martes, 10 de enero de 2012

LA HISTORIA CREA LAS INSTITUCIONES, LAS INSTITUCIONES CREAN LA HISTORIA


   


El sentido del enunciado hubiera variado sensiblemente de haberse alterado sus términos al modo de La Historia crea a los hombres, los hombres crean la Historia. No es exactamente el bucle recursivo lo que aquí pretendo destacar. La relación Historia (creadora de) Instituciones, Instituciones (creadoras de) Historia puede y debe interpretarse efectivamente del modo antes apuntado. Pero en el presente caso a lo que me estoy refiriendo es, más bien, a esa ideología histórica emanada de los centros de poder que, si bien ha de tener la consideración de un agente histórico en calidad de cemento cohesionador e integrador de la dinámica institucional, tomada en sí misma, lo que en sí lleva implícito es un modo de apropiarse del pasado por el mecanismo de su institucionalización. El pasado institucionalizado no es otro que un pasado mitificado, estructurado y asimilado a las exigencias mismas de la institución como tal. Por todo lo anterior, decir, en el presente caso, que las Instituciones crean la Historia equivale a afirmar que las Instituciones inventan su propia Historia. En tal contexto, la apología de sí misma es causa inevitable de su propia falsificación.

El acontecer histórico, contingente y aleatorio en esencia, se nos presenta como un ingente desarrollo de formas, organizaciones e instituciones estables en su inestabilidad, invariables en su variabilidad, inmodificables en su modificabilidad. Todo acaecer histórico cuenta con unos márgenes variables de previsibilidad y, en su conjunto, de una intersección caótica de factores solo podemos deducir la presencia de un elevado margen de incertidumbre de los posibles desenlaces de los acontecimientos venideros. Paradójicamente (o, mejor diríamos, inevitablemente) las instituciones generadas por todo proceso histórico muestran una acentuada tendencia a apropiarse del pasado. El pasado del que se apropia toda institución histórica es un pasado necesariamente asimilado tanto en su forma como en su contenido, se trata de un pasado unidimensional, unilineal y uniforme donde el margen de azar e imprevisibilidad desaparece por completo. El pasado se reorienta como una cadena de acontecimientos encaminados básica y exclusivamente a culminar en la Institución que lo ha creado. La Historia se convierte, de este modo, en necesidad pura y dura. Incluso la historia más caótica y absurda acaba culminando en la institución precursora. Hegel culminaba su zigzagueante dialéctica, repleta de contradicciones y contrasentidos, en la construcción del Estado Prusiano. Cuando la Razón Histórica pierde en el camino su -valga la redundancia- racionalidad, no se está despojando a sí misma de su propia esencia, más bien lo que está haciendo es camuflarla ocultándose convenientemente tras los vericuetos históricos mediante un ingenio encubierto que la hará encaramarse finalmente a su última meta. La Razón última viene así a ocupar el primer lugar en la jerarquía de las razones.

Por un lado nos encontramos ante una Historia inestable e imprevisible y, por otro, ante Instituciones que muestran una marcada tendencia a la estabilidad y a la previsibilidad y que, en consecuencia, escriben una historia (pasada) estructurada sobre sus propias coordenadas institucionales. El nacimiento de la Institución define, por lo general, el punto cero de la Historia. Antes de la Institución se situarán sus precursores que, independientemente de que lo supieran o no conscientemente en el plano objetivo, naturalmente, concentraron, a tenor de toda versión oficial, todos sus esfuerzos en su creación así como en el resultado final. La Institución se presenta, de esta guisa, como una construcción premeditada dotada de una antigüedad generalmente mayor que la que le corresponde y de unos antecedentes fabricados al efecto. Las historias institucionalizadas no han contado nunca con la minuciosa elaboración de un Hegel. Muy por el contrario, a lo más que aspiran es a la pura narración apologética.



El cristianismo, por su parte, ha ideado su propia Historia situando su origen en el Siglo I. Su leyenda histórica atribuye a su divinidad el encargo, hecho a uno de sus discípulos, de fundar la Iglesia cristiana.

Y yo te digo que tú eres Pedro, y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas o poder del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en los cielos10.

