jueves, 3 de enero de 2013

La Ciencia y la Teología en los siglos XVI y XVII

Miguel Servet
Acabo de entrar en un muro de facebook en el que se plantea una cuestión interesante, el de las posturas adoptadas por los científicos y divulgadores en relación a las religiones. En primera línea de la batalla, con un ateísmo comprometido y militante se encuentra el biólogo británico Richard Dawkins. Aunque otros científicos le siguen, unos con posiciones más moderadas que otros, la verdad es que entre el mismo bloque de los científicos no encuentra la misma aprobación.

El mismo y celebrado Peter Higgs ha acusado recientemente a Dawkins de practicar un fundamentalismo antirreligioso. Otros, como el paleontólogo norteamericano Stephen Jay Gould y el español Francisco Ayala son partidarios de cierta convivencia entre ciencia y convicciones religiosas. Lo cual implica que en este punto no existe un consenso sobre si debe existir o no beligerancia en relación a la cuestión religiosa.

Sin embargo, en los albores del pensamiento científico contemporáneo las cosas no se planteaban del mismo modo. He elegido tres científicos, pero no al azar precisamente: Blas Pascal, Isaac Newton y Miguel Servet. Los tres tuvieron una misma cosa en común: sus profundas convicciones religiosas. Fueron científicos y teólogos al mismo tiempo y, como tales, intervinieron activamente en los debates teológicos de su época. 
Blas Pascal

A Miguel Servet le tocó vivir la época de la Reforma Protestante y la Contrarreforma. El situarse en el epicentro de la gran confrontación le costó la vida en la hoguera. Pero antes habría que deshacerse de uno de los tópicos y mitos de la historiografía, esa que lo incluye en las listas de científicos represaliados por la Inquisición Católica y la Calvinista (pues fue condenado por ambas), puesto que Servet murió como teólogo, no como científico. Jamás se interfirió en sus estudios en medicina ni en sus descubrimientos sobre el sistema circulatorio. Lo que acabó con su vida fueron sus posiciones anti-trinitaristas, dogma central de la fe católica.

Blas Pascal, por su parte, se adhirió a la corriente católica más reaccionaria y determinista de su época, el jansenismo de Port Royal, contraria a la postura defendida por los jesuitas, más proclives a la defensa del libre albedrío del jesuita español Luis de Molina. En realidad el jansenismo fue una reactualización del pensamiento de San Agustín de Hipona en polémica contra Pelagio y los pelagianos en el siglo V, pero la ortodoxia declarada en el siglo V se volvió heterodoxia en el siglo XVI.

Isaac Newton, conocido como el más genial científico de todos los tiempos, que revolucionó diametralmente  la física aristotélica imperante en la época fue, aunque parezca paradójico, alquimista y también teólogo adventista y estudioso en profundidad de las profecías bíblicas, en obras como Observations Upon the Prophecies of Daniel and the Apocalypse.
Isaac Newton

¿Podemos juzgar a estos hombres con los criterios de nuestra época? Evidentemente no. Se trataba de hombres de su tiempo. Opino que sus mentes eran bicamerales donde lo teológico y lo científico ocupaban compartimentos estancos que no interferían entre sí. Cuando trabajaba el científico se activaba su compartimento mental científico y cuando lo hacía el teólogo, el suyo propio. Posiblemente, la idea de Gould de los Magisterios que no de Superponen viniese inspirada en el pensamiento de estos hombres de su época, es una simple suposición, no una afirmación.

En cualquier caso, lo que carece totalmente de sentido es afrontar los grandes problemas del presente a los ojos del pasado, pues si bien en la antigüedad el conflicto político se dirimía en el plano exclusivamente religioso en tanto que conflicto religioso, la emergencia de la política como categoría autónoma y laicizada tiene lugar tras las revoluciones del siglo XVIII, que dejan atrás los antiguos dilemas en un contexto de laicismo que traspasa fronteras tanto en la ideología como en filosofía y arte, quedando los poderes religiosos como fuerzas residuales del Antiguo Régimen ante las que no cabe hacer concesiones de ningún tipo.




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