidad de vértigo. El anciano de antes, antiguo transmisor de saberes, cuentos y canciones a la comunidad ha perdido su papel y hoy, se sienta ante la televisión para no aburrirse. Su antigua actividad se ha visto trastocada hoy en su actual pasividad. En realidad, esta ventana electrónica, ese continuo chorro de electrones, somete y sujeta a todos, hombres, mujeres, ancianos y niños, a un bombardeo despiadado de imágenes visuales. El éter mundial se ha visto invadido de pronto por ondas hertzianas multi y poli-expansivas para depositarse en esos artefactos metálicos (los pabellones auditivos de ese tipo de ondas) que por miles de millones jalonan los tejados de las casas, edificios y rascacielos de todo el mundo para bajar inmediatamente a esos receptores que orientan, al igual que la Meca en la posición en la oración y en el enterramiento, la distribución en las salas, salitas y salones de mesas de camilla, sofás, sillas, estanterías y restante mobiliario. Para ver cine no hace falta ir a la calle, para ver un espectáculo no hace falta ir al teatro, para conocer las noticias no hace falta comprar el periódico, 

Es la primera vez en la historia en que un artilugio con imagen y sonido ha llegado a invadir la vida cotidiana hasta ese punto La televisión nos conecta con el mundo, pero, ¿con qué otro mundo nos conecta que no sea el de la propia televisión? ¿quién la alimenta?, ¿cómo se alimenta?, ¿de qué se alimenta? Para empezar, la televisión encierra nuestros ojos en otro ojo, encierra nuestros oídos en otro oído.


La televisión que, en un alto porcentaje de su programación se configura como un instrumento puesto al servicio de la diversión y el entretenimiento, y por tal motivo tiene como efecto anular los elementos activos que entraña toda diversión y entretenimiento. En primer lugar, construye una barrera infranqueable entre el transmisor y el receptor, entre el activo interviniente y el espectador-televidente, siempre sujeto pasivo, nunca interactivo. Convierte al país entero en un gigantesco anfiteatro virtual con todos los oídos metálicos orientados en dirección a la fuente de propagación de las ondas electromagnéticas, transforma las salitas de las viviendas en palcos de butacas orientadas hacia ese escenario virtual, un decodificador de señales electrónico, un artilugio tan extraño y sorprendente como familiar a un mismo tiempo. El espectáculo de este gigantesco anfiteatro, hijo directo del circo romano, nunca se suspende, su sesión es contínua, los espectadores apagan y se van pero siempre vuelven a sus butacas, unos se van y otros vienen; cuando se van los esposos se incorporan las mujeres y cuando se van estas se agregan los niños. 



Nunca se apaga, mientras unos están en el trabajo, otros en las compras y otros en el colegio lo encienden los ancianos y los pensionistas. Hace tan solo unas décadas nadie hubiera soñado con la existencia de un aparato con tal capacidad de aproximar imágenes y sonidos, hasta el mismo santuario familiar. Estadistas de todas las épocas hubieran soñado con detentar tamaño artefacto de control ideológico: sin necesidad de llenar plazas y calles de público, de construir escenarios con los pesados equipos de megafonía y sin guardaespaldas y servicios de seguridad se hacía posible establecer un contacto directo entre el estadista y el súbdito. Pero antes de los estadistas ya estaban los comerciantes e industriales puestos en cola para convertir al televidente en consumidor a distancia, pagando a precio de oro el segundo de retransmisión, y para mostrarles, en un montaje mentiroso de veinte segundos, la singularidad de su mercancía. Inauguraron, de algún modo, el mundo de la televisión. La mediación electrónica empezó a mostrar durante los años cincuenta sus gigantescas posibilidades y cayó, herida de muerte, su primera víctima: la cultura tradicional y sus consecutivos mecanismos de transmisión.

El pensamiento y la reflexión están fuera de este mundo, más bien están de sobra. De pronto nos vemos sumergidos en un mundo de reflejos acondicionados, y es que los televidentes son para la programación de televisión lo que el perro de Pavlov es a la investigación de los reflejos. El espectador-televidente no ve la televisión, es más bien visto por esta, es configurado, creado y hecho a la medida de las necesidades del televisor. La televisión distribuye su tiempo y su espacio vital, organiza su vivienda, la hora de la comida y de la cena (todavía me acuerdo de cuando la televisión franquista se encargaba de mandar a los niños a la cama). La televisión, por sí sola, nos ha devuelto de la era de la razón a la era de la barbarie. 

Y mientras tanto la familia pierde el contacto entre sí. Nadie habla a nadie, todos escuchan atentamente al receptor electrónico. Nadie lee, ese electrodoméstico lo impide porque exige monopolizar el ocio, la diversión y el entretenimiento. Los padres se liberan de la tarea de contar cuentos a sus hijos, porque para algo están los dibujos animados. Necesita crear en torno a sí gente aburrida, solitaria y a su vez alérgica a la soledad, que pueda escuchar y no contestar, gente también pasiva, tanto como para escuchar sin pestañear toda la basura que le meten, gente incapaz de pensar por sí misma, pues el receptor lo hace por ella, gente a la que se le cae un libro de las manos al hojear su primera página .