Lo que se escribe ex post, a partir de la escisión de la Sinagoga de la secta judeo-cristiana y su ulterior constitución como Iglesia, acaecida tras la segunda guerra judía, ya bien entrado el siglo II, solo puede ir encaminado a otorgar a la Institución una fundación, orientación e inspiración de origen divino y sobrenatural. No obstante, las distintas subsectas cristianas, en función de su mayor o menor integración en la Sinagoga, tenderán distintos hilos de legitimación. El judeo-cristianismo jerusalemita, cuyo máximo exponente textual del que actualmente tenemos constancia es el Evangelio de Mateo, crea un hilo de continuidad entre la historia sagrada y la palabra de Cristo, entre el Viejo y el Nuevo Testamento. La genealogía semítica con que se inicia precisamente este Evangelio, encaminada a legitimar a Jesús como descendiente de David, sería una carta de naturaleza irrelevante para Pablo de Tarso, máximo exponente del judeo-cristianismo de la diáspora, desde el mismo momento en que su filiación divina y misión redentora y sacrificial era el título suficiente para legitimarlo. El año 0 del cristianismo se sitúa, muy por el contrario de lo que asegura su apologética, en el Siglo IV de nuestra era con el Edicto de Milán de Constantino promulgado en el 313 . No obstante, se ha pretendido atribuir a la secta judeo-cristiana la condición de Iglesia a partir de unos orígenes que no le corresponden. Incluso, una vez puestos en la Historia de la Iglesia, por muy institucionalizada que esté, no se puede asegurar que sea la misma. Los manuscritos de Nag Hammadi, descubiertos el año 1945, suponen una aportación decisiva para la comprensión de los orígenes históricos del cristianismo. Los llamados Evangelios Gnósticos como, en general, toda esa corriente interpretativa fue barrida y enterrada (como literalmente fue hallada la vasija de Nag Hammadi) por la institucionalización del movimiento cristiano. El gnosticismo, una corriente claramente orientalizante que cultivaba la introspección, la autointerpretación y el autoconocimiento de las verdades cristianas, ponía en peligro seriamente las tentativas organizadoras e institucionalizadoras del catolicismo, el necesario hilo de legitimidad apostólica que debía trazar la nueva autoridad político-religiosa. El papado, heredero del Imperio Romano,



La búsqueda de hilos de continuidad de los acontecimientos históricos establecidos desde la Institución fundadora prosigue aún en nuestra época. Aquí tengo a mano el Preámbulo de la Constitución de la República Popular China que se expresa en estos términos:

La fundación de la República Popular China marcó la gran victoria de la Revolución de nueva democracia y el comienzo de una nueva etapa histórica, la de la Revolución socialista y la dictadura del Proletariado, después de más de cien años de valerosa lucha del pueblo chino que terminó por derrocar, bajo la dirección del Partido Comunista de China y mediante la guerra revolucionaria popular, la reaccionaria dominación del imperialismo, el feudalismo y el capitalismo burocrático11.

La valerosa lucha del pueblo chino de hace más de cien años se concibe como un combate uniforme dotado de una relación de continuidad hasta su lógica culminación con el derrocamiento de la reacción bajo la dirección del Partido Comunista de China. De este modo, la lucha del pueblo chino se inviste de un carácter en todo momento orgánico y planificado igual que si se tratara de un proyecto que se concibió hace más de cien años. En esta historia desaparece por completo el caos y la incertidumbre, las luchas esporádicas y contingentes que se pudieron producir durante dicho periodo por causas y motivos diversos adquieren de este modo una unificación causal. Es la historia rescrita por la Institución. La historia real casi siempre se da de patadas con la historia oficial, y así nos encontramos con el caso de que las Guerras del Opio, dirigidas por mandarines feudales, adquieren el rango de luchas populares contra la reaccionaria dominación del imperialismo.

La historia académica de España que nos ofrecen en los libros de texto falsea del mismo modo la Historia en la medida en que lo que nos presenta es una Historia Institucionalizada. La actual existencia del Estado Español como entidad política y administrativa netamente definida es el punto de partida de la creación de una Historia fabricada convenientemente a la medida de sus necesidades como Estado. Sin embargo, España como Estado-Nación, como realidad sustantiva, es una creación relativamente reciente. No obstante, la narración académica de la historia española empieza nada menos que en la prehistoria. El equívoco no puede ser otro que el de identificar el territorio peninsular con España. La objeción no puede ser otra que la que se refiere a la consideración del territorio peninsular como una entidad sustantiva sobre la que sea posible articular una narración histórica. Los homínidos de Atapuerca no eran ni españoles ni burgaleses (que recuerda, paralelismo y falsificación aparte, al orgullo con que los lores académicos británicos proclamaban que el hombre de Piltdown fue el primer inglés). Los Erectus de Torralba tampoco. 



