viernes, 6 de abril de 2012

La Paradoja de Montesquieu


 El tema de Montesquieu es bastante interesante pues se trata de uno de los grandes mitos de la ciencia política contemporánea. Montesquieu se ha convertido, a su pesar, en impulsor de un movimiento constitucionalista muy diferente al que defendió en su tiempo. Hablar del Barón de la Brède es hablar de una de las grandes paradojas de la historia.

Montesquieu elaboró muchas de sus ideas políticas a partir de Locke quien a su vez influyó decisivamente en el ideario de "the Glorious Revolution" de 1688 por la que se derrocó al monarca católico Jacobo II y se instauró un sistema de limitación de poderes. Solo en este sentido se puede afirmar que Montesquieu fue el Locke francés.


Tanto en el plano social como político Montesquieu no se identificaba con el pueblo ni con los intereses de la burguesía emergente sino con el de la clase a la que el mismo perteneció, la aristocracia. Solo existe un punto de confluencia entre sus posiciones políticas y la postura de los revolucionarios de 1789, la impugnación del absolutismo, la necesidad de limitar los poderes reales.

La creación de los nuevos Estados en Europa nace de una lucha de los monarcas contra la aristocracia y los restos del poder feudal, el rey centraliza el poder del Estado a costa de arrebatar prebendas y privilegios a los detentadores de los poderes locales, eliminándolos como estructuras en el sistema de mediación y relación entre el rey y sus súbditos. Poco a poco, la balanza va escorándose hacia el poder real, proceso que se consuma con la construcción de los Estados Absolutistas.

Charles Louis de Secondat estaba interesado tanto en la tutela de los derechos y privilegios aristocráticos como en la limitación del poder del monarca y su sistema se inspira directamente en el inglés donde los poderes, mas bien potencias o puissances, eran los del Rey, los de la Cámara de la aristocracia y los de la Cámara del pueblo. 

El pensador francés no concibe la existencia de un poder judicial independiente, ese el el mito que nos ha sobrevivido de él, los magistrados son meros dictores o lectores de la ley y trata cuidadosamente de seccionar el poder judicial negándole al Rey la potestad de juzgar a los aristócratas y atribuyendo en exclusiva dicha potestad a la Cámara alta. Tampoco se priva al Rey del poder legislativo, que comparte con las cámaras. En definitiva, no existe esa independencia de poderes tan cacareada y tan falsamente atribuida al Barón de la Brède .

Las tres potencias o poderes a las que se refirieron Locke, el sistema instaurado en Inglaterra tras la Gloriosa Revolución y Montesquieu no eran el ejecutivo, el legislativo y el judicial sino el Rey, la Aristocracia y el Pueblo. La división de poderes no fue una división funcional sino política y social. Las ideas de constitución, estado de derecho y soberanía nacional o popular no formaban parte del bagaje ideológico de los llamados precursores de la división de poderes aunque tras las revoluciones de final del siglo XIX fuesen asumidas e incorporadas a su dogmática.

El centro de la cuestión es el control del poder Real mediante un sistema de contrapoderes. Montesquieu no invoca la democracia para someter a control al Rey sino un sistema estamental de contrapoderes en el contexto de esa pugna entre la nobleza y el rey que, en un proceso de centralización del poder empieza a colocarse por encima de esta dejando de ser el “primus inter pares” (primero entre iguales) característico del sistema feudal importado por las tribus germánicas disputándoles, en primer lugar, el poder militar, disolviendo los ejércitos privados de los señores feudales en un ejército y administración sujeto a la autoridad del monarca. Montesquieu miraba hacia el pasado y sus ideas no se articulan sobre la soberanía popular y la democracia sino sobre los derechos de propiedad (al igual que Locke) y los derechos de sangre y linaje. Por esa misma razón hablar de democracias y dictaduras en ese contexto histórico es algo que no procede

Montesquieu fue un pensador reaccionario y aristocrático, aunque adversario del absolutismo, pero sus ideas fueron asumidas por un movimiento revolucionario tambien adversario del absolutismo y con unos resultados muy diferentes a los previstos por el Señor de la Brède y Barón de Montesquieu, que nunca pensó que en nombre de sus principios rodaran tantas cabezas aristocráticas.

Como conclusión, la paradoja que se ha señalado. Montesquieu, a su pesar, ha pasado a la historia como el gran diseñador de la estructura de los modernos sistemas constitucionalistas aún cuando nunca defendió la democracia ni el liberalismo, aún cuando se encontraba a años luz de los verdaderos precursores de los sistemas nacidos al amparo de la revolución americana y la revolución francesa.






(Véase el ensayo de Louis Althusser, Montesquieu: la política y la historia, Barcelona. Ariel, 1 974)

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