EL MENSAJE: MERCADO Y MANIPULACIÓN DE LA CONDUCTA

La televisión no fue asaltada por el mundo de la política, ni por el Estado ni por la Iglesia, como hubiera podido ser de esperar de los agentes transmisores tradicionales de contenidos ideológicos, sino por el mundo del Capital y del Mercado, su gran financiero a fin de cuentas. El mundo ideológico del artefacto televisivo solo podía girar en torno a la ideología del Capital. ¡el Capital no tiene ideología! Me pueden objetar. Sí que la tiene, un tipo de ideología supeditada a la venta de la mercancía. Por cierto, sus tesis no proceden de la Crítica de la Razón Pura de Kant precisamente, son bastante más elementales y ramplonas: Ariel lava más blanco, la chispa de la vida, Coca Cola, busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo, sabor irresistible, después vienen las colonias y los perfumes que enamoran (que, más o menos, nos ponen a andar a cuatro patas, como perros y gatos, que encuentran el estímulo sexual en las secreciones de las glándulas sexuales), otros que, en un alarde de fetichismo, establecen una relación de identidad entre el cuerpo humano y la mercancía que se quiere vender: Cuerpos Danone, Agua Ligera, ¡me gusta ser mujer ! (es decir, tener puesta una compresa), y demás mensajes que pueda lanzar ese mundo pervertido de la publicidad Un mundo de imperativos, comparaciones burdas y demostraciones falsas confeccionado, mediante una superposición de rótulos e imágenes en una secuencia de escasos segundos. 






No busca la reflexión, busca el impacto y la impresión en el espectador: imágenes rápidas, colores estrambóticos, metamorfosis informatizadas... En ese mundo sensitivo mercantil encaminado a excitar y a penetrar en los instintos más primarios solo pueden caber cuerpos jóvenes de aspecto físico deslumbrante capaces de estimular el consumo de la mercancía a través de la libido. La televisión desecha, exactamente igual que los nazis en los campos de exterminio, a los viejos/as, a los feos/as y a los gordos/as. La publicidad es la mercancía por excelencia de los grandes medios de comunicación de masas, su precio en el mercado oscila dependiendo de los factores que determinan su mayor o menor nivel de visualización (los llamados índices de audiencia), se incrusta en los programas (programa patrocinado por...) y llega el momento en que no es distinguible, en que no se sabe hasta donde llega la publicidad y hasta donde llega el programa-mercancía. Las películas Disney, por ejemplo, son mercancías de arrastre de un sinfín más de otras mercancías: discos compactos, películas de vídeo, muñequitos de goma fabricados en China, colonias, champús, camisetas, mochilas, gorras, toallas, cobertores, cromos, puzzles, caramelos, chicles, cuentos, CD Rom, cajas de música, vasos, tazas, platos, manteles, chupetes, biberones, muebles, etc. Incluso hay películas japonesas, como los Powers Rangers, donde los diseñadores de vestuarios, vehículos espaciales y demás artefactos articulados son también diseñadores de juguetes pareciendo dichas filmaciones, más que otra cosa, anuncios publicitarios de esos que inundan la televisión durante las campañas de navidad. 

CINE Y TELECOMEDIAS: Los telefilmes norteamericanos de acción son la versión más elaborada de ese lenguaje manipulador que ha creado la publicidad. Se apela a los instintos más primarios, abundan los estímulos encaminados a facilitar la identificación del público con los protagonistas, buenos, guapos y simpáticos así como a estimular la repulsión hacia sus antagonistas, malos, feos y antipáticos y la vida de receta de cocina, se estimula la visión maniquea de la vida (cuando llegas a una película a la mitad coges perfectamente el hilo de la historia cuando preguntas quienes son los buenos y quienes son los malos), estereotipos por doquier, el reflejo acondicionado de Skinner mediante esas comedietas de serie de media hora de duración que te sirven carcajadas enlatadas como estímulo o para que sepas cuando hay que reírse, o los filmes de terror en los que el tipo de música que ambienta la escena te predispone al miedo, o las insoportables persecuciones de coches de las películas policiacas, o los personajes planos, puros y sin contradicciones de ningún género que las representan, que son inhumanos a fin de cuentas, pues tan inhumanos son sus buenos como sus malos.