Tampoco forman parte de la Historia de España los primitivos pobladores íberos y celtas, ni las colonias griegas y fenicias del Mediterráneo, ni las provincias romanas Tarraconense, Bética y Lusitana, ni el reinado de los Visigodos, ni la era del Islán (no existe ningún legado andalusí), ni los Reinos Cristianos de la Reconquista, ya sea el de Castilla-León o el de Castilla-Aragón, en la medida en que no se puede considerar que la alianza (no fusión) de las Coronas de Castilla y Aragón fuera el germen o el proyecto (inexistente) inicial de la construcción del Estado Español, algo que tampoco se produjo a través de la abolición de los fueros medievales llevada a cabo durante el reinado de Felipe V. En puridad, no cabe hablar de una Historia de España, ya sea vertebrada o invertebrada12. Por otro lado, se puede observar como este tipo de Historia institucionalizada es susceptible a la fabulación más grotesca. Bajo el franquismo la historia que se impartía en las aulas fue el reino de la fabulación histórica: hazañas, gestas, traiciones. Actos heroicos protagonizados porhéroes españoles (de comic) como Viriato, El Cid, Indivil y Mandonio, Guzmán El Bueno, Don Pelayo, Hernán Cortés, Agustina de Aragón, El Empecinado, que, lógicamente, culminaban, como todo cuento, en la feliz y próspera España franquista. Inventar grandes héroes que personifican las esencias nacionales no es, ni mucho menos, exclusivo de la historización franquista. Los países buscan desesperadamente señores feudales o mercenarios medievales a los que elevar estatuas como portadores del (falsamente incipiente) espíritu nacional, ya sea El Cid en España, Skandenberg en Albania, Vlad Tepes (el empalador) en Rumanía, Juana de Arco en Francia, etc, por mucho que estuvieran situados en coordenadas históricas distintas. 

Si los nacionalistas catalanes y vascos quieren construir su propia Historia institucionalizada, cargada de disparates mitológicos, no tienen más que ponerse manos a la obra. Pueden inventarse una antaño próspera Euskal Herría feliz e independiente subyugada más tarde por el imperialismo español (y francés), a unos heroicos vascos resistentes a la romanización y posteriormente a la islamización y castellanización exactamente iguales a los galos de la aldea de Astérix, a una Catalunya milenaria subyugada tras la abolición de los fueros por Felipe V, a unos héroes catalanes que abnegada e infatigablemente lucharon durante siglos por la autodeterminación.

La Institución institucionaliza (valga la redundancia) su propia Historia como Institución a la que acaba siempre encontrándole una lógica interna que le es inherente, un desarrollo encaminado hacia sí misma gradual e inalterable y una coherencia que permanece a lo largo del tiempo, incluido el que transcurre entre su mismo origen - en este caso estamos hablando de su origen real - y el tiempo presente. No obstante, si miramos detenidamente podemos notar que tal desarrollo gradual generalmente es mítico, que la coherencia fundacional no permanece inalterable a lo largo del tiempo, llegando incluso a contradecirse la institución instituida con su origen fundacional. Pero las Historias mitológicas se encargan precisamente de limar asperezas y contradicciones, ocultarlas si es preciso. El imperativo de la supervivencia institucional es demasiado poderoso. Casi siempre aboca a un ente distinto del que en un principio se originó. No obstante, necesidades legitimadoras y auto-legitimadoras nacidas de la misma dinámica Institucional que, como tal, solo puede presentarse a sí misma como un ente estable ligado a la tradición, dificultan e impiden su propia consideración histórica. Observamos que del Partido Comunista Bolchevique de Lenin al PCUS de Stalin se ha operado algo más que una simple transición. Más aún, se trata de dos instituciones radicalmente opuestas que, no obstante, llevan puesto el mismo nombre

El fenómeno de la Institucionalización de la Historia ha convertido a esta en un artefacto endemoniado susceptible de la mayor de las manipulaciones interesadas. Nada hay de fiar de la Historia Sagrada, de la Historia Franquista, de la Historia Stalinista y, en general, de cualquier Historia Académica, subordinada como está a las necesidades de cohesión del Estado-Nación. La Historia a-institucional solo puede ser una Historia Crítica o una Crítica de la Historia cuya misión fundamental no puede ser otra que la de derribar las construcciones mitológicas forjadas por las instituciones


10Mateo, XVI, 18 y 19.
11Preámbulo de la Constitución de la República Popular China de 1975. Pág. 13 Taller Ediciones JB. Madrid, 1976.
 12Ortega advirtió que el proyecto de la construcción española era defectuoso desde sus comienzos. En realidad, no podía ser defectuoso ni correcto desde el mismo momento en que nunca existió tal proyecto.



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