sábado, 7 de enero de 2012

La falsa carta del Jefe Seattle o sobre cómo se construye un mito

Tras la idealización del salvaje siempre ha planeado el desconocimiento del salvaje, ya sea desde el optimismo filantrópico al pesimismo misántropo. Todo Rousseau tiene enfrente a un Hobbes del mismo modo que un Fray Bartolomé de las Casas se encontró con la detracción de un Fray Toribio de Benavente "Motolinia". Pero idealizar no es el mejor método para comprender, sobre todo cuando lo que busca la idealización es la reconstrucción del mito del paraíso perdido o de la edad de oro, piedra angular sobre la que siempre han descansado esperanzas utópicas, apocalípticas y regeneracionistas de toda índole. 

Pero cuando ante lo que te encuentras es ante un manifiesto inspirado en el ambiente de los años sesenta del siglo XX, época en la que afloraban los movimientos pacifistas contrarios a la guerra de Vietnam, la ideología hippie, el ecopacifismo, escrito como parte de un guión de televisión y que por extraños motivos se toma como auténtico, acaba convirtiéndose en un meme viral. 

En Internet nos podemos topar con miles de vídeos, miles de enlaces en los que una y otra vez nos iluminan con el llamado Manifiesto Ambiental de Noah Sealth supuestamente escrito el año 1854 en respuesta a la propuesta del Presidente Franklin Pierce de comprar sus tierras para crear una reserva india.



Tanto entusiasmo ha suscitado entre las distintas generaciones de amantes de la naturaleza que la carta en cuestión, editada en posters de todo tipo, se ha llegado a convertir en un texto de cabecera  de los que militan en el ecologismo y el medioambientalismo, de veganos y de neomisticistas, neohippies, etc, etc, etc, ...

El escrito es muy hermoso, hay que reconocerlo, expresando un sentimiento de comunión con la naturaleza tan hostil a las ansias acaparadoras y crematísticas del hombre blanco como de amor infinito a todo lo vivo y al sentido de pertenencia al reino natural y de cuantos forman parte de él.

Supuesta Carta del Jefe Indio Si´alh


Carta del Jefe Indio Seattle
El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.  
¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habeis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja. 
Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados.  Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. 
Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano. 
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto. 
No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.  
El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera. 
Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas ente sí. 
Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos. 
Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia. 
Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia....

Pero existe un pequeño problema: La carta del Jefe Seattle (o de Noah Sealth o Si'ahl) es un fraude. No fué escrita en 1854 sino en 1970. Tampoco su autor fue el Jefe Indio Si'ahl sino Ted Perry, profesor de cine de la Universidad de Texas en Austin y guionista de cine y televisión. Concretamente el texto lo escribió para un documental ecologista salpicado de valles, montañas, ríos cristalinos culminados por el majestuoso vuelo del Águila Imperial de cabeza blanca americana.

En la mente de Ted Perry no había intención alguna de colar un texto para atribuirlo fraudulentamente al Jefe Si'ahl y, de hecho, al final del documental se indicaba claramente que el autor de los textos era Ted Perry, pero ya era demasiado tarde, se había incorporado al mundo de los mitos y los mitos, como muy bien sabemos, acaban adquiriendo energía y vida propia. La carta se expandió, fue enviada por la organización norteamericana Día de la Tierra a más de 6.000 líderes religiosos e incluso el máximo valedor del ecologismo catastrofista de los noventa, Al Gore, llegó a citarla e incorporarla a su libro "Earth in the balance"

La realidad de la vida del Jefe Si'ahl fue en realidad muy distinta. Por supuesto, su pensamiento no era el de un neoconverso al budismo, ni mucho menos,  fue un indio duwamish nacido alrededor de 1780 y muerto el 7 de junio de 1866,  fue jefe de su tribu y de los squamish.y entró en guerra, no contra el hombre blanco precisamente sino contra otras tribus indígenas, como los chemakum y los s'klallam, poseía esclavos producto de sus victorias en la guerra, y tomó varias esposas, como correspondía a su rango de jefe, tampoco llegó a conocer al bisonte pues su actividad económica se basaba en el marisqueo y la recogida de almejas.

Como ilustración final, uno de esos muchos vídeos que corren por la red inspirados en la tan famosa como fraudulenta carta de Si'ahl

video


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