LOS FOLLETINES: Después tenemos los folletines y los culebrones que enganchan, que obligan al espectador a estar clavado ante la tele a la hora en que comienza el nuevo episodio. Luego llegan los nudos de la historia, corte y relleno de publicidad por espacio de quince minutos, que se la tiene que tragar no vaya a ser que se pierda la continuación de la historia. ¿Y qué son esas historias? Son las sucesoras audiovisuales de las radionovelas de postguerra, sucedáneos, como el valium contra el aburrimiento y el estrés, cuentos de la cenicienta hechos para adultas sentimental y sexualmente insatisfechas donde hermosas y humildes muchachas de origen desconocido (que casi siempre suelen ser de clase alta) empiezan enamorándose y teniendo un hijo que a lo largo de la historia va pasando de mano en mano como la falsa moneda, saltan de uno a otro obstáculo que le tienden en el camino sus envidiosas madrastras y hermanastras hasta encontrar su verdadero amor, su príncipe encantado, muy noble aunque algo tonto, de nombre compuesto, muy al estilo sudamericano. Al final pasa lo que tiene que pasar, la familia natural se recompone a la par que los postizos y envidiosos pseudo familiares se disuelven, siempre en el antepenúltimo y penúltimo capítulos. Pero los culebrones de producción nacional no se quedan muy atrás. 


DIVERSIÓN Y ESPECTÁCULO:: El hombre masa de Ortega, el hombre unidimensional de Marcuse son los televidentes idóneos, capaces de tragarse sin rechistar ni protestar Esta Noche Cruzamos el Misisipí o las Crónicas Marcianas, esos Magazines nocturnos donde se esparce basura en tropel, en los que destaca un presentador elegantemente vestido rodeado de su troupe de bufones, donde la deformidad humana se convierte, al igual que en las antiguas atracciones y barracas de feria - afortunadamente hoy (casi) extinguidas, - en objeto de mofa, befa, burla y escarnio. A un señor de muy poca estatura se le coge en brazos, se le disfraza de niño y de otras mil cosas más,. A otro señor, minusválido, se le sube a un coche de diseño estrafalario, lleno de luces intermitentes, etc. Estamos de nuevo en la época del Bombero Torero y del Hombre Elefante, de ese dudoso sentido del humor barroco que veía la deformidad humana como un motivo de hilaridad . Estos programas, nos ofrecen además las intelectuales aportaciones de sexólogos/as de vodevil, de ideólogos de bolsillo (que siempre resultan ser los mismos, ¡qué casualidad!) de uno y otro bando que siempre dicen lo mismo debatiendo siempre sobre temas anodinos, donde un público también de bolsillo dice a quien hay que aplaudir y a quien hay que silbar, espectáculo de relleno, salpicado de escándalos, de ex-policías que revelan los entresijos de las páginas de sucesos más morbosas de la actualidad, de extraños politólogos de usar y tirar dedicados a escribir best sellers que no sirven ni como papel higiénico y que desvelan en exclusiva las más oscuras tramas, complots y conspiraciones políticas y, a imagen y semejanza de las técnicas publicitarias, la contínua búsqueda del impacto en el público basándose en el morbo. 

Pero aquí tampoco se trata de centrarlo todo en el intelecto y dejar la diversión al margen. Lo que se critica no es la diversión o el entretenimiento al que sirve el medio televisivo, sino el sentido profundamente perverso que ha acabado imprimiendo ese medio a la diversión y al entretenimiento. La televisión suplanta la diversión propia por un género de diversión proyectiva, ajena y por una espontaneidad calculada al milímetro. Los Shows de los graciosos está inmerso en la reproducción del medio televisivo, como la propia auto-parodia que se hace a sí mismo este medio electrónico suplantador del mundo real. Cierto contador de chistes se ha hecho super-famoso, ha impactado decididamente en el público por su abuso de palabras-comodín, de muletillas sin significado, de tics histriónicos, etc., hasta el punto de transmitir su peculiar lenguaje, y el consiguiente deseo de imitarlo, al gran público.

CONCURSOS ¿Y qué me dicen de los concursos? Los concursos: son el buque-insignia de la Televisión. Sus escenarios son siempre similares: azafatas decorativas (mujeres florero) entre bastidores, presentador y presentadora simpáticos y sonrientes de oreja a oreja. Al televidente se le educa en el estímulo auditivo, en la señal de acierto y de error: una sintonía de tres notas en tono creciente apunta el acierto del concursante, otra sintonía de tres o cuatro notas estridentes en tono decreciente avisa del error. Las señales visuales y auditivas de la televisión recuerdan los métodos de adiestramiento y doma de animales con vistas a su exhibición circense. Y es que los concursos televisivos tratan a los humanos de una forma no muy distinta a como lo hicieran los domadores circenses con las focas, los elefantes, los leones o los osos. La estridencia, la intensidad, los tonos, el aplauso, la risa, sustituyen al lenguaje a la hora de señalar la recompensa por el buen comportamiento o el castigo por la torpeza. El mundo del concurso televisivo nos introduce en una faceta de sub-humanización muy próximo a la animalidad pura. Ver a una persona embadurnarse de barro o de pintura, introducirse en una cámara llena de víboras, ratas, tarántulas o escorpiones, o realizar cualquier otra perversidad que puedan idear los equipos de guionistas del programa, para ganar un coche o unos cientos de miles de euros, nos da la medida de la altura ética y moral a la que ha llegado el medio televisivo. Vileza por avaricia, indignidad por dinero... ¿hasta ese punto se puede rebajar la dignidad del ser humano? Parece que esa espiral no tiene fronteras. El concurso televisivo nos muestra de una forma atroz que el capitalismo no tiene límites cuando de lo que se trata es de ponerlo todo a la venta, ya sea la dignidad, ya sea la intimidad, ya sea la sensibilidad, ya sean las emociones humanas..  Es escalofriante ver hasta que punto es posible manipular los sentimientos humanos por dinero. De no existir una firme barrera jurídica y ética social que afortunadamente hoy lo impide, imagino que los programadores de los concursos de televisión no tendrían ningún reparo en poner a prueba la vida de los concursantes por cantidades millonarias ¡todo sea por el negocio! tal y como han planteado ciertas novelas y películas futuristas.

PROGRAMAS DE DEBATE La televisión, por televisar, televisa hasta los debates y coloquios. En cuanto el debete alcanza una cierta profundidad intelectual el moderador corta al contertulio. Como el intelecto es a la televisión lo que el agua al fuego, lo que interesa destacar son los insultos y las descalificaciones personales, incluso la agresión física (que resulta de tanta importancia para el medio televisivo que cuando se produce una la secuencia se repite una y otra vez a lo largo de distintos programas). La televisión quiere, sobre todo, debates ruidosos, contertulios rojos de ira que se gritan los unos a los otros, pero no quiere aportar ideas nuevas ni material de reflexión, todo eso es aburrido y muy poco televisivo (el horror al zapping planea siempre sobre los programadores). Un tipo de debates que gustan mucho a los programadores de televisión son los que enfrentan a científicos, intelectuales y personas cultas con astrólogos, brujos, curanderos y demás charlatanes. No son coloquios creativos ni posibilitan el discernimiento y la reflexión sino más bien todo lo contrario, por eso resultan la mar de televisivos. Los astrólogos y demás charlatanes son seres rudimentarios y primitivos, de escasa educación y menos talento todavía, salvo el imprescindible para camelar a sus clientes.. En cuanto no encuentran respuestas ni argumentos recurren al insulto, a hablar más fuerte para callar al adversario, etc, ante los brazos cruzados del moderador que muestra ante la cámara su sonrisa para dar constancia de la imparcialidad del medio televisivo. Los representantes del bando contrario (que por pura dignidad personal y profesional debieran negarse a participar en ese tipo de debates y ponerse a la altura de esos embaucadores y charlatanes, aunque parece ser que el narcisismo televisivo resulta más poderoso que ninguna otra razón) no pueden argumentar, se lo impiden tanto la televisión (¡hable de forma que lo podamos entender! o ¡no vaya a querer demostrarnos lo mucho que sabe!, les espeta el moderador) como la baja catadura moral del contertulio. Para adornar el debate los palcos se llenan de un público/claque obediente a las consignas de los regidores, algunas veces te meten una orquesta y todo para moderar el coloquio. También parecen ser muy televisivos los debates entre hembristas y machistas empedernidos. Al ser un tema que suscita gran visceralidad por situarse en el epicentro del chovinismo personal-sexual de los interlocutores, puede mover grandes audiencias, por mucho que su aportación intelectual sea cero. Los bandos suelen estar bien definidos; por una parte, hembristas a las que solo les falta morder y de otro a famosos del mundo del espectáculo destacados no precisamente por su altura intelectual sino por su ideario personal conservador en materia sexual. A la televisión le sobra la opinión de personas que pudieran aportar un mínimo de lucidez al debate o de puntos de vista distintos a los manidos y mascados tópicos de siempre, como pudieran ser los de personas consagradas al estudio de la antropología, de las relaciones sexuales y personales a lo largo de la historia, etc. Así que, con independencia del tema a debatir, la televisión apuesta por la especialidad del debate-murmullo donde los interlocutores se atropellan, se quitan la palabra, gritan y se superponen, debates donde lo importante no es lo que se diga sino el tono con el que se cuenta, con un público dispuesto a aplaudir hasta el entusiasmo las afirmaciones categóricas y sentenciosas.



DIBUJOS ANIMADOS: Si hiciéramos un campeonato de violencia, crueldad y sadismo en los dibujos animados, yo no le daría la Palma a los dibujos japoneses (que, por cierto, son francamente horrorosos) sino a otros bastante más tradicionales, plagados de gatitos, perritos, ratoncitos y conejitos, los producidos por la estadounidense Warner Bross. Estos son y han sido los dibujos animados por excelencia del medio televisivo. Las viñetas del Coyote y el Correcaminos son todo un alarde de violencia, crueldad y sadismo, hechos a base de persecuciones, bombas que estallan cuando se tragan, explosiones de dinamita atada al rabo de la víctima, encadenamientos sobre los raíles del tren, caídas por inmensos precipicios, etc. por no hablar de las historias del gato Silvestre y el canario Piolín, una exaltación de las más refinadas historias del Marqués de Sade..

DOCUMENTALES: Quizá sean los documentales de naturaleza los espacios televisivos más celebrados por el público culto. Pero no por ello dejan de ser televisión. ¿en qué sentido? Nadie que se adentre en una selva con una cámara recoge tantos y tantos detalles como hacen los documentales de animales. Cierto género de documentales faunísticos son los responsables de una visión deformada del mundo. 

Mucha gente piensa que el continente africano es más o menos un parque zoológico lleno de leones, jirafas, cebras, antílopes, chimpancés y elefantes salpicados por tribus de negros que cantan y bailan alrededor del hechicero. Otros, mezclan la vida de los leones con la de los Masáis, vistos como un elemento más de la fauna local. Los más lamentables de este género son, como siempre, los norteamericanos, que nos narran, en clave de película de biografías aventureras, con pompa y espectáculo, consustancial al medio televisivo, la vida de una morsa, de un oso, de un coyote o de un caimán, desde el mismo momento de su nacimiento. Es todo pura manipulación, al animal en cuestión le ponen nombre y, a medida que transcurre su vida, ve como van sucumbiendo sus congéneres a otros depredadores, como conoce a su pareja, sus crías, etc. No es casual que los animales preferidos para este género, por su espectacularidad, sean los depredadores: los tigres, los leones, las orcas, las águilas, los tiburones, o los cocodrilos, ocupando un puesto preferente los vertebrados superiores. El antropomorfismo hace que se de también preferencia a los documentales sobre la vida de los primates. La vida de las plantas, de las bacterias o de los invertebrados, que ocupan mas del noventa por ciento de la biomasa del planeta, parece que carece de ese interés documentalístico. Existe otro tipo de documentales que, aun pretendiendo dar una apariencia más científica, están también basados en la manipulación del comportamiento animal o de escenas provocadas, el propio David Atenborough lo reconocía así en la presentación de su serie The Trials of Life (La vida a prueba).. Sabemos que Rodríguez de la Fuente usó en más de una ocasión a sus propios lobos para filmar escenas de caza o que una episodio tan espectacular de su serie El Hombre y la Tierra como la del águila real que captura un muflón desde los riscos de la Sierra de Cazorla fueron todo un montaje televisivo. Otras formas de manipulación son las secciones de madrigueras con un cristal para situar bien la cámara y, en general, casi todos los montajes perpetrados por la National Geographic que tan solo persiguen la espectacularidad (los volcanes, los tifones, los maremotos) y el impacto en el público.






INFORMATIVOS: Ese fenómeno al que se le ha dado en llamar sensacionalismo lo podemos considerar como un producto genuino de la sujeción de la información a la lógica de la mercancía. La noticia-mercancía supedita su valor de uso propiamente dicho, la transmisión de la noticia como tal, a la realización de su valor de cambio dentro de un mercado dominado por la competencia. Y es aquí donde la televisión subordina a los restantes medios de comunicación de masas, a la prensa gráfica y escrita fundamentalmente, a una carrera demencial en la que se busca fundamentalmente es el impacto publicitario. La noticia-mercancía toca de muerte la veracidad y objetividad de toda fuente de información. Los llamados tabloides se sienten obligados, incluso, a inventarse la noticia, a crearla. La búsqueda de la exclusiva sitúa a todas las cadenas en el límite de la información y la ficción. Esa competencia desesperada por vender la noticia-mercancía exige maquillar la información, caricaturizarla en sus formas más burdas, impactantes y necrófilas.

Los espacios informativos son la otra preferencia del público culto, lector de periódicos. Pero también han sido previamente televisionados. Información, lo que se dice propiamente información, noticias, tienen realmente poco, un escaso treinta por ciento. El setenta por ciento restante lo ocupa la información deportiva, es decir, noticias referentes al fútbol, considerado de gran interés para la audiencia. Contemplado administrativamente, el fútbol es un deporte más de los que regula y gestiona una pequeña Secretaría de Estado de un pequeño Ministerio (de esos, llamados ministerios decorativos) Las disputas entre entrenadores de equipos de fútbol españoles parece que tienen una enorme trascendencia para el país, hasta el punto de provocar un inusitado despliegue de periodistas, cámaras y micrófonos allá a donde esos doctos señores quieran contar cualquier mamarrachada de las suyas: que si no están contentos con el entrenador, que si este no está contento con ellos, atribuyendo el comentarista a cuanto salga por esas bocas una importancia descomunal. La televisión ha encumbrado en la gloria y ha colocado en la galería de personajes ilustres por sus exabruptos públicos (que parecen ser muy televisivos) a auténticos gángsters ligados al mundo del fútbol. Informa sobre fruslerías y vanalidades que no tenían por qué tener ningún interés salvo para el mundo de la televisión. Es capaz de informar sobre los sucesos de Timisoara (Rumanía) destacando unas cifras desorbitantes de víctimas de Ceaucescu, mostrando falsas fosas comunes repletas de cadáveres que en realidad correspondían al desalojo de un cementerio de pobres, en suma, de crear tal atmósfera de intoxicación sobre el tema como para inspirar en el público una sensación de alivio y satisfacción ante el proceso/auto de fe que se organizó contra los Ceaucescu (donde hasta el abogado defensor pedía la pena de muerte), es capaz de situar cormoranes bañados en alquitrán de las costas de Alaska en otro punto geográficamente muy alejado, las costas del Golfo Pérsico. Los trucos de montaje de imagen y sonido resultan muy útiles a este medio, sobre todo cuando este mismo medio ha llegado a tener la consideración de un oráculo del que emanan verdades eternas e inalterables. Pero informar no equivale a visualizar, y esa es la gran servidumbre de la información televisiva. El mundo virtual de la imagen se superpone al mundo real, el orden de prioridad de la noticia no la da la noticia en sí sino la mayor o menor cantidad de imágenes disponibles por el medio. Las transmisiones en directo destacan la primacía de la imagen. El comentarista se convierte en un pelele al servicio de la imagen en directo. En su afán de dar sonido ha de comentar y comentar, incluso las mayores estupideces que le vienen a la cabeza

LA CONSTRUCCIÓN DEL TELE-MITO. La era pre-televisiva ha conocido mitos bastante poderosos, por cierto. Los mitos de la antigüedad tuvieron forma narrativa y estructura argumental, se plasmaban en la construcción del cuento y en la explicación religiosa. La simbología se había aliado inexorablemente a la mitología. Los personajes del mito tenían presencia, una presencia abstracta que se articulaba en una secuencia de representaciones Los multimedia han dado cuerpo al mito. Han construido el mito político y el mito cultural, el mito erótico y el mito .

Los personajes que lanza al gran público la televisión no pertenecen a este mundo. Viven en su Olimpo particular. Son nuevos dioses, dioses virtuales, los dioses propios de la era tecnológica. Los personajes reales que los representan les dan cuerpo, imagen y sonido. Pero el tele-mito, más que como personaje real, se presenta como epicentro al que confluyen y convergen las pasiones y pulsiones de millones de tele-espectadores. El tele-mito ya se trate de un/una cantante, un actor, una actriz, un torero o un atleta es visto y oído simultáneamente por millones de personas y tiene la virtud al mismo tiempo de ser intangible e intocable. No ve a nadie y nos ve a todos. Su presencia se hace tan lejana como inmediata. Su existencia se hace artículo de fe. Se le admira y se le adora y, al mismo tiempo, se muestra indiferente a esa adoración, por mucho que su existencia como tele-mito se debe a la persistencia de esa adoración pública. El tele-mito no puede tener vida privada, ese es un ámbito de existencia propio de los simples mortales, vedado por completo al tele-mito, por mucho que gran parte de su existencia la empeñe en combatirse a sí mismo El tele-mito muere cuando pierde sus seguidores, desde el mismo momento en que deja de ser objeto de veneración y difícilmente puede resurgir como el Ave Fénix de sus cenizas. Una vez expulsado del Olimpo es condenado a vivir como un simple mortal. La vitalidad del tele-mito, al igual que la de los mitos religiosos tradicionales, le viene dada por sus millones de feligreses aunque, y esto es lo que los distingue de los mitos tradicionales, la secuencia temporal de devoción a los mismos es necesariamente efímera y limitada, regulada como está por las leyes del mercado.

TELEVISIÓN Y VIDA COTIDIANA

A la Televisión confluyen todas las pasiones humanas. Es un aparato fuertemente personalizado. Se entabla con ella una compleja relación amor-odio difícil de desenmarañar. Por un lado, se la odia a muerte (conozco muy pocas personas que hablen bien de la televisión) por otro, no se puede prescindir de ella, es como una droga que crea adicción. Se la apaga pero siempre se la vuelve a encender. Cuando se hace una mudanza es el primer electrodoméstico que se lleva a la nueva vivienda, aunque solo haya una silla y una cama nunca podrá faltar el televisor, está antes incluso que otros electrodomésticos más necesarios como la lavadora o la aspiradora. Resulta asombroso ver barriadas de chabolas donde falta de todo, incluso el agua corriente y, sin embargo, ahí está puesta la antena de televisión. Parece como si la televisión fuera el alma de la casa, lo único que confiere sentido a la vida familiar. Con el abaratamiento de precios de los electrodomésticos ya se pueden instalar televisiones de 24 pulgadas en los dormitorios, en la cocina y, ¿porqué no? hasta en el cuarto de baño. Así, la multiplicidad de cadenas salvaguarda la unidad de las familias: la esposa puede ver tranquilamente su novela vespertina, el marido el partido de fútbol y los niños los dibujitos. Todos son felices porque la televisión también está por el pluralismo biosocial .

No se concibe una vida cotidiana sin televisión. Ella nos suministra toda la materia prima que necesitamos para conversar y discutir. La sociedad super-tecnológica ultra-especializada, con unas materias de conocimiento tan compartimentadas y seccionadas no está en condiciones de hacer el conocimiento ni su divulgación accesibles a la sociedad. El conocimiento se encuentra encapsulado en reducidas capas sacerdotales tecno-burocráticas que padecen una incapacidad congénita de inter-comunicación tanto endógena como exógena. La televisión se encarga de suplir ese vacío o ese espacio inexistente. Su función no puede consistir en divulgar conocimientos sino más bien en todo lo contrario en vulgarizar la realidad. El conocimiento que transmite es inevitablemente un conocimiento tamizado a través de las estructuras del consumo de la mercancía, que son, a la par, causa, origen y esencia del lenguaje televisivo. La televisión, situada en el subsuelo del cretinismo, nos facilita los rudimentos intelectuales mínimos con los que encontrar referentes en la vida diaria. La ideología del hombre unidimensional de la sociedad capitalista de nuestros días ha sido mediada, producida y elaborada no por las estructuras tradicionales de dominio ideológico, Iglesias y Estados, familias (aunque hoy por hoy la familia se ha convertido en pura televisión) y escuelas, sino por la televisión. La gente comenta las noticias que le sirve la televisión, las anécdotas de la televisión, las apariciones de la televisión, las campañas electorales de la televisión, las guerras de la televisión, los famosos de la televisión, el parlamento de la televisión, los partidos de fútbol de la televisión, los políticos de la televisión, los intelectuales de la televisión, los anuncios de la televisión, el Papa de la televisión, los chistes de la televisión... 

LA POLÍTICA, AL SERVICIO DE LA VISUALIZACIÓN. LA VISUALIZACIÓN, AL SERVICIO DE LA POLÍTICA

La televisión personaliza como nadie la política, convierte a los partidos en sus cabezas visibles. Los partidos políticos, a su vez, se auto-televisan, conscientes de la importancia que tiene la imagen en la manipulación de la sociedad, crean, adjuntas a sus estructuras burocráticas sus correlativas Secretarías de Imagen que, según parece, tienen un papel importantísimo. En virtud del mundo visual la estética se impone sobre la ética. La gente no votaba al PSOE, votaba a Felipe (la extrema personalización de ese político hacía que se le designara por su nombre de pila), incluso en otras elecciones administrativas, municipales o autonómicas, donde no se presentaba como candidato le seguían votando a él. La televisión reduce los idearios y los programas políticos a sus líderes. Los políticos cronometran al segundo sus apariciones televisivas en los periodos electorales, y realmente en ello les va su futuro. Antes de comparecer ante las cámaras de televisión se maquillan la cara al milímetro (¿significará esto que los electores también votan a favor de los cosméticos y las marcas de maquillaje?) Y encomiendan sus campañas electorales a las mismas empresas de publicidad que confeccionan los anuncios de las marcas de coches y lavadoras. Un conocido político del PSOE - Alfonso Guerra - llegó a afirmar que prefería un minuto de televisión a mil militantes (de ser militante de ese partido y saber que, a los ojos de sus dirigentes, valgo menos que una milésima de fracción de segundo de retransmisión televisiva rompería inmediatamente el carnet). El poder ha creado todo un circuito interactivo con la televisión y la sociedad. La televisión ha domesticado a los ciudadanos, en el sentido de que los ha encerrado en sus viviendas, ha cortado la relación umbilical ciudadano calle espectáculo. 

Las mentes televisionadas se han reblandecido. Han perdido las facultades mínimas de decisión y elección. El espíritu crítico se ha evaporado por completo. Ante el televisor tragan y tragan lo que les echen, se dejan arrastrar por los imperativos publicitarios y, en definitiva, son fácilmente manipulables y aterrorizables. Cuando los socialistas convocaron el referéndum sobre la OTAN se valieron del televisor de forma canallesca: asustaron, intoxicaron, manipularon y amedrentaron a la opinión pública hasta extremos inauditos. Como cuando con ocasión de las dos guerras del golfo, la de Kosovo, la de Libia, se ha convertido al televisor en un instrumento de guerra. El televidente es incapaz de discernir qué es lo que realmente sucede, porque las imágenes que le muestran hablan por sí solas. No es necesario inducir una opinión; la opinión la dan las imágenes que se suceden. El televidente no sabe que esas imágenes han sido previamente escogidas y montadas para su consumo, lo que ve es la realidad como la vida misma. No necesita argumentos ni razonamientos, lo importante es verlo, es ser testigo ocular. 

En el fondo, algo monstruoso está ocurriendo, la televisión se ha apropiado de la imagen y el sonido de toda la sociedad. Para ello ha tenido que devorar previamente las inteligencias a costa de servir lo que gusta al público y al mismo tiempo hacer gustar al público lo que sirve. La cultura ha debido pagar un elevado tributo por la tecnología, hasta tal punto que si no se le pone pronto remedio amenaza con convertir a la humanidad en una especie en regresión intelectual, en un nuevo tipo de bárbaros tele-dependientes dispuestos a arrasar con todo lo que se les ponga por delante con tal de que se les vuelva a suministrar su droga visual

La televisión solo puede ser así. Los sistemas totalitarios la ponen a sus servicio como instrumento de propaganda y control político-ideológico. La dictadura franquista, para impedir que la gente saliera de sus casas durante los días programados como jornadas de lucha, manifestaciones, etc, retransmitía corridas de toros o partidos de fútbol de gran audiencia. Por otro lado, los regímenes capitalistas auto-denominados democráticos la usan, no para fortalecer la participación democrática precisamente, sino para ponerla al servicio de la reproducción de la mercancía, como instrumento de consumo.

A MODO DE CONCLUSIÓN 

A la edad moderna se la ha llamado era de la Razón. Descartes, Leibniz, Spinoza, Kant, etc fundaron sus sistemas en las facultades humanas de análisis y discernimiento, de abstracción y representación. Nuestra época actual, de mediados de los cincuenta a esta parte, nos ha introducido en una era muy distinta, la de la visualización. La ciencia y la técnica, nacidas de la síntesis logos y empyria, han acabado creando la televisión y los sistemas audiovisuales multimedia. Y la televisión está destronando a la razón. Ha empezado a anular el desarrollo de aquellas áreas corticales del niño que llevan consigo las facultades de integración simbólica. Si no se le pone remedio a tiempo, sus efectos pueden ser fatales e irreversibles. La televisión amenaza con hundir en un periodo de regresión, cultural y biológica, a toda nuestra especie. Su influencia puede ser más nefasta aún que la que en su momento tuvieron las grandes religiones. Al menos, las religiones no llegaron a afectar (aunque sí a ralentizar) el desarrollo de las facultades de razonamiento, abstracción, análisis y discernimiento. Cuando el cura desde el púlpito lee a los feligreses pasajes de la Biblia, al menos les está transmitiendo información simbólica mentalmente discernible. Y es que, en efecto, la televisión es hoy por hoy el opio del pueblo. La técnica, en este caso, no nos ha hecho progresar, más bien nos ha hecho regresar a un estado de cuasi-barbarie. De seguir así las cosas, las nuevas generaciones serán cada vez menos inteligentes, menos racionales y más emocionales.

Los televidentes se convertirán, en breve plazo, en un público de cretinos arracionales, materia prima del mercado. Los mismos cretinos que se conmovieron y lloraron a raudales cuando se transmitió por televisión (no podía ser menos) el entierro de la ex Princesa de Gales, ahora se quedan fríos e impertérritos ante los actuales bombardeos de la OTAN sobre Libia, ante las víctimas del integrismo islámico en Afganistán, Arabia Saudí y Paquistán o de las hambrunas de Somalia como algo que no les afecta. El público de cretinos que sigue de cerca y con gran entusiasmo y fruición las andanzas de play boys, princesas, modelos, toreros, cantantes, actores, actrices, millonarios y parásitos sociales, son una criatura genuina de la televisión.

La subcultura de masas de esta época parece no encontrar precedentes en la historia, y es que la moderna tecnología ha creado un monstruo que antes de implantar sus contenidos ideológicos se encarga de devorar las estructuras cognitivas del ser humano, de amputar, al igual que el clítoris de las mujeres en Burkina Fasso para que no puedan gozar sexualmente, las facultades intelectuales para que no puedan pensar ni discernir. Como decía al comienzo, la cultura popular tradicional, de base empírica y de transmisión interpersonal oral, ha sido barrida del mapa por obra de la televisión. La televisión transmite experiencias que no precisan comprobación, la misma imagen de la pantalla se encarga de ello, de asegurar y comprobar. A su alrededor se ha creado una masa neo-analfabeta 

La televisión solo puede mantenerse si es financiada por el capital. Los bajos índices de audiencia no permiten retransmitir conciertos de música clásica, ni ponencias de filosofía, ni obras de Tolstoi, ni documentales sobre el origen y evolución de hombre o sobre el proceso de fabricación de un televisor o un ordenador. La televisión nunca podrá ser educativa. Entre las masas aculturizadas y los medios de comunicación aculturizadores se crea un circuito de retroalimentación, un bucle mutuamente recursivo. Y es que la enseñanza es a la televisión, lo vuelvo a repetir, lo que el agua al fuego . 

No se puede asegurar alegremente que determinados programas sean tele-basura y otros no. En realidad, la basura está en todas partes: en los anuncios, en la publicidad, en la teletienda, en los programas patrocinados por marcas comerciales, en las series, en las noticias... toda la televisión es un inmenso folleto de propaganda que bombardea las mentes sin piedad y que necesita un público de cretinos para sostenerse, ese mismo público al que atiborra de bazofia y de noticias del corazón, eventos futbolísticos, crónica rosa y demás